Por Ignatius J. Batelmo
El rufián que intentare descifrar el contenido de este mapa, pagará su osadía con la más terrible de las muertes. Los Goonies, Steven Spielberg (1985).
Capítulo 1. Un verano lleno de sorpresas
Amaneció de manera luminosa en aquel valle de Iparralde. El verano iba llegando a su fin, pero todavía conservaba suficiente energía para llenar de vida los prados, los bosques y los pequeños pueblos del País Vasco francés.
El aire olía a hierba recién cortada y, en la distancia, la montaña de La Rhune parecía vigilar los tejados rojizos de Sara. Las ovejas pastaban tranquilamente junto a los caminos, los gallos anunciaban el comienzo del día y las golondrinas se preparaban para su largo viaje.
Aquel verano, Nacho, Telmitis, Jony, Bosch, Willem, Santi, Oli, Cam, Berty y Nini tenían una cita muy especial. Habían quedado para visitar la granja de Gorka, un niño que vivía con su familia en un antiguo caserío a las afueras del pueblo. Los niños se entendían en una mezcla de español y francés y disfrutaban de una tierra que les recibía en euskera.
Nacho, de doce años, llevaba varios días pensando en aquella visita. Le encantaba explorar lugares desconocidos, descubrir caminos secretos y meterse en aventuras de las que luego pudiera presumir durante semanas. Si había una puerta cerrada, quería saber qué había detrás. Si veía un sendero que se adentraba en el bosque, necesitaba averiguar adónde conducía. Y si no, inventaba algún mecanismo que le ayudara.
Willem, de once años, compartía aquella pasión. Los dos podían pasar horas recorriendo los alrededores, inventando expediciones y buscando lugares que nadie de su grupo hubiera visitado antes. A ambos les gustaba ir siempre los primeros.
—Estoy seguro de que esa granja esconde algo —dijo Nacho mientras caminaban—. Gorka no nos habría invitado tantas veces si no hubiera alguna sorpresa.
—A lo mejor tiene un túnel secreto que llega hasta el interior de La Rhune —respondió Willem.

—¡O una cueva llena de tesoros! —añadió Nacho.
Unos pasos por detrás caminaba Telmitis, de diez años, que observaba con cierta preocupación los árboles que rodeaban el camino. Había ruidos que siempre lo dejaban inquieto. Era un niño muy amable y bondadoso, siempre dispuesto a ayudar a cualquiera, aunque a veces su imaginación le jugaba malas pasadas.
—Espero que no haya cuevas muy oscuras —murmuró—. Ni túneles. Ni animales que aparezcan de repente. Ni rayos.
A su lado iba Berty, una niña de once años a la que le encantaba la música. Siempre encontraba una melodía para cada momento y, cuando Telmitis se ponía nervioso, solía inventarse alguna canción para tranquilizarlo.
—No te preocupes —le dijo—. Si aparece un monstruo, le cantamos una canción y seguro que se marcha.
—¿Y si no le gusta la canción?
—Pues le cantamos otra, una de Shakira.
Telmitis sonrió. Con Berty cerca, las cosas parecían un poco menos peligrosas.
Un poco más adelante, Jony, de siete años, caminaba como si fuera el jefe de una expedición militar. Era atrevido, testarudo y tenía una habilidad extraordinaria para decidir que algo era una buena idea justo después de que alguien le hubiera explicado por qué no lo era.
Bosch, de ocho años, iba siempre con él. Eran inseparables. Si Jony corría, Bosch corría detrás. Si Jony trepaba a un árbol, Bosch buscaba la manera de subir también. Y si Jony anunciaba que iba a explorar algo prohibido, Bosch casi siempre acababa acompañándolo.
—Cuando lleguemos, voy a entrar el primero en el establo —declaró Jony.
—Pero Gorka todavía no nos ha enseñado nada —observó Bosch.
—Por eso lo digo. Así descubriremos las cosas antes que los demás.
—¡Chicos, esperadnos! —gritó Nini, de nueve años, que venía detrás haciendo equilibrios sobre el borde del camino—. ¡Si encontráis un tesoro, me pido la mitad!
