Música para viajar en el tiempo: los años 90

Sometimes I give myself the creeps
Sometimes my mind plays tricks on me
It all keeps adding up
I think I’m cracking up
Am I just paranoid?
Or am I just stoned

(Green Day, Basket Case)

Por Ignatius Batelmo

Lista de reproducción

Pantalón vaquero con una raja a la altura de la rodilla, zapatillas Reebok the Pump, camiseta surfera, gafas de aviador, gorra hacia atrás, andares de chico malote, chicle tan mascado que no sabe a nada… te creías muy guay. Ya han pasado 25 años de que llegara a España el rap de Informer, poco después ampliamente mejorado por su versión cañí.

Eran mediados de los 90 y el Instituto no se parecía nada a las películas americanas: te hacías mayor pero seguías jugando al rol y al risk con música épica de bandas sonoras o con el heavy metal de Manowar y Iron Maiden; coreabas a Riu y Ken en las partidas de Street Fighter II; jugabas al fútbol sala, al voleibol, al balonmano o al baloncesto compitiendo hasta la extenuación en cada partido para poder escuchar We are the champions al final.

Durante esos años pasaste de ir al cine con tus amigos a ver Showgirls (aunque la versión oficial es que ibas a ver La Isla de las Cabezas Cortadas), a acompañar a tus amigas a ver Titanic (por razones sobradamente conocidas) hasta que terminaste aprendiéndote la pastelosa canción de Celine Dion.

Pero lo más relevante de esa época pasaba por la noche: se podía vender legalmente alcohol a los mayores de 16 años. Falsificar fotocopias de DNI, con el cambio del año de nacimiento, se convirtió en una profesión muy cotizada en ese mundo cuasi-pijo cuyo máxima aspiración vital consistía en salir los viernes por la noche a bailar y emborracharse.

Ellas y ellos coincidían en una ceremonia cada fin de semana, después de poner en casa a todo volumen The Offspring y Nirvana mientras te acicalabas para quemar la noche y te pintabas la perilla de azul. En la primera fase te tocaba botellón previo en los aledaños, conversaciones intrascendentes, presentar y que te presentaran a otros jóvenes, beberte una copa de un trago para ser más chulo que nadie o reírte del buen ciudadano que arroja sus restos a un contenedor.

Ya en la segunda fase era el turno de la cola a las puertas de la discoteca, el acercamiento y roce con un conocido mayor para que te dejaran entrar, el reagrupamiento con los amigos para hacer piña, el baile del croupier repartiendo cartas y el del robot, esas miradas, la “putivuelta” para examinar lo que se movía, las primeras “cobras” de tu vida, las esquinas bien elegidas para los primeros besos, la euforia cuando suena Underworld, el baile del moonwalk

Llega el momento cumbre de la noche:

Das saltitos de alegría cuando empieza, suena un “wuuh”, tarareas los primeros sones, cantas “my love has got no money” y te dejas llevar por el frenesí enloquecido del baile con el estribillo “na na na na na, na na na na na”. Más de 20 años después sigues bailando esa canción en cada boda como si no hubiera un mañana y lo sabes, Hulio.

Realmente cada canción de esa época te abre una ventana temporal, un “momento retina” del que es difícil escapar: la maravillosa trilogía de Gala que completaban Let a boy cry y Come into my life, la conga interminable alrededor de la casa con Around the World, los trabalenguas que proponían Scatman John y Chimo Bayo, la firme intención de bailar coordinadamente que provocaba Missing, la saeta interminable que nos traía Prodigy y hasta los besos con lengua hasta la tráquea mientras sonaba Lady.

Lo mejor era que las resacas en aquellos días sólo duraban el tiempo de escuchar dos canciones de The Presidents of the United States of America y Nada Surf y salías al día siguiente de nuevo como si nada hubiera pasado. Y es que el sábado te gustaba sacar a relucir tu lado alternativo, yendo a los bares del centro, mientras te dejabas la garganta con Song 2, con Basket Case o con las canciones del recopilatorio Vértigo.

A veces incluso, harto de la pachanga latina veraniega, preferías los susurros de Massive Attack (antes de que suspendieran conciertos) o de Björk mientras paseabas por la playa huyendo del mundanal ruido cual adolescente incomprendido. Ahora que eres padre valoras esos ratos solitarios como una experiencia inigualable, como los momentos en los que no tenías en cuenta suficientemente lo feliz que realmente eras. Por aquel entonces, en cambio, te atormentabas porque no te atrevías a llamar por teléfono a casa de fulanita, con quien sólo hacías de pagafantas enseñándole la letra de Wonderwall y hasta escribías cartas a mano (con Bon Jovi o Wind of Change de fondo) para confesar tu enamoramiento.

Tu vida transcurría aprendiendo a disfrutar (ja): te sabías temas de Extremoduro o Radiohead que entonabas junto a una guitarra, los únicos grupos que podías ver en vivo eran españoles (Celtas Cortos, Niños Mutantes, Sexy Sadie o Reincidentes), te creías el más rompedor porque te gustaban R.E.M. o The Smashing Pumpkins, no salías de tapas porque era muy caro, te aprendías la sintonía que Dover colaba en los anuncios, en cintas de cassette TDK grababas las canciones que tus amigos debían descubrir como Non quero nada de ti o Tomber la chemise, te rapaste al pelo al aprobar Selectividad (¡pringao!) y hasta celebrabas que España ganara… bueno, no celebrabas nada.

Eran buenos tiempos en definitiva: no había que hacer la declaración de la renta, ni buscar el mejor colegio para tus hijos, dormías 12 horas seguidas si te daba la gana, estabas enamorado permanentemente aunque a ellas les gustara Ace of Base o Backstreet Boys y tú fliparas con AC/DC. Pero para hacer de esta lectura un ejercicio nostálgico perfecto, para volver a sentirse un jovenzuelo con acné y hormonas desatadas, lo ideal sería repetir esta lista de reproducción desde por la mañana hasta por la noche. Aunque también ayuda ver la serie Everything Sucks de Netflix.

Y queridos jóvenes carrozas, recordad que el concepto es el concepto.

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