Listoteca (I): Mediterráneo

Por McLovin

¿Por qué Mediterráneo?

Que te propongan elegir un disco entre todos los que has escuchado a lo largo de los años, el que condense todos tus gustos musicales, el que te defina como melómano, siempre me ha parecido un dilema tramposo. Quizá porque para forjar mínimamente tu gusto musical has debido escuchar cientos, probablemente miles, de canciones y hallar ese arco de bóveda musical que los resuma todos me parece una quimera. No sé, me resulta más fácil con los libros o las pelis. Soy capaz de hacer un top ten de libros más rápidamente y decantarme (con remordimientos, pero decantarme al fin) por uno. Y lo mismo con el cine; unas cuantas pelis definen mi gusto cinéfilo, pero podría decidirme por una con mayor rapidez (a día de hoy, quizá, La Gran Belleza de Sorrentino, aunque hay otras pocas que también quedarían finalistas). Pero con la música soy incapaz. Y como el dilema es tramposo, uno acaba cayendo en la nostalgia, eligiendo un disco que, si no condensa todo tu gusto musical, al menos marca un momento determinado de la banda sonora de tu vida.

Mediterráneo‘, de Joan Manuel Serrat, es mi magdalena de Proust en lo que a música se refiere, un título y unas estrofas que enseguida vienen a mi mente y tienen la capacidad de evocar cada una de las experiencias sensoriales de escuchar ese disco por primera vez.

Simplemente oír Quizá por que mi niñez sigue jugando en tu playa… o Colgado de un barranco, duerme mi pueblo blanco… tiene el don taumatúrgico de retrotraerme a un momento y un lugar determinado y recuperar las sensaciones, los olores, los sabores y vivencias de un disco que supuso mi rito iniciático de madurez musical y personal. Un camino largo y lleno de meandros musicales que iría conformando su propio orden entrópico dentro de un caótico eclecticismo que mantiene, a día de hoy, su voracidad curiosa de géneros y estilos. Un primer paso al que luego le seguirían las ya desaparecidas cassettes, los recopilatorios grabados con mi propia selección musical, que carecían de la finura gourmet del sonido del vinilo pero que a cambio desgastabas escuchando una y otra vez tus canciones favoritas, mi primer directo (Springsteen en el Calderón, ¡menudo comienzo!), los compact disc y, a día de hoy, el pragmatismo ecléctico de la música en streaming.

Pero Mediterráneo fue mi primera vez en vinilo. Todas estas memorias evocan la simple mención de su título: la clandestina adultez de coger el tocadiscos de mis padres, el tacto suave del papel de seda que protegía el vinilo, el brusco estertor de los altavoces por la impericia inicial al depositar la aguja en el surco, el característico sonido retro del vinilo y los temas de un disco de perfección esférica que no bajaba el nivel en ninguna canción y donde cada una tocaba con absoluta precisión alguna fibra de mi interior. No me ha vuelto a pasar con ningún otro disco de Serrat, y aunque he tenido las mismas sensaciones de perfección absoluta con otros discos en los que no descartaba ninguna pista (de mi venerado Springsteen, alguno de Calamaro y más recientemente Racine Carrée de Stromae o Strange Trails de Lord Huron), Mediterráneo persiste en mi subconsciente como paradigma de disco redondo rayano en la perfección en todas y cada una de sus canciones. Y lo hacía desde unas letras que eran capaces de trasladar las sensaciones que uno adivinaba en ese horizonte de una playa del Mediterráneo que todavía en ese momento no habría de pisar, pero la universalidad homérica de sus versos hacía que lo pudiese sentir hasta un chaval de 13 años a miles de kilómetros del Mare Nostrum. Ahí precisamente radicaba el éxito de un discazo que no ha perdido un ápice de frescura casi medio siglo después.

Y algo más de treinta años después aún permanecía en mi subconsciente hasta hace no mucho, en que he recuperado el gusto por escucharlo. Y todo gracias a una mágica noche de perfección stendhaliana. Fue hace cosa de un año o menos, al asistir a un recital de poesía (Como hace 3.000 años, Héctor Alterio recitando a León Felipe). Esa noche volvió a mi memoria inmediatamente la versión de Vencidos que cierra el disco de Serrat. Unas estrofas que además me recuerdan a un gran amigo que nos dejaba antes de tiempo por esa época. Quizá por sus raíces manchegas o por su alegre nobleza quijotesca, lo cierto es que los versos de León Felipe bajo la solemne cadencia melódica de Serrat me recuerdan el sonoro vacío que dejó su partida. Por si me faltaba alguna razón para elegir este disco.

Por la manchega llanura
se vuelve a ver la figura
de Don Quijote pasar.
Va cargado de amargura,
va, vencido, el caballero de retorno a su lugar.

¡Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura,
en horas de desaliento así te miro pasar!
¡Y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura,
caballero derrotado, hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura
y no puedo batallar!

Vencidos. León Felipe/ Joan Manuel Serrat

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