Nuestra Guerra Fría

Para ya el carro, aquí hay gente
zumbando hacia el fluorescent
e.

Vamos de Cuba a Thailandia
a por la vacuna, pínchate una tú
.

(Sr. Chinarro, Club 8 que 80)

Por Ignatius J. Batelmo

El Sr. Chinarro acaba de sacar un disco, “El bando bueno”, cuyo título ya evoca las mieles de la dualidad nacional que tanto marca la actualidad… pero que lleva ahí desde siempre. Esos dos bandos a los que el lector de este blog ya se habrá acostumbrado con las banderas o con la mezcla de política y deporte. El disco podría haber tenido un título mil veces mejor, como decía Antonio Luque en alguna entrevista, pero parece que la industria no está preparada para oír verdades palpables: “la gente es tonta”.

La crisis del coronavirus nos ha llevado desde unirnos en los aplausos de los balcones hasta destrozarnos los oídos en caceroladas; perdimos los abrazos prohibidos, las declaraciones se envalentonaron, las descalificaciones crecieron, la desunión se hizo patente. A mediados de mayo, las manifestaciones de desacuerdo con el Gobierno desde una calle madrileña (Núñez de Balboa) se convirtieron en su nuevo 15M. Posteriormente, los políticos reclamaron su parte de fama y continuaron con el juego sucio que nos habían perdonado durante unas semanas: “su padre es un terrorista”, “cierre la puerta al salir”.

Los primeros días de esta pandemia no parecían anticipar lo que vino luego. El 23 de febrero de 2020 las noticias oficiales en España eran prometedoras todavía: “en España no hay ningún nuevo caso confirmado por COVID-19 ni se esta transmitiendo la enfermedad. Tampoco ningún caso en estudio”. El 4 de marzo se detectó la primera víctima mortal, y los casos contagiados ascendían a 198. Luego llegó el famoso fin de semana del 8 de marzo. Y las ya crecientes cifras lo siguieron haciendo sin parar hasta los más de 27.000 muertos (aunque la comparación con las cifras de fallecidos de años anteriores podría elevar la cifra de víctimas de la pandemia por encima de los 43.000) y más de 240.000 contagiados. Tuvo que llegar el mes de mayo y sucesivos estados de alarma y un confinamiento extremo para que los números empezaran, por fin, a descender. A fecha de 13 de junio, las cifras eran de 130 contagiados ese día y de 27 muertes durante la última semana. Queda mucho trabajo por delante.

En las redes sociales y medios de comunicación se pueden ver conclusiones de todo tipo sobre la incidencia que han tenido en la propagación de la pandemia las decisiones del Gobierno y los comportamientos de los ciudadanos. Los expertos todavía no se han puesto de acuerdo sobre la incidencia del 8M. El lenguaje bélico de estos días de confinamiento me recuerda al que parecía existir durante la Guerra Fría. Dos bloques antagónicos, que buscan aliados en todas partes y que están más centrados en la comunicación que en mejorar la realidad. Pero no voy a hablar de los políticos, ni de las redes sociales, sino de los dos bandos de Whatsapp (que imagino que deben seguir en Telegram, ahora que muchos ya se han pasado a esa red social).

Los cabreados, al principio, eran de todo signo y mostraban su rechazo a toda la gestión realizada. Antes del estado de alarma, el 10 de marzo, había dudas de algunos padres: “al coronavirus lo dejo una tarde con mis fieras y vuelve pronto a China”; aunque otros ya veían venir que esto no marcharía bien: “yo ya he hecho acopio de leche de fórmula; tengo para 20 años en la despensa”; “yo creo que no nos lo estamos tomando muy en serio; mis primas médicos empiezan a estar alarmadas”.

Dos días después, el 12 de marzo, la necesidad de cerrar todo y de que nos confinaran se fue volviendo perentoria para muchos, “increíble la lentitud cuando lo que hay que hacer está muy claro desde hace días”, “hay que decidir qué es lo primero; si el dinero o la salud”; mientras otros apelaban todavía entonces a las devastadoras consecuencias económicas: “las indemnizaciones por cancelación de reservas”, “si cierran todo, ¿quién paga el sueldo de toda esa gente?”. En otros lares comentaban que “es una temeridad cerrar todo menos los colegios; vamos a tener una desgracia”, “y los bares siguen a tope”, apuntillaban.