Nini era la más divertida del grupo. Siempre tenía una ocurrencia preparada y parecía incapaz de permanecer seria durante más de un minuto. Incluso cuando algo salía mal, encontraba la manera de convertirlo en una anécdota graciosa.
—¿Y si el tesoro es una caja llena de calcetines usados? —preguntó Bosch.
—Entonces me quedo con los que no huelan mal —contestó Nini.
Jony soltó una carcajada.
Uno que alternaba su posición en el grupo expedicionario era Santi, lector incansable. Le gustaban los libros de historia, los mapas antiguos, las leyendas y cualquier texto que prometiera revelar un misterio. Sabía muchísimas cosas y, cuando alguien tenía una pregunta, casi siempre encontraba una respuesta.
Un poco más atrás caminaban las dos chicas mayores del grupo, Oli y Cam. Oli, tenía un carácter decidido y una presencia que hacía que mucha gente la tomara por alguien bastante mayor. Le gustaba organizar las cosas, repartir tareas y asegurarse de que nadie se quedara atrás. No necesitaba gritar para hacerse escuchar, pero si había que levantar la voz podían temblar los cimientos de cualquier edificación.
Cam, era la mayor. A diferencia de Oli, era tímida y prefería mantenerse en un segundo plano, pero tenía un gran sentido de la responsabilidad. Era la líder en la sombra. Se fijaba en los detalles, se preocupaba por los demás y rara vez olvidaba algo importante.
—Recordad que hemos quedado con Gorka a una hora concreta —dijo Cam con suavidad—. No estaría bien hacerle esperar.
—Tranquila, Cam —respondió Oli—. Ya estamos llegando. Y cuando lleguemos, primero escucharemos a Gorka y después exploraremos.
Nacho sonrió al oír aquello. Lo de escuchar primero y explorar después no era exactamente su orden de prioridades, pero decidió no discutir.
Cuando por fin llegaron a la granja, Gorka los esperaba junto a la entrada, con sus botas de goma, un sombrero de paja demasiado grande para su cabeza y una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Bienvenidos! Hoy vais a conocer a todos mis animales. Pero hay una cosa que debéis saber.
Los diez amigos se acercaron en torno al anfitrión, que se regodeó en la expectación que había generado.
—En esta granja, los animales no son como los de cualquier otro sitio. Y las cosas que parecen imposibles pueden suceder si uno sabe mirar con atención.
—¿Como que una vaca nos recite la tabla del 7? —preguntó Cam.
—¿O que un cerdo gigante nos dé los buenos días? —añadió Nacho.
—¡O que Jony se quede callado durante cinco minutos! —bromeó Oli.
—Eso sí que sería imposible —dijo Bosch.
—¡Yo puedo estar callado todo el tiempo que quiera! —protestó Jony.
—Perfecto —respondió Nini—. Empezamos ahora mismo.
Jony apretó los labios con gesto desafiante. Aguantó exactamente cuatro segundos.
—¡Eso no vale! ¡No me habéis avisado!
Todos se echaron a reír, incluido Gorka.
Pero entonces se escuchó un ruido procedente del establo.
—¡Muuuuuuuu!
La vaca salió corriendo, seguida por tres gallinas alborotadas. Detrás de ellas apareció una oveja con un pañuelo azul alrededor del cuello.
Y, para sorpresa de todos, la oveja habló:
—¡Por fin habéis llegado! ¡Os estábamos esperando!
Los niños se quedaron inmóviles.
Telmitis se escondió instintivamente detrás de Berty. Berty, aunque estaba tan sorprendida como él, le agarró la mano.
—Tranquilo —susurró—. Por lo menos no parece enfadada.
—¡Las ovejas no hablan! —exclamó Jony, dando un paso al frente.
—Pues esta sí —contestó la oveja—. Y, si sigues gritando, vas a asustar a las gallinas.

Santi estaba dando vueltas a su cabeza, parecía fascinado. Intentaba recordar si había leído alguna leyenda vasca en la que aparecieran animales capaces de hablar. No recordaba nada.
Cam se acercó despacio a Telmitis para comprobar que estaba bien, mientras Oli observaba a la oveja con una mezcla de curiosidad y prudencia. Nacho y Willem ya estaban mirando hacia el establo, preguntándose qué otras maravillas podrían encontrar.
