El Gabinete de los Imposibles

Por E. Asensio

Cuando la figura del señor Mohoric hizo entrada en mi despacho, pude corroborar todas mis sospechas. El semblante de su rostro daba fe de que había recurrido a mí como última y desesperada opción.

Unos meses atrás, en el momento de poner en marcha mi último proyecto, nunca pensé que tuviera tanto éxito. De hecho, tuve que confrontar con gran parte de mis allegados que lo tacharon como otra excentricidad de mi insaciable imaginación.

El señor Mohoric tomó asiento enfrente de mí y se dispuso a hablar. Antes de que lo hiciese, le detuve con un gesto firme y me aventuré a recordarle cómo se trabajaba en “el Gabinete de los Imposibles”:

   –  Señor Mohoric, no me importa qué ha ocurrido en su vida ni qué va a ocurrir. Es más, no quiero saberlo. Únicamente dígame qué necesita, de la forma más clara posible.

De mediana edad, y no muy buen cuidado, el señor Mohoric lucía melena canosa, barba poco arreglada y una fuerte agitación palpable en el movimiento de sus ojos.

 –   Está bien…- carraspeó. Explicarlo es fácil, conseguirlo ya me dirá

–   Adelante – le animé.

–   Por circunstancias, que ha dejado claro no querer conocer, necesito estar en un determinado lugar y ser identificado de manera certera, pero que al mismo tiempo no parezca que era yo.

Me levanté tranquilamente. No era ni mucho menos la petición más difícil que había recibido el Gabinete.

  –     ¿Le vale un tren?- le pregunté

–     ¿Cómo?

–      Que si le vale como lugar un tren.

–      Podría valer…- zanjó.

–     Venga conmigo.

El experimento con el señor Mohoric me llevó 6 meses y a él le costó una buena suma de dinero. Durante este tiempo, siguió las instrucciones a rajatabla y el resultado fue espectacular, mejor incluso que mis mejores previsiones. Evidentemente, para ejecutar muchas de mis “soluciones” requerí el soporte de una dilatada red de colaboradores.

En este tiempo, el señor Mohoric dio un tratamiento completamente opuesto a la mitad izquierda que a la mitad derecha de su cuerpo. Todavía tengo anotadas parte de sus duras rutinas: musculación en el gimnasio, rayos ultravioleta, depilación y todo tipo de tratamientos únicamente en la parte izquierda. Pelo corto y tintado, bigote y barba cuidada sólo para uno de los lados de la cara.

La majestuosa obra se completó con la confección de ropa distinta para cada una de las mitades. Vista de frente, aquella monstruosidad no tenía ningún sentido.

El señor Mohoric tuvo que poner de su parte durante todo el tiempo. Aparte de las posibles consecuencias psicológicas y físicas, debió aislarse durante su evolución hasta alcanzar el resultado final.

En el atestado judicial sobre lo sucedido en el compartimento III del vagón 4C del tren nocturno hacia Usküdar, todavía puede leerse lo siguiente:

“…Si bien el testigo A, situado en el andén de la estación, refiere haber visto y saludado en el vagón, en el momento de los hechos, al sujeto cuya descripción coincide con la del Doctor Alexander Mohoric, una imagen captada por la cámara de seguridad interna del tren y el testimonio del testigo B, que servía en los compartimentos, no corroboran esta descripción, no quedando probados los hechos para este Jurado…”

 

 

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