El 13 de marzo se anunció la declaración del estado de alarma y ese mismo día se colapsaron las salidas de Madrid hacia Andalucía y Valencia; según alguno “han dado tempo a la gente para huir de Madrid para que los enfermos se repartan entre los hospitales de toda España porque los de Madrid ya están al límite. Se contagia más gente pero más repartida”. El 14 de marzo, ya con el texto de la declaración del estado de alarma en las manos, hubo tiempo para la ironía: “menos mal que tintorerías y peluquerías seguirán abiertas.” Y surgen los primeros exabruptos esa misma noche: “las putas medias tintas que nos van a tener con esta mierda hasta verano por no mencionar las muertes que se podrían evitar gobernando bien”. Aunque la gente empieza a tomar conciencia de lo que es el encierro: “poco cobran los maestros”, “es la misma sensación de estar viendo una película que tuve con el 11S”.

El 17 de marzo las teorías de la conspiración estaban en auge: “a veces pienso que algún laboratorio tiene ya el resultado de las investigaciones con la solución y están dejando pasar el tiempo para que las economías se despeñen”. Pasan los días, hay enfermos que empeoran, preocupación patente por la salud de los allegados, algunos de ellos pasándolo fatal. El 26 de marzo llega la polémica de la contratación de lotes de mascarillas a una empresa sin licencia y eso ya dispara las críticas (de distintas personas): “me parece un insulto a la inteligencia; y mientras los mayores muriendo de forma masiva”. “Es un despropósito”. “De vergüenza. Es que los mayores no les importan a nadie; por eso el empeño de la eutanasia” (se empieza a desviar el tema).

En abril hubo también tiempo para críticas más eruditas: “Contaba Stendhal a Balzac que, por las mañanas, antes de escribir, leía siempre dos o tres páginas del Código Civil (francés). Si hubiera tenido que leer al actual Legislador español no habría escrito ‘La Cartuja de Parma’ sino mensajitos para galletas de la fortuna”. Pero en otras partes se veía el futuro con pesimismo: “si el puto virus muta como el de la gripe nos vamos a pasar muchos años semi encerrados”, y ciertos especímenes se contentaban con sobrevivir “no nos vamos a morir de esto; llegará antes la vacuna”. Finalmente ya esos días los optimistas empezaban a argumentar que “es una oportunidad para revisar cosas que dábamos por supuestas. Sólo a nivel científico va a haber avances del copón.”

Fernando Simón ha sido uno de los grandes protagonistas en España de esta pandemia. El 7 de abril se comentaba que “todo lo que he oído de él, incluso de fieles votantes de VOX, es que es de lo mejor que hay”; “es el mejor en lo suyo de España y parte de Europa”, aunque también “salió diciendo que en España no habría pandemia o si acaso algún caso aislado; veo normal que se lleve tortas por ese error”. Otros lo defendían: “siguió la línea de casi todos, tranquilizar ante una enfermedad de la que luego se ha visto que nadie tenía ni idea”.

Y no faltó la polémica acerca de que España iba “por ese camino, para gusto de muchos” de ser un país comunista; en el mismo grupo para unos el comunismo se trata de “un sistema que se pervirtió y derivó en lo que no debía, pero tenía unos principios que no estaría mal rescatar”, mientras que para otros “tan malo es una dictadura de derechas como de izquierdas (…) ya que los Estados comunistas vulneran sistemáticamente los derechos y libertades como otras dictaduras de otro color”. Y es que “los extremos son todos tóxicos para la población y beneficiosos para los que gobiernan”. Claro que unos dicen que “en aras del bien común se han cometido las mayores barbaridades” y otros que “en nombre del bien común no se pueden hacer atrocidades salvo que tú seas atroz, pero en nombre de seleccionar por razas o clases es más fácil aunque seas un bendito”.