Nini fue la primera en romper el silencio:
—Bueno, yo solo tengo una pregunta. ¿Las ovejas que hablan también cuentan chistes?
La oveja la miró muy seria.
—Sólo los buenos.
—Entonces Jony no podrá contar ninguno.
—¡Eh! —protestó Jony.
Y las carcajadas resonaron por todo el patio.
Gorka se ajustó el sombrero y sonrió.
—Os lo dije. Mi granja es especial.
Capítulo 2: El secreto del granero
Gorka condujo a sus amigos hasta un granero de madera situado detrás del establo. Era un edificio antiguo, con vigas oscuras de madera, pequeñas ventanas y una puerta reforzada con hierro. Alrededor crecían hierbas altas y flores silvestres que parecían inclinarse hacia la entrada. El tamaño de los frutos rojos era impresionante.
Nacho y Willem se adelantaron para examinar la construcción.
—Mira esas marcas —dijo Nacho, señalando unas extrañas líneas grabadas en un dintel separado de la entrada—. Parecen símbolos.
Willem se acercó para observarlas. Se trataba de una entrada más pequeña, secundaria, algo escondida para un paseante normal, pero no para estos intrépidos aventureros.
—A lo mejor indican un pasadizo secreto.
—O una entrada escondida —añadió Nacho.
—O quizá sean simples marcas de cantero —comentó Santi, que acababa de acercarse.
—¡No estropees la aventura antes de empezar! —protestó Willem.
Mientras tanto, Gorka sacó una llave antigua y pesada que llevaba colgada al cuello. Se la mostró al grupo y puso un tono de voz misterioso al agregar que…
—Aquí se encuentra el secreto de la granja.
Jony se colocó inmediatamente delante de todos y gritó::
—¡Yo entro el primero!
—No tan deprisa —dijo Oli, sujetándolo suavemente por el hombro—. Primero dejaremos que Gorka abra la puerta y nos explique qué hay dentro.
Jony frunció el ceño, pero se quedó quieto. Bosch se situó a su lado, preparado para seguirlo en cuanto hubiera ocasión. Cam comprobó que todos estaban juntos y que nadie se había quedado cerca del establo. Después, tímidamente, se acercó a Gorka.
—¿Es seguro entrar?
—Sí, Cam. No hay ningún peligro. Pero debéis tratar lo que vais a ver con mucho cuidado.
La puerta se abrió con un largo chirrido.
En el centro del granero, sobre un pedestal de piedra, descansaba una pequeña esfera azul que emitía una luz suave. A su alrededor crecían flores diminutas, aunque no había tierra ni agua por ninguna parte.
Durante unos segundos, nadie dijo nada.
Después, Santi se acercó lentamente al pedestal.
—Esto es extraordinario —murmuró—. En algunos libros antiguos se habla de objetos mágicos que protegen los campos y los bosques, pero nunca pensé que pudiera existir uno de verdad.
—¿Y cómo sabes que es una piedra mágica? —preguntó Nini.
—Porque brilla sin necesidad de una fuente de energía visible, está rodeada de plantas que crecen sin tierra y estamos en una granja donde las ovejas hablan.
—Visto así, tienes razón —admitió Nini—. Aunque también podría ser que nos hubiéramos equivocado de granja.
Gorka soltó una pequeña carcajada.
—La piedra protege la granja —explicó—. Hace que los animales estén sanos, que las plantas crezcan y que todos los seres vivos encuentren su lugar. Pero tiene una condición: solo funciona cuando quienes viven aquí cuidan unos de otros y de la naturaleza.
Telmitis observó la esfera con fascinación, aunque un poco preocupado también.
—¿Y qué pasaría si alguien dejara de cuidar la granja?
Gorka tardó un momento en contestar.
—La piedra perdería su fuerza. Y, con ella, la granja comenzaría a cambiar.
Telmitis miró a Berty. No le gustaba nada la idea de que aquel lugar tan bonito pudiera estropearse.
—Entonces tenemos que ayudar —dijo ella.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —continuó Gorka—. Desde hace unos días, la luz se está apagando.
Los niños se acercaron al pedestal. Efectivamente, la piedra parpadeaba como una luciérnaga a punto de desaparecer.
