Split, noche cerrada

Por Ignatius Batelmo.

Vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada (Giovanni Bocaccio).

Cuenta la leyenda que una noche los dos agentes comenzaron a deambular  por las calles de Split sintiendo cerca el olor a salitre que tan buenos recuerdos traía a ambos de una anterior vida apacible. Es difícil explicar la cadena de acontecimientos que los había reunido en aquella ciudad croata a finales de un mes de noviembre. Ninguno de los dos tenía muy claro quién había elegido ese destino, ni por qué debían trabajar juntos, pero la lealtad a unos valores comunes les hacía seguir unidos.

El día había sido particularmente duro. Dos cadáveres en descomposición, una soga y un bloque de hormigón hacían que la hipótesis de la autoría fuera bastante evidente por desgracia. Zvonimir Juric habría vuelto a indicar qué justicia era de aplicación desde su retiro dorado en la prisión de máxima seguridad de Osijek. El problema esta vez estribaba en el ruido mediático que habían causado los llantos en directo de unos tales Magda e Ivan, padres de las dos asesinadas, mellizas.

Las decisiones desde la cárcel de un mafioso de (presuntamente) poca monta habían conseguido que los dos detectives llevaran unos días sin dormir a pierna suelta, y lo ocurrido esa jornada había conseguido que ambos investigadores se hubieran dejado vencer por el insomnio y pasearan cerca del puerto.

Milos, el más corpulento de los dos agentes, era polaco, pero con antepasados balcánicos se mimetizaba perfectamente con el ambiente. Llevaba más de dos meses en la ciudad y tenía pesadillas con ese maníaco Juric desde el mismo día de su condena; aquella mirada en el traslado a prisión lo petrificaría para la eternidad y pensaba que el siguiente en la lista de difuntos sería él, como principal artífice de su detención. Los secuaces del recluso parecían incontables y su capacidad destructiva todavía irrefrenable.

Arek, eslovaco, más enjuto y con gafas de culo de vaso, llevaba apenas dos semanas en la ciudad y su apariencia tan alejada a la de las fuerzas del orden le habían hecho pasar desapercibido toda su vida laboral. Su conversación detallada con Milos una semana antes, unida al reciente doble crimen, había dado un vuelco a su visión del mundo y de aquel incómodo emplazamiento. Contaba los días para volver a Bratislava, o, mejor aún, largarse de una vez a Isla Tortuga.

Los dos necesitaban el dinero que suministraba con regularidad el servicio secreto alemán. No podían hacer preguntas de las causas que llevaban a aquellos teutones a interesarse por detener al clan del mafioso Juric, pero no iba a ser una misión nada fácil. Lo único que conocían es que no trabajaban solos, sin que tuvieran noticia alguna sobre la identidad de sus coequipiers.

El paseo nocturno les acercó al puerto. La tranquilidad que esperaban era interrumpida por el ruido y la muchedumbre a bordo de un gran barco: música alta, gente bailando, risas, gritos, alguna botella vacía cayendo al agua… una fiesta. Su paseo les fue acercando casi involuntariamente hasta el navío, un catamarán de dos plantas en el que unas cien o ciento veinte personas debían estar disfrutando desde hacía un rato.

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Sonó con estruendo una bocina; el barco iba a zarpar. Dos chicas vestidas de noche sobrepasaron corriendo a los detectives en dirección a la embarcación. Justo antes de subir por la escala, una de ellas se dio media vuelta y le gritó a Milos que un cuerpo tan grande debía rellenarse de combustible con cierta frecuencia para funcionar. Quince minutos después había cuatro pasajeros más en el barco con una copa de licor en la mano. Los pies de ambos agentes empezaban a moverse imperceptiblemente.

El volumen de la música en la planta superior de la embarcación estaba cada vez más alto, las conversaciones iban dando paso a los bailes copa tras copa y, mientras una pantalla de televisión ofrecía los goles más destacados de Davor Suker durante su carrera, Arek comenzaba a tener un trato más que amigable con una joven bastante atractiva.

Mientras su compañero bailoteaba ritmos latinos con su nueva amiga, Milos se sentó junto a la barra escudriñando la escena desde una posición estratégica. Nada veía más allá del vaso ni nada quería ver. Se centraba en su bebida, con el hielo derritiéndose lentamente, mientras la música de fondo le llegaba como un zumbido durante la duermevela. Embelesado, mirando ese cóctel que tanto placer momentáneo le suponía, se perdió el comienzo de la escena más impactante de la noche.

A la vez que su compañero se quedaba ensimismado con su vodka, Arek disfrutaba de la cercanía de una mujer como no lo había hecho en meses: su pelo moreno, el ritmo de sus caderas, una sonrisa permanente, una mirada que lo desnudaba… lo tenía completamente subyugado. La hermosura de la chica iba pareja al ejemplar ritmo danzante que lo engatusaba; ella rozaba levemente su melena oscura, y todo su cuerpo se le iba adhiriendo con tal maestría que el detective se iba embriagando de su olor y de su tacto. Tan concentrado en ella permanecía que no vio venir el instante más sobrecogedor de la velada.

Entró sigilosamente y se situó en mitad de la pista; metro noventa de estatura, traje oscuro, camisa blanca, sin corbata pero recién afeitado y peinado con gomina en el pelo. Parecía un invitado más, aunque la amenaza de sus ojos lo hubiera delatado si alguien se hubiera entretenido en mirar. Casi imperceptiblemente sacó una pistola XDM de debajo de su chaqueta y disparó al techo causando el silencio y la parálisis del respetable, aunque no de la canción “Kalashnikov” de Goran Bregovic cuyo sonido parecía desafiar el momento de tensión creciente.

Los dos agentes habían echado mano de sus respectivas armas reglamentarias y se buscaron con la mirada mezclando asombro y determinación en ambos rostro. El asaltante, de unos treinta años y aparentemente croata, era desconocido y los métodos empleados no eran los propios de la cuadrilla de Juric. El mero hecho de que apuntara al discjockey sirvió para detener la música al cabo de quince segundos que parecieron eternos, puesto que el pistolero se había mantenido todo este tiempo impertérrito apuntando al techo de la embarcación.

El silencio se hizo total. El intruso, una vez que toda la atención se centró en él, casi escupió, por lo breve, su discurso:

  • Queridos navegantes: lamento haber tenido que irrumpir de esta manera a bordo, pero no tardaré en decir una cosa: pienso matar esta noche al incauto que provocó que Zvonimir Juric entrara en la cárcel. Por su culpa, mis hermanas han muerto.

Acto seguido apuntó con su revólver a Milos, justo a la vez en el que el gigante detective hacía lo propio, y también al mismo tiempo que Arek apuntaba a su vez al asaltante, éste colocado a unos 180 grados del grandullón. Dos contra uno y perfectamente situados.

  • ¡¡¡Suelta el arma!!! – gritaron casi al unísono los dos compañeros.

La tensión se tornó en confusión entre los invitados a la fiesta, muchos se arrojaron al suelo, las copas volaron por los aires, alguna ventana se rompió y más de uno saltó por la borda. Pero los tres pistoleros seguían apuntándose impertérritos.

  • Suelta tú el arma, Casanova.

No fue ningún grito. Arek quedó estupefacto cuando la danzarina morena le susurraba mientras le apuntaba con una pequeña Glock 26 directamente a la cabeza a menos de medio metro. Ahora sí, todo se volvió silencio de nuevo. Se le cortó la respiración; esa maravillosa ninfa que había dominado sus sueños y le había hecho olvidarse de su cruda realidad lo tenía a merced para asestarle un tiro de gracia. La borrachera se le había quedado en un pie. Y las dudas sobre quiénes eran aquellos maleantes: ¿secuaces de Juric? ¿O sus enemigos?

Pero, de repente… BRAAAAAUUUUM.

El golpe en la cubierta del barco fue impactante, provocando que se fuera la luz, se rompieran los cristales de los ventanales y cayeran al suelo unas cuarenta personas por el movimiento del navío, entre ellos los cuatro armados. Milos, sin un segundo para preguntarse qué mastodóntico objeto había provocado su caída, consiguió escurrirse entre la gente hacia el pistolero y mientras éste se incorporaba le realizó un placaje de rugby. La XDM salió volando. El barco se empezaba a hundir lentamente. Por su parte, Arek neutralizó con una llave de judo a su sensual atacante. Volvían a llevar la iniciativa. Aunque ahora habría que averiguar qué se había estrellado contra el barco y había que salir huyendo de allí antes de convertirse en peces.

Tras el aturdimiento inicial los congregados empezaron a huir en desbandada, arrojándose al agua por cada una de las ventanas ya destrozadas del catamarán. Arek y Milos apuntaban a sus dos rehenes con su colt mientras los iban llevando hacia las escalera: la parte superior del barco sería la última en hundirse. No sin dificultad, avanzaron entre una marabunta despavorida y el espectáculo se tornó grotesco; aquello no tenía ningún sentido. Un Land Rover completamente calcinado presidía la escena, y fue en ese momento en el que apreciaron, pese a la oscuridad, que el acantilado estaba demasiado cerca. Había que saltar.

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La llegada hasta tierra firma fue una penosa heroicidad: chalecos hinchables para los dos agentes y sus dos detenidos, que ya el resto del pasaje se salvaría como pudiera. Estuvieron nadando casi una hora sobre el mar mientras el barco no tardaba más de cinco minutos en sumergirse. Exhaustos, treparon por un saliente de las rocas no muy escarpado, adonde no llegó nadie más. La mujer estaba aparentemente desmallada y el asaltante se quejaba de una profunda herida en el muslo. Los dos detectives se miraron intentando asimilar que no iba a ser una época fácil y que la sombra de su más temible rival era muy alargada.

Comenzaba a vislumbrarse el amanecer. Los teléfonos móviles de los agentes no funcionaban y la costa dalmática por esa zona estaba deshabitada. Tocaba hacer preguntas a aquellos dos delincuentes, pero el cansancio extremo no auguraba un interrogatorio exitoso. En mitad de las cavilaciones, Milos pensaba que haber sobrevivido no parecía una noticia tan feliz. Su compañero sólo buscaba la manera de salir de allí. Mientras registraba al pistolero del barco, la chica se despertó sobresaltada cuchillo en mano (“tendría que haber empezado por ella” pensó Arek) y se lo puso en la yugular. No dijo nada, ni sus acompañantes abrieron la boca. Metió su otra mano entre su ropa interior, sacó una cápsula y la arrojó a los pies de Milos. Acto seguido introdujo el cuchillo en su cuerpo a la altura de la garganta, cayó desplomada y falleció.

Todos siguieron callados. El más alto de los agentes agarró la cápsula y la abrió. Había un mensaje en su interior:

“Estoy fuera. Voy a por ti.

#Juric”.

CONTINUARÁ

 

 

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