Y cuando se retomó el tema específico de la gestión del coronavirus, el 13 de abril se hablaba de que “las cosas son siempre así, en el último momento, ninguna previsión; mal y tarde. En fin, un drama se mire por donde se mire y un Gobierno incapaz al frente”; aunque por otra parte “a mí la crispación no me ayuda, me hace sentir peor”. Y seguían tanto los del “fuera todos y ahí gente competente; gabinete de crisis y a sacar esto par adelante” y “el problema es que no está el más válido, sino el que ha mamado de la teta del partido durante años” como los del “cuando hay caca de verdad la gente recurre al Estado no a una empresa; es momento de unirse, de ayudar, de aportar, porque todo lo que no vaya en esa dirección resta” y los que no tiran ni para un lado ni para otro “probablemente cualquier otro partido hubiera caído en errores pero les está faltando humildad; y a la oposición, perspectiva” y “falta humildad en todos los bandos, más dimisiones y más políticos pidiendo perdón”. En otro chat, el 14 de abril, se defendía lo difícil que lo tiene el Gobierno ante esta situación ya que “hay Comunidades Autónomas que también tienen parte de la responsabilidad”, así como “es momento de aportar soluciones y ya se hablará de responsabilidades cuando se analice todo con más prudencia y rigor”.

Y, en muchas partes, siempre con un palito guardado para los gobernantes “es horrible; da miedo pensar en manos de quién estamos”. Las ideas giraban en torno a la supuesta censura del Gobierno a lo que se reenvía a través de Whatsapp y se tiraba de la ironía: “este mensaje fue eliminado por contener un bulo de ultraderecha en contra del mejor gobierno del mundo, el del guapo de Pedro Sánchez”. Aunque algunos insistían en que limitar el número de reenvíos “a los mensajes de corte político, tenía un aire franquista”.

En uno de los chats se intentaba abogar por un bando intermedio, por unos medios de comunicación en los que “se critiquen aspectos concretos”, “criticar hechos y no ideologías, con un punto de sensatez, porque una cosa es predicar y otra dar trigo”. Era el 15 de abril. Un participante insistía en que “en la tele no sólo sale gente bailando; han salido féretros, se habla de fallecidos insignes y de gente corriente; no puedo con el puto mensaje de que sólo hay un discurso. ¿Mediaset es del gobierno? ¿Se compra a todas las teles con 15 millones de euros?”. Ante estos argumentos, alguno hacía hipótesis que le daban escalofríos: “¿Os imagináis a la izquierda en la oposición ahora mismo? La misma izquierda que del 11M sacó un gobierno”. Y conclusiones más o menos intermedias: “yo no se lo compro todo al Gobierno pero tampoco compro el mantra de que nos quieren matar y arruinar.”

El debate ya se volvía ideológico: “los de derecha parecen mas rígidos y encorsetados y la izquierda más liberal y cool, pero también porque la izquierda siempre le ha comido la tostada a la derecha en temas de comunicación y se ha vendido mejor y tiene al sector cultural en el bolsillo que le da la pátina”. Y llegaba el barómetro del CIS, con su famosa pregunta 6: ¿Cree Ud. que en estos momentos habría que prohibir la difusión de bulos e informaciones engañosas y poco fundamentadas por las redes y los medios de comunicación social, remitiendo toda la información sobre la pandemia a fuentes oficiales, o cree que hay que mantener libertad total para la difusión de noticias e informaciones?. “Joder, meten la palabra bulo para que contestes la primera opción”, “es acojonante la manera de manipular”, o “es un falso dilema de manual”.

No obstante, la situación se fue volviendo crítica con las cifras de contagiados y fallecidos de finales del mes de abril y situaciones realmente desesperadas que nos llevaban a posturas lógicas: “cómo van a dar mascarillas a todo el mundo si no nos las dan ni a nosotros que trabajamos todos los días con enfermos”, decía una médico o “al margen de lo patético de un Gobierno que se mueve a golpe de opiniones externas” y “que a estas alturas no haya ni mascarillas ni tests es un escándalo” decían votantes de izquierdas; era el 21 de abril y el Ministro de Sanidad decía que “paseos son paseos”, tras rectificar sobre las medidas de dejar salir a los niños: que sí, que no, que sí.