Oli tomó la iniciativa.
—De acuerdo. Vamos a averiguar qué está pasando. Primero, revisaremos la granja. Después, si hace falta, exploraremos los alrededores.
—¡Yo puedo revisar el bosque! —se ofreció Nacho inmediatamente.
—Yo voy contigo —dijo Willem.
—Y yo también —añadió Jony.
—Yo también —repitió Bosch.
—Todavía no hemos decidido quién va a dónde —les recordó Oli.
—Pues decidid rápido —replicó Jony—. La piedra no va a esperar toda la vida.
Cam intervino con voz tranquila:
—Oli tiene razón. Si queremos ayudar, debemos organizarnos. Y deberíamos permanecer juntos, al menos hasta saber si existe algún peligro.
Oli asintió agradecida. Aunque solía dirigir al grupo con seguridad, sabía reconocer cuándo las observaciones de Cam eran importantes.
Santi pidió permiso para examinar los libros y documentos guardados en el granero. Berty y Telmitis se ofrecieron para ayudarlo, aunque Berty no tardó en descubrir una pequeña flauta de madera colgada junto a una estantería.
—¡Mirad lo que he encontrado!
La descolgó con cuidado y sopló una nota suave. El sonido recorrió el granero y pareció quedarse flotando en el aire.
La piedra azul emitió un destello.
Todos se volvieron hacia ella.
Berty repitió la nota.
Otro destello iluminó el pedestal.
—¡La música! —exclamó Santi—. Quizá la piedra reaccione a determinados sonidos.
Berty miró la flauta con asombro.
—Pues parece que hoy mi afición va a servir para algo más que para que Telmitis cante.
—A mí me gusta mucho —respondió él.
—Lo sé. Por eso siempre te guardo las mejores canciones.
Telmitis sonrió, aunque seguía mirando de reojo la esfera.
Mientras tanto, Nacho y Willem inspeccionaban las paredes, buscando posibles pasadizos. Jony intentó levantar una caja que parecía muy pesada, y Bosch se apresuró a ayudarlo. Parecía llena de piedras o algo más pesado aún, porque no consiguieron moverla ni un milímetro. Los demás se aproximaron para ver si podían hacer algo al respecto.
Pero entonces Santi encontró algo entre las páginas de un libro muy antiguo: un dibujo de la misma esfera azul, acompañado de unas palabras escritas a mano. Leyó en voz alta:
—«Cuando la luz del primer jardín se debilite, tres semillas deberán ser encontradas. Una donde nace el agua, otra donde duerme el viento y la última donde el sol se despide cada tarde».
El granero quedó en silencio.
Nacho levantó la cabeza, con los ojos brillantes, las lágrimas de alegría parecían querer salir despedidas.
—¿Habéis oído eso? ¡Una búsqueda de verdad!
Willem sonrió de oreja a oreja.
Jony dio un salto.
—¡Pues vamos ahora mismo!
—Espera un momento —dijo Oli—. Todavía no sabemos dónde están.
Santi volvió a examinar el dibujo.
—Podrían estar escondidas en tres lugares distintos de estas montañas. La frase parece una adivinanza.

Por primera vez desde que habían entrado en el granero, Gorka parecía verdaderamente esperanzado.
—Mi abuelo me hablaba del primer jardín. Decía que era un lugar muy antiguo, anterior incluso a la construcción de nuestra casa. Según él, las tres semillas guardaban la memoria de la tierra, del agua y del cielo.
Cam observó el dibujo con atención, era un momento crucial y sabía que aquel asunto era demasiado importante para quedarse callada.
—Si tenemos que salir a buscarlas, deberíamos llevar agua, algo de comida y un mapa. No sabemos cuánto tardaremos.
—Muy buena idea —dijo Oli—. Nos prepararemos antes de salir.
Nacho y Willem intercambiaron una mirada impaciente. Por fin tenían una aventura que prometía ser mucho más emocionante que recorrer los caminos de siempre.
Y Telmitis, aunque habría preferido quedarse en un lugar seguro, comprendió que sus amigos necesitaban su ayuda.
Berty volvió a tocar la flauta. Esta vez, la piedra azul brilló un poco más.
