Garrapatera (cap. 1)

Cuaderno de bitácora: en barco por Mallorca y Menorca

Por José Mª Gentil Girón

A las 6 de la mañana, mientras sonaban los crujidos de los cabos, esos que ya ni escuchas cuando duermes en un barco, me desperté por los gritos nerviosos de los tripulantes de un velero amarrando a nuestro lado. Me levanté para ver si les hacía falta ayuda, pero tenían la maniobra casi completada. Luego he hablado con ellos un rato. Según me cuentan, dormían fondeados en Cala Barques cuando el mar se ha empezado a poner muy complicado y todos los yates empezaron en medio de la noche a salir a mar abierto o en busca de un puerto. Un catamarán perdió el control y cambió varias veces de rumbo antes de enfilar la bocana y enganchó su ancla llevándose toda la cadena, por lo que tuvieron que salir de allí y navegar hasta Portocristo, donde me han contado la historia. Y al escucharla me he alegrado de estar donde estamos, amarrados al muelle, y no ahí afuera.

Pero lo ideal es empezar por el principio, y el principio incluye las presentaciones y el propósito de esta historia.

Mi nombre es Jose, y junto a mi mujer Marga estamos navegando por Baleares en nuestro llaut, una embarcación típica de las islas. Nuestra idea es rodear Mallorca y Menorca a lo largo de tres semanas de julio. Ya intentamos antes hacerlo con una embarcación de 5 metros, del año 98, pero siempre hubo problemas que lo hicieron imposible. Inasequible al desaliento lo hemos comenzado con Garrapatera II, un barco de 1992 de 7,50 metros de eslora. El mundo es de los valientes.

El día 5 de julio salimos desde el puerto base, Port Adriano, a las 7 de la mañana. Previsores de la paliza que sería cargar el barco, dormimos allí la noche antes. Recuerdo lo cansado que yo ya estaba cenando en la mítica pizzeria La Oca, y la exultante euforia de Marga, que aún había estado trabajando hasta media hora antes.

Me gusta salir temprano para evitar los vientos térmicos, pero lo cierto es que si bien aumentas las posibilidades, no es ninguna garantía. El día 5 nos cogió con viento de levante pero no excesivo. Pudimos disfrutar e navegar con el piloto automático (Marga no se despertó hasta mitad de viaje) y desayunar en ruta. Fondeamos en la pequeña playa de Es Peregons Petit, donde esperamos a algunos amigos que venían a comer con nosotros.

La playa donde estuvimos es de arena y no esperaba ningún resultados pesquero, pero sorprendentemente encontré una mancha de rocas donde se movía algo de fauna, y pude pescar con arpón algunos salmonetes y herreras (aquí los llaman molls y marbres respectivamente).

A última hora pensábamos entrar a dormir en la playa de Es Carbó, usualmente buen refugio, pero una llamada al canal 8 de la radio nos sirvió para que nos concedieran sitio en el puerto de la Colonia de Sant Jordi, donde cenamos extraordinariamente en Sa Gavina, un restaurante mediterráneo japonés. Especialmente recomendable el tartar de atún rojo, pero del de atún rojo de verdad.

El día 6 salimos de la Colonia sobre las 7 de la mañana y Marga se levantó de la cama llegando al Cap de Ses Salines, donde las aguas tienen colores que si los pintásemos en un cuadro no los creeríamos. Ella se puso al timón pare permitirme desnudarme completamente y tirarme al mar. Sería absurdo describir con palabras lo que sentí en esos míticos momentos, pero trato de definirlos como “garrapateros”. Una vez le preguntaron al Canijo de Jerez lo que era ser garrapatero, y él dictó: “Garrapatero significa libertad en estado puro”. Por eso mi barco se llama así, y ojalá si algún día él lee estas líneas lo entienda.

Hay que seguir, porque esto es el relato de un viaje. Las calas del este de Mallorca, en días buenos, están muy saturadas, así que pasamos Cala Marmols y Cala Mondragó sin entrar. Finalmente nos quedamos en Portopetro, una hermosa bahía con un fondeo muy resguardado y actualmente prohibido (aclaración para no navegantes: comercializado a través de boyas de pago). No es el objeto hoy, pero entiendo a la gente que se queja de esto. Hay navegantes con barcos de alquiler a los que les da igual pagar a diario, pero también estamos los locales, oiga.

En Portopetro nos pasó una cosa curiosa. Salimos a bucear en apnea un rato y ya con Marga en el barco, de vuelta vi un pez que no había visto nunca. Eso, dependiendo de quien lo lea, puede parecer una tontería. No para mi. Llevo tiempo buceando y pescando bajo el agua y desde embarcación y hacía muchos años que no veía una especie desconocida. Me pareció un tipo de tiburón por el movimiento y le pedí a Marga el arpón, aunque luego reconozco que bien pude pedirle la go-pro. En cualquier caso, sin aletas y sin equipo alguno conseguí acercarme a él y matarlo. Resultó ser un pez rémora, con su curiosa parte alta de la cabeza para adherirse a barcos o peces marlin. ¿Por que estaba allí? Su carne, desconocida, resultó sabrosa en tacos fritos.

Aunque la boya asignada estaba en la Cala des Morts, un poco alejada, bajamos en zodiac a Portopetro. Un sitio agradable donde dar un paseo, y cenar en Noray Restaurante. Oiga, no olvide usted Noray Restaurante y su carpaccio de albacora. Qué me gusta que se ponga en valor los pescados menos conocidos.