Con la llegada de las sucesivas fases de la desescalada se han visto envidias (porque no ha sido lo mismo unas provincias que otras) y las ganas o no de ir a una terraza, y con las salidas infantiles a 26 de abril algunos vaticinaban repuntes inmisericordes de los contagiados por culpa de los “que se toman a broma las cosas”, “aquí dos paseando juntos en bici, cachondeo total”.

El 29 de abril, tras la polémica de las amantes/novias de Alfonso Merlos, el programa de Jorge Javier Vázquez [este programa es de rojos y de maricones], hubo debates en torno al tratamiento televisivo de los bandos ideológicos, y las divagaciones incluían que “este tío se exprese así en un programa con tanta audiencia sin tapujos evidencia que hay cosas que se le permiten a la izquierda y no a la derecha”, contrarrestadas por “veo que nos ves 13 TV muy a menudo”. Asimismo, hay quien se preguntaba si “¿no pensáis que es todo un montaje?” y le respondían que “toda la tele es un show” o “también la política” y uno más salía con que “se pasan un poco con mencionar al Coletas cuando no tiene nada que ver; van a machete a por él”.

A pesar de todo, a partir de la desescalada el tono político en los distintos chats ya era mucho más relajado y la crítica era sobre todo social; así a 11 de mayo: “mira que tomarse una caña sin protección respiratoria (irónico)” o se hacían previsiones poco halagüeñas “la hostia será grandiosa”, “lo normal es que en octubre estemos encerrados de nuevo”. Y siguió descendiendo como un torrente de montaña que llega al apacible valle, porque la misma gente que fue encontrándose físicamente fue desechando las videollamadas y el móvil como medio para verter sus exacerbadas opiniones.

En definitiva, lo que se ha montado en casi cada chat en el que usted, estimado lector, participe habitualmente es una manifestación ideológica en toda regla, justificada a partir de las críticas a las actuaciones concretas o a las defensas a ultranza de las mismas. Unos chats, en mi caso, con mucha presencia sevillana, todo sea dicho. En ese sentido, Antonio Luque, aka Sr. Chinarro, cumple con casi todas las características para causar disgusto en un sevillano de pro: nacido en Sevilla, con residencia habitual en Málaga, aborrece de la Semana Santa y de muchas de las tradiciones del folclore andaluz, lleva barba (a veces pelo largo), canta música indie… pero es que yo no soy un sevillano de pro (aunque sea cofrade, sevillista y admirador del azahar) y por eso lo considero un referente, me encantan sus letras y sus canciones, he ido a varios conciertos suyos y si piensa que “la gente es tonta”, pues quizás tenga razón, aunque opina eso porque no conoce a mis amigos.

2 comentarios en “Nuestra Guerra Fría

  1. Magnífica crónica del olvido que pronto será. Todos los seres humanos tendemos a olvidar situaciones de tensión, situaciones dramáticas de enfermedad o disrupción económica o social. La razón no es otra que la de superar esas situaciones, nos queda el recuerdo de la impresión que nos produjo, pero no el recuerdo de la situación en sí misma, por eso la crónica-resumen elaborada por Ignatius J. Batelmo tiene valor. Por otro lado es destacable la existencia de un pasillo en el que las dos paredes que lo forman, son de distintos colores y aborrecen la una de la otra. España ha sido un pasillo con mucho ruído siempre. Tenemos en nuestros genes los enfrentamientos y en nuestra sinapsis el recuerdo de muchos años de autoritarismo glandular y de dictadura, tardaremos en convertir ese ruido en música sinfónica que guste a todos los españoles por igual. Gracias al autor por este esfuerzo y a la web “El listo de la compra” por la calidad creciente de sus publicaciones.

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