Quizá todavía había esperanza.
Capítulo 3: Diez amigos, una sola misión
A la mañana siguiente, los diez amigos se reunieron en el patio de la granja. El cielo estaba despejado y una brisa fresca descendía desde las montañas.
Oli había organizado los preparativos con ayuda de Cam. Habían reunido agua, algo de comida, una cuerda, una pequeña linterna, un botiquín y varios cuadernos para tomar notas.
—No sabemos cuánto durará esta aventura —explicó Oli—. Así que debemos estar preparados.
—Yo estoy preparado desde ayer, con mi navaja, mi brújula, mis mapas de la zona, la cantimplora, una piedra, dos palos y un calcetín —dijo Jony, que llevaba una mochila enorme para su tamaño.
Nini se asomó a la mochila.
—¡El calcetín puede ser útil! Nunca se sabe cuándo puede aparecer un monstruo con los pies fríos.
Jony decidió no contestar. Se limitó a cerrar la mochila con gesto ofendido.

Antes de iniciar la búsqueda, Gorka les pidió que dedicaran un rato a ayudar en la granja. La piedra seguía debilitándose y cada pequeño gesto de cuidado parecía importante.
Bosch y Willem repararon una valla que se había caído durante la noche. Luego, acompañaron a las ovejas hasta el prado más verde, mientras Nacho aprovechaba para explorar un sendero que se internaba entre los árboles.
—¡Nacho, no te alejes demasiado! —le gritó Cam.
—¡Solo voy a echar un vistazo!
Willem lo siguió para asegurarse de que no se metiera en problemas.
Santi ayudó a Gorka a ordenar los libros antiguos y a descifrar algunas notas escritas por su abuelo. Cada vez que encontraba una referencia a las tres semillas, la anotaba cuidadosamente.
Oli se encargó de organizar la limpieza del establo, mientras Cam revisaba que los animales tuvieran suficiente agua y comida.
Berty, Nini y Telmitis se quedaron en el huerto. Ellas cantaban una melodía mientras él regaba las plantas. Telmitis todavía se sobresaltaba cada vez que una gallina cacareaba demasiado cerca, pero no dejaba de trabajar.
—Creo que esa flor está triste —dijo Berty, señalando una planta que tenía las hojas caídas.
—¿Cómo sabes que está triste? —dijo Nini.
—Porque parece que necesita una canción.
Berty se agachó y comenzó a tararear una melodía suave. Telmitis se arrodilló junto a la planta y examinó la tierra.
—¡Anda, madre mía!. Está completamente seca.
Nini fue a buscar una pequeña jarra de agua y regó las raíces con mucho cuidado. Después, Berty continuó cantando.
Al principio no ocurrió nada.
Pero, poco a poco, el tallo comenzó a levantarse. Una hoja nueva apareció entre las demás y, de repente, la planta se cubrió de pequeñas flores doradas que iluminaron todo el rincón del huerto.
—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Berty.
—Es que riego muy bien —se jactaba Nini.
Telmitis sonrió con timidez.
—Sólo le hacía falta un poco de agua.
—Y una buena canción —concluyó Berty.
En ese mismo instante, desde el granero llegó un sonido parecido al de una campanilla.
La piedra azul había recuperado parte de su brillo.
Gorka salió corriendo al patio.
—¡Mirad! ¡La luz ha aumentado!
Todos se reunieron alrededor de él.
—¡Eso significa que podemos salvar la granja! —dijo Nacho.
—Ahora nos queda por descubrir qué fuerza extraña está debilitando la piedra —añadió Willem.
Santi apareció con el libro antiguo entre las manos.
—He encontrado algo más. Aquí se explica que las tres semillas no pueden localizarse utilizando únicamente un mapa. Hay que comprender las pistas que dejaron quienes las escondieron.
—¿Y cuáles son las pistas? —preguntó Oli.
Santi abrió el libro por una página marcada con una cinta.
—La primera semilla está donde nace el agua. La segunda, donde duerme el viento. Y la tercera, donde el sol se despide cada tarde.
—Pues está claro: un manantial, algún lugar elevado y un sitio desde el que se vea la puesta de sol —dijo Willem.