En fin, pasamos buena noche en Portopetro y salimos de nuevo antes de las 8. Y como alguno supondrá, salimos antes de que Marga se despertase. Y eso que ella es la que sabe de barcos, pero también es la que sabe de dormir. Y por eso y por muchas cosas más, la quiero.

Yo tenía en mi mente Cala Mitjana para pasar el día, un sitio de fondeo asegurado, pero por ello muy concurrido. Finalmente fondeamos en Cala Sa Nau. ¿Queréis una opinión? Pues bien, dentro de la decepción. Las referencias que teníamos eran los recuerdos de Marga usando el viejo llaut familiar, y una foto de la guía Imray. Ambos parecían preciosos, pero el progreso ha querido acabar con ello para incluir un chiringuito y tumbonas que ocupan media playa. En fin… Dimos cuenta de los salmonetes y herreras a la barbacoa.

En esta playa vivimos otro problema habitual en estas aguas: el de las barcas de alquiler sin titulación. Según parece hasta 5 metros y 15 caballos de potencia de motor esto se lo dan a cualquiera, y claro, nos encontramos los líos habituales, no saben fondear, no entienden ni el viento más básico y sobre todo desconocen las señales de peligro tanto para ellos como para los demás. Como pescador submarino, exigiría que les explicasen por favor lo que es una boya naranja en el agua antes de darles las llaves.

De allí nos fuimos con un mar aceptable hasta Portocolom.

Portocolom es uno de esos sitios donde ir en barco una vez un la vida. Enamorados como estamos de ese puerto y fondeadero solo tengo palabras bonitas para pasar ese faro rayado, echar el ancla frente al arenal y bajar en zodiac a cenar al chiringuito. Eso sí, la experiencia fue desmerecida por una bajada preocupante del nivel gastronómico del lugar, y nos da pena decirlo porque lo habíamos disfrutado mucho antes.

Cuando despertamos el día 8 ya la previsión no prometía nada. A primera hora el mar no parecía excesivamente malo, aunque señalaba peor, y decidimos tirar millas. No fue para tanto al principio. El barco navegó como sus ancestros le enseñaron para llevarnos a uno de los sitios más míticos que he encontrado en la isla de Mallorca.

Junto a Cala Barques, la más conocida, se abren otras tres calas de las que no quiero ni decir el nombre. Cuando llegamos allí, no había nadie en ninguna. ¿Cómo podría explicar lo significa ese momento de íntima soledad cuando una pareja que se quiere desayuna en su barco en medio de la nada, rodeados de aguas turquesas y el canto de las chicharras? No quiero ser redundante: yo lo llamo “garrapatero”, libertad en estado puro.

Nos bajamos a la playa para disfrutar de aquella virginidad. Es curioso que esto sea hoy un valor en una sociedad que vive en ciudades y que desprecia la cultura rural. Marga y yo seguimos apreciando esos momentos en que estamos la naturaleza y nosotros, pero no en un parque ni un huerto urbano, sino en medio de la nada. Esas calas son una maravilla.

Almorzamos lomos de herrera pescada el día anterior, con salsa bilbaína y nos dormimos una siesta en la proa del barco de las que te hacen sentirte el rey del mundo. Pero luego todo cambió.

A las 5 Marga observó que soplaba cada vez más. Era cierto. Teníamos el barco con un ancla en la arena y un cabo a tierra. Ese fue un gran error. Al subir el vendaval, este le entraba al barco de costado y empezó a tirar hasta casi romper el cabo o llevarlo contra las rocas. Era el momento de irse, pero ¿cómo?

Las calas en Mallorca con mal tiempo pueden ser una trampa. Teníamos una zodiac en el agua, dos tablas de padel surf y el cabo a tierra. De pronto aquello soplaba que daba miedo y Marga fue en la lancha a sacar el cabo de las rocas. Imposible, el viento tiraba demasiado. Todavía quiso cortarlo. Hubo un momento en que, a los mandos, vi peligrar el barco, y tuve que decirle que dejásemos el cabo allí y huyéramos como pudiésemos. El motor nos sacó del peligro, pero el viento tenía una guardada. Mientras maniobrábamos, la parte más ligera del barco, la proa, se orientó a tierra y la hélice de proa no podía contra el viento. La Garrapatera II, un maravilloso Myabca 26, modelo mítico donde los haya, no es ni medio bueno maniobrando marcha atrás. Ni medio bueno ni medio nada. La hélice de proa permitió sacar el barco de una trampa en un momento de tensión en que el trabajo en equipo funcionó a la perfección, a pesar de algún grito.

Llegamos con mala mar al puerto de Portocristo. Ya al llamar por la radio me pareció que el marinero no era de los habituales. Marga me recordó una canción de Love of Lesbian: “Soy un personaje, lo llevo escrito en la frente, de hecho es lo normal”. Pues así era, y espero que no se ofenda si lo lee.

La previsión cada vez era peor. Estábamos ya amarrados y con reserva al día siguiente en Cala Bona, a solo 7 millas, pero el viento empezaba a ser huracanado. Mi hermana, viviendo en Menorca, me avisaba de tormentas y rissaga en Ciutadella. Decidimos quedarnos aquí a la espera de lo que pasaba.

El resto es lo que ya he contado. La noche fue dura ahí afuera y la Garrapatera II se alegra de haber sido prudente. Aún seguimos esperando a salir mañana rumbo a Cala Rajada antes de atacar Menorca. El mar es así, pero nosotros, en momentos como este, estamos contentos de estar seguros en puerto.

Y garrapateros siempre.

Sigue el capítulo 2 aquí.

Sigue el capítulo 3 aquí.

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7 comentarios en “Garrapatera (cap. 1)

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