Garrapatera (cap. 2)

Cuaderno de bitácora: en barco por Mallorca y Menorca

Por José Mª Gentil Girón

Capítulo 1 aquí.

Maravillas de la tecnología: estoy escribiendo mientras cruzamos en canal de Menorca e incluso he podido ver en directo el quinto encierro de San Fermín en Pamplona. El barco navega a buen rumbo con una olita de viento un poco seguía pero parece que sin peligro, que por su pesadez, y por venir desde la dirección de la maravillosa Barcelona, a ojo de buen cubero, he bautizado (cariñosamente, no se me ofenda nadie) la ola Puigdemont.


Aunque el día 9 teníamos reservado un amarre en el puerto de Cala Bona, lugar que no conocíamos de la isla, la mala previsión nos hizo quedarnos en Portocristo . En días así ocurre una situación curiosa: nadie quiere dejar el puerto, aunque comúnmente los amarres están reservados para otras personas. Ya el día antes Marga fue a hablar con el marinero personaje y le dio una respuesta curiosa: “si te quedas en el amarre, yo no te voy a echar. No lo he hecho nunca”. “¿Y si salimos pero tenemos que volver?”. “Si salís, volvemos a empezar”. Ante este sabio consejo, no nos movimos.


Ya desde las 8 de la mañana, cuando fui a las duchas, iba viendo a los patrones de otros barcos que miraban una y otra vez el mar desde el espigón, y luego, aún con la duda, volvían a sus embarcaciones a mirar el parte. Nosotros también lo hicimos pero a media mañana ya teníamos decidido quedarnos. Así pues, un día haciendo vida de puerto.


Pude hablar más con los chicos del velero que había llegado en medio de la noche. Se trataba de un barco alquilado, y trataban de contactar con el armador para que les trajese otro ancla. Finalmente lo consiguieron a lo largo de la mañana, pero, con el susto en el cuerpo, también decidieron pasar la noche allí. Se trataba de un grupo de lo más variopinto. Algunos que se veía que no habían navegado en su vida junto con otro típicos recién aprobados del PER que no paran de usar vocabulario náutico. Aún así salieron de una situación muy complicada, así que mis respetos.


La primera noche en Portocristo habíamos cenado en Vibbes by Quince, un local moderno con personal encantador. Saboreamos un buen guacamole y un plato de patata y yuca con trufa muy resultón. Por desgracia, acabamos con unos calamares terroríficos. Cuando pido un plato de calamares y solo veo anillas ya me echo a temblar: ¿dónde están las cabezas? Mala cosa. Solo probé uno y confirmé mis temores. Así pues, el día de puerto buscamos un sitio más prometedor. Paseando habíamos visto un restaurante que marcaba en la pizarra los pescados que iba a hacer a la plancha: pagell, mussola, escorball. Buena señal. Pescados generalmente desconocidos para el gran público. Se llamaba Ses Golondrines. Allí nos sentamos a mediodía.


¿Cómo describirlo? Indescriptible pero muy recomendable. Un sitio de los de otra época, con manteles de papel representando el mapa de Mallorca que Marga afirma haber visto de desde pequeña en los sitios más cutres. Eso sí, pescado del bueno hecho a la plancha con calidad extraordinaria. Comimos calamares sucios y un cap roig, excepcionales y a muy buen precio.

El resto del día tiene poco que contar. Baldear, limpiar bien el barco, algún paseo, y algún susto en las amarras con la rissaga procedente de Menorca. Es impresionante como baja y sube el nivel del mar en cuestión de minutos, y los cabos se tensan y destensan mientras el barco baila. Me vino a la cabeza el hermoso verso del poema de Caballero Bonald: “la gimiente tirantez del velamen en la bordada previa a aquel primer naufragio”. Como dejó escrito el maestro, cosas así de simples y soberbias.


Cenamos a bordo y el día 10 salimos temprano. Un día confinados en puerto nos había puesto nerviosos a todos los patrones, y los barcos enfilaban la bocana todos casi al mismo tiempo. El mar se portó bien, aunque a medida que llegábamos más al norte una ola de fondo procedente del temporal molestaba un poco.

Esta zona de la isla es preciosa. Grandes extensiones vírgenes, con acantilados bajitos en que crecen los pinos, mientras ya se adivinan las montañas de la península de Artá. Nos fondeamos en la cala de Sa Font, con aguas tranquilas y cristalinas, aunque un hotel cercano con animador nos dio un poco la tabarra. Yo me preguntó: ¿para esto vienen a la isla? ¿para quedarse en una pool party escuchando éxitos de los 90?


En fin, intenté hacer algo de pesca submarina, pero no hubo suerte. Vi algún sargo gordo y una lubina de buen porte, pero se mostraron desconfiados y no logré acercarme a distancia de tiro. En cambio sí que pude recolectar unas ortigas de mar u ortiguillas que les decimos en Andalucía. Es una anémona muy abundante en Baleares, que los mallorquines no suelen comer, por lo que la encuentras por todos lados. La dificultad suele estribar en sacarlas con el cuchillo a unos metros de profundidad, pero aquel día se dio bien la cosa. Junto con unos huevos de las gallinas que tenemos en casa, de los que nos trajimos una docena, y un poco de hinojo marino cogido de entre las rocas dio lugar a un revuelto cinco estrellas.


A las 5 de la tarde enfilamos dirección al port de Cala Ratjada. Quise ir temprano, pues el año pasado ya comprobé que el horario de la gasolinera no deja de ser “aproximado”, y quería asegurarme repostar combustible. Todo fue bien, y además, llamando por radio al puerto público, nos dieron un amarre para la noche. La otra opción era el privado, pero el muelle de tránsito deja los barcos más expuestos y además es más caro.


Llegando al destino vimos una imagen de las que cortan el cuerpo: un velero estrellado contra las rocas por el reciente temporal. Mi amigo Jaime Terrades me informa desde Puerto Sherry, donde ya les había llegado la noticia, de que son dos parejas de jubilados franceses, y que han resultado ilesos. Pero qué pena, el barco se veía nuevo, imagino que solo en electrónica ya llevará más de lo que vale nuestra Garrapatera.


La imagen hermosa del puerto, que es aún muy agradable pese al turismo desmedido en la localidad, fue ver que estábamos amarrados junto al llaut “Balear”, del año 1924, posiblemente el más antiguo que aún navega, restaurado por el Consell de Mallorca. Una auténtica joya para los enamorados de estas embarcaciones, y un bisabuelo, podríamos decir, del nuestro.


Además coincidimos con la llegada de los pesqueros locales. Desde hace unos años, los pescadores tienen permitido vender parte de su producción directamente al público en la lonja, lo que les permite aumentar sus ingresos, y a nosotros acceder a género fresco y de buena calidad a un precio muy razonable. Aunque había muy apetecibles cap roigs y molleras (brótolas), optamos por medio kilo de magnífica gamba roja mallorquina que nos comeremos a la plancha una vez lleguemos a nuestro destino.


La noche ha sido agradable, aunque Marga me asegura que algunos adolescentes ruidosos no la dejaban dormir. Yo ni me he enterado. A las 6 ya estaba despierto, con los nervios atenazándome. He mirado el parte más de veinte veces, y he abierto el motor para comprobar que funciona todo. Como la previsión no siempre puede ser perfecta, pero no es mala del todo, aquí estamos. Ya se divisa Menorca en el horizonte, suena en la radio un temazo del grupo sevillano Milkyway Express, que conocimos en el Puerto de Santa María: “People say to me I am wasting my time drinking whisky and beer, but its all right…”; voy terminando de escribir para disfrutar de la travesía y buscar algún delfín que se avenga a acompañarnos.


Garrapateros siempre.

Sigue el capítulo 3 aquí.

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