—Podría ser —respondió Santi—, pero hay muchos sitios por aquí cerca que encajan con esa descripción.
Nacho se inclinó sobre el dibujo.
—Entonces tendremos que explorar hasta encontrarlos.
—¡Eso es lo que llevo diciendo desde ayer! —exclamó Jony.
—Y nosotros llevamos diciendo desde ayer que hay que pensar antes de salir corriendo —le recordó Bosch.
—¡Yo pienso mientras corro!
—Eso explica muchas cosas —murmuró Nini.
Cam se acercó al libro y observó una pequeña ilustración que aparecía en la parte inferior de la página. Representaba una montaña, un arroyo y un árbol con las ramas inclinadas hacia un lado.
—Santi, ¿qué significa este dibujo?
El chico lo examinó detenidamente.
—No estoy seguro. Pero el árbol parece una especie de roble, y las líneas junto a la montaña podrían representar corrientes de aire.
—¿Y si las pistas no describen sólo lugares? —preguntó Berty—. ¿Y si también tienen algo que ver con sonidos, como la música?
Santi levantó la mirada, interesado.
—Es posible. Las leyendas antiguas suelen utilizar símbolos que tienen más de un significado.
Telmitis miró hacia el bosque que rodeaba la granja. No le entusiasmaba demasiado la idea de adentrarse en lugares desconocidos, pero tampoco quería que sus amigos se marcharan sin él.
—Yo puedo ayudar a buscar la primera semilla —dijo—. Si está cerca del agua, quizá podamos encontrarla siguiendo el sonido de un arroyo.
Berty le sonrió.
—Y, si nos perdemos, siempre podemos cantar para encontrar el camino de vuelta.
—¿Y si el camino de vuelta también está perdido? —preguntó Telmitis.
—Entonces cantaremos más fuerte.
Telmitis se rio. Por un instante, la aventura dejó de parecerle tan aterradora.
Oli reunió al grupo.
—De acuerdo. Saldremos juntos, seguiremos las pistas y no nos separaremos sin avisar. Nacho y Willem pueden ayudarnos a explorar, Santi estudiará las indicaciones, y Cam se encargará de que no olvidemos nada importante. Berty y Telmitis buscarán cualquier pista relacionada con el agua y los sonidos. Bosch y Jony…
—¡Nosotros podemos abrirnos paso! —interrumpió Jony.
—Vosotros os quedaréis cerca del grupo —dijo Oli con una sonrisa—. Y procuraréis no abrir ninguna caja misteriosa sin preguntar antes.
Bosch miró a Jony.
Jony miró a Bosch.
Los dos guardaron silencio.
Nini levantó la mano.
—¿Y yo qué hago?
Oli sonrió.
—Tú nos ayudarás a mantener el ánimo.
—¡Perfecto! Por fin una misión para la que estoy completamente preparada.
Todos se echaron a reír.
Gorka los acompañó hasta la entrada de la granja. Antes de despedirse, les entregó una pequeña bolsa de tela.
—Dentro hay algo que perteneció a mi abuelo. Creo que os será útil cuando encontréis el primer lugar.
Nacho abrió la bolsa con impaciencia.
Dentro había una brújula antigua y un pequeño papel doblado.
Santi desplegó el papel con cuidado. Solo contenía una frase:
«Cuando el agua cante bajo la piedra, buscad donde la luz no se refleja».
—¡Una nueva pista! —exclamó Willem.
Nacho miró hacia las montañas de Iparralde. Los senderos parecían llamarlos desde la distancia.
Jony se ajustó la mochila.
—Bueno, amigos, ¿a qué estamos esperando?
—A que terminemos de leer la pista —respondió Santi.
—Pues léela mientras caminamos.
Oli suspiró, Cam sonrió discretamente, Berty empezó a tararear y Telmitis respiró hondo antes de dar el primer paso.
Los diez amigos abandonaron la granja y se adentraron en el camino que conducía hacia las montañas.
No sabían dónde encontrarían la primera semilla, qué secretos ocultaba el primer jardín ni qué peligros les esperaban.
Pero estaban juntos.
Y, en algún lugar de Iparralde, una aventura extraordinaria acababa de comenzar.

