Garrapatera (cap. 7)

Cuaderno de bitácora: en barco por Mallorca y Menorca

Por José Mª Gentil Girón

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Hace tres años comenzamos a acariciar un proyecto que a algunos les pareció una locura: rodear la isla de Mallorca en la Garrapatera I, una embarcación Taylor 98 de 5,35 metros de eslora. Tres veranos se contaron con tres fracasos, y el más doloroso fue el último, cuando pensábamos que ya lo conseguiríamos y saliendo del Puerto de Pollensa para encarar la etapa más compleja, hasta el puerto de Soller, se rompió el motor. Fue prueba de que a los únicos que no les pareció una locura, nosotros, debió parecérselo.

Por eso este año me suponía una especial preocupación partir de nuevo a navegar la misma etapa que ya acabó con nuestra ilusión la última vez. Así, a las 6 de la mañana del día 22 de julio, no es de extrañar que ya estuviese despierto y con el llaut preparado.

La jornada anterior había tenido poca historia. Decidimos pasarla fondeados al pie de la Punta de la Avanzada, muy cerca del propio puerto, y resultó un lugar pintoresco, especialmente en domingo, cuando una multitud de pequeñas embarcaciones toman el lugar en ambiente festivo y familiar. Supongo que la prohibición del fondeo libre en la cercana Formentor ha empujado a todos estos navegantes locales a cambiar el lugar habitual de recreo a este remanso de agua calmada a los pies de una antigua fortaleza militar. Tuvimos que volver pronto al amarre para bajar a hacer algunas compras, entre ellas un libro para Marga, que ya se había acabado el que traía, y salir a cenar al restaurante Tierra de Fuegos, que no estuvo mal, pese a la mala impresión inicial que nos dio el que solo hubiera extranjeros sentados en sus mesas.

Así pues, el día 22 largamos amarras y pusimos proa al cabo de Formentor, extremo más septentrional de la isla y comienzo de una larga singladura de más de 40 millas hasta el siguiente puerto que constituye refugio, el de Soller. A pesar de la buena previsión, el viento del este nos hizo algo de daño al comienzo. Bajaba de las cumbres con una fuerza que yo no había previsto, y tras las malas experiencias con el estibado de parte del material, pasamos un par de momentos, por fortuna inocuos, de tensión. Con un poco de ingenio y un par de consejos de internet, había conseguido arreglar el piloto automático, y aunque falló un par de veces, lo cierto es que nos facilitó la mayor parte de la navegación del día.

A medida que uno avanza millas, el paisaje se vuelve increíble. La Sierra de Tramuntana se alza imponente junto al mar, y muere en acantilados altísimos a cuyos pies la Garrapatera II debía parecer un grano de mostaza. Esto se puede decir; hay que vivirlo. Al otro lado de la isla, el viento se calmó de pronto, y el barco navegó a buen ritmo mientras nosotros estábamos absortos en las vistas, sin cruzarnos apenas con nadie. Nuevamente, nuestra ilusión era encontrar delfines, y frente a Cala Castell pude divisar dