No vuelvas a los lugares en los que fuiste feliz (IV): Si vais a parpadear, hacedlo ahora…

Por McLovin

Cuando uno extraña un lugar, lo que realmente extraña es la época que corresponde a ese lugar; no se extrañan los sitios sino los tiempos.

Jorge Luis Borges

Las emociones y experiencias humanas son universales, más allá de localismos y matices culturales. Uno cae en la cuenta de eso cuando ve reflejados sus sentimientos y experiencias en la gran pantalla o con un buen libro y es capaz de empatizar rápidamente con ellas. El autor/director capaz de conseguirlo te ha ganado para siempre, desde los tiempos homéricos.

La palabra nostalgia es un neologismo acuñado por el suizo Johannes Hofer para su tesis médica en 1688 al tratar la enfermedad que experimentaban tanto un estudiante como su sirviente por estar alejados de su casa. Sólo la vuelta al hogar les curó de su dolor. Su raíz etimológica deriva del griego nostos (regreso, vuelta a casa) y algos (dolor, sufrimiento). Algo así como el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar; la añoranza de un regreso imposible a través del laberinto del tiempo y el dolor o sufrimiento que eso provoca en el alma. En esa voluntad de regreso se refleja, probablemente, el círculo virtuoso de la existencia humana.

(Se recomienda acompañar este post de la escucha de esta lista).

Volví a mi ciudad natal pasados diez años. Diez años en los tiempos analógicos, que podrían equivaler a medio siglo de los actuales. Tiempos pre Messenger, pre Skype, pre Whatsapp, pre casi todo. En los tiempos de la escritura (increíblemente el vocablo ahora parece más Edad Antigua que nunca…) en que las únicas noticias allende los mares llegaban en los sobres blancos con los bordes de listas azules del correo aéreo (uno tuneaba los sobres con la leyenda VÍA AÉREA para que en Correos no se confundieran y llegara más rápido) y las llamadas telefónicas (al fijo, por supuesto y con suerte; no existían los móviles) se reservaban para felicitar las fiestas o comunicar tragedias. El viaje era -sigue siendo- una pequeña odisea. Y desde que pones el pie en tierra te das cuenta de que el tiempo y el lugar ya no coinciden, no casan con tu imagen mental. La decadencia, la evolución vital de los amigos, el gap vivencial del día a día imposible de mantener por carta, las nuevas experiencias no compartidas, los amores de juventud que pudieron ser y no fueron, truncados por la partida y la distancia y una evolución divergente por mucho que te aferres al pasado común. Todo eso veo en la pantalla en El ciudadano ilustre. No, volví sin el Nobel, sin ser un escritor famoso y sin que me nombraran ciudadano ilustre (y a fuerza de ver lo que ocurre en la pantalla, me alegro de que fuera así), pero todo lo demás es de una cercanía que lastima pero que ya con perspectiva te hace sonreír (por aquello que decía Marx: La historia se repite dos veces. La primera como tragedia, la segunda como farsa1).

Es fácil sentirse identificado, si alguna vez has vuelto a Ítaca (como afirma Carlos Boyero en su estupenda crítica; siempre me divierte su rotundidad, comparta su opinión o no), con el escritor Daniel Mantovani magistralmente interpretado por un Óscar Martínez en estado de gracia (levantó la Copa Volpi por ello en Venecia, pero en mi opinión se la podría haber llevado por el “divertido” adinerado padre en apuros y del que se intenta aprovechar todo el mundo en plena tragedia de Relatos Salvajes). “Creo que hice una única cosa en toda mi vida, escapar de ese lugar. Mis personajes nunca pudieron salir y yo nunca pude volver“, afirma premonitoriamente el laureado escritor antes de iniciar el descenso a los infiernos que supone su vuelta a su Salas natal, el mitológico pueblo cuyos ambientes y personajes han servido de inspiración para toda su obra y que por lo que cabe deducir no ha salido bien parado. El relato de ese retorno que abordan los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat (que ya dieron muestras de su ácida mirada en su anterior y estupenda El hombre de al lado) supone una radiografía de la comedia humana y sus pequeñas miserias. “Cuando regresas con éxito, muestras el fracaso de los demás. Hay que ser prudentes“, afirma un multimillonario mejicano en una entrevista que leo recientemente. Precisamente eso es lo que muestra con ácida ironía El ciudadano ilustre: un choque de civilizaciones irreconciliables entre un mundo abierto y supuestamente cosmopolita encarnado en el “nobelado” escritor y otro cerrado, provinciano, opresivo y mediocre materializado en la galería de variopintos personajes que dan la “bienvenida” al autor. Un retrato cáustico, muy coheniano, que dibuja una sátira social que cuestiona la hipocresía de los políticos, la impostura del “artisteo” y el cinismo disfrazado de campechana naturalidad. Las frustraciones, envidias, mentiras, engaños y mezquindades quedan expuestas en este particular retorno de Ulises. Boyero se pregunta cómo serían los libros de este Nobel de ficción dado que a su parecer el material argumental y los habitantes le resultan escasamente apetecibles. Se equivoca. Dan para una obra magistral.

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La primera vez que leí algo sobre El ciudadano ilustre, con motivo de su presentación en Venecia, me vino inmediatamente a la mente el recuerdo de una lectura de juventud y la intrahistoria que me contó mi padre a propósito de esta obra. Se trata de Boquitas pintadas, de Manuel Puig. Publicada en 1969, es una novela melodramática de pasión y crimen, un folletín de atmósfera kitsch la definen algunos, cuyo hilo argumental desarrolla dos dramas paralelos  en un opresivo ambiente pueblerino (indisimulado remedo de su General Villegas natal, un pueblo chico/infierno grande a 400 km de Buenos Aires donde el autor pasó su infancia). La historia del donjuán Juan Carlos Etchepare y su relación con tres mujeres: Nené, una humilde muchacha enamorada de él; Mabel, una chica bien tan infiel como el protagonista y la viuda Di Carlo, con mala reputación en el pueblo por los rumores  que corren acerca de que no respeta su viudez. Fue una novela revolucionaria en su época, experimental en sus formas, pues toda la historia está contada a través de diálogos directos, cartas, diarios íntimos  y publicaciones, con una mínima narración convencional. Supuso asimismo la definitiva consagración de su autor como  uno de los más importantes escritores argentinos contemporáneos. El amor, el sacrificio de los amantes, la nobleza, el deseo son temas fundamentales de la novela, así como la crítica a la opresiva e hipócrita sociedad pequeño-burguesa de la época, su moral y los estereotipos que ésta proyectaba fueron su mejor fuente de relato. En Boquitas pintadas se habla de lo prohibido a través del ocultamiento y la simulación, la hipocresía y la envidia, los celos, las mentiras, rencores y rumores. La crítica destaca que su narrativa está muy influenciada por el cine, siendo tremendamente visual, habiendo sido adaptada en multitud de ocasiones al cine y al teatro. Su título proviene de una canción de Gardel y su adaptación cinematográfica se alzó con el Premio especial del Jurado y la Concha de plata en el Festival de San Sebastián de 1974. Es una delicia de libro, absolutamente cautivador, así que os recomiendo encarecidamente su lectura. No he leído nada más de este autor; tengo pendiente El beso de la mujer araña, pero todavía no he sido capaz de superar el magnetismo en imágenes que destilaban unos absolutamente magistrales William Hurt -se hizo con el Oscar-, Raúl Juliá y Sonia Braga en su adaptación cinematográfica.

Ahora la intrahistoria. La publicación del libro y aún más su adaptación cinematográfica supuso un enorme revuelo y escándalo en su pueblo natal. Muchos habitantes ilustres se reconocieron en los personajes y lo consideraron una gravísima exposición pública de sus vidas privadas. Nuevamente, y como en El ciudadano ilustre, las pequeñas miserias, rencores, celos, mentiras, infidelidades y envidias del libro no eran más que recuerdos autobiográficos de los ambientes en que Puig pasó su infancia. Incluso, la película no pudo ser estrenada en el cine de su pueblo. Según cuentan, fue la dulce y fría venganza del autor por los sufrimientos de su infancia en una sociedad opresiva e hipócritamente moral que jamás le perdonó su homosexualidad y convirtió esa etapa en un infierno, del que se evadió primero a través del cine -de ahí su clara influencia- y luego emigrando a Europa y a la Capital. Nunca pude contrastar del todo está versión pero me gusta pensar que es cierta (tiene su punto de venganza a lo Conde de Montecristo) y que el escritor pudo superar esas limitaciones de un entorno mediocre y consagrarse. Aunque probablemente él tampoco haya podido volver. Pese a todo, lo fortaleció y con el tiempo se convertiría en un comprometido activista social, lo que le valió el exilio durante la dictadura.

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Llevo a mi hijo a ver Kubo y las cuerdas mágicas. La relación cinefilia y paternidad no siempre va de la mano, aunque Pixar haya hecho mucho por mejorar esto. En este caso, descubro una pequeña joya que disfrutamos los dos. Fin de la digresión. En la cola de la taquilla de los cines Ideal coincido con Óscar Martínez pocos días después de ver la peli. Tengo ganas de decirle que me encantó la película y que está soberbio en el papel. A pesar de mi escasa mitomanía y de su imagen cercana, normal, no me atrevo y me quedo con las ganas. Daniel Mantovani regresa a su pueblo en la película movido, quizá, por esa nostalgia que los griegos convirtieron en mito a través de la figura de Ulises en la que uno anda buscando siempre la manera de volver a casa, como símbolo del encuentro con la paz interior. Me quedo con la duda de saber si Óscar Martínez, el actor consagrado, ha regresado también a su Salas particular, de si ha hecho su viaje a Ítaca.

  1. Marx, Karl. El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.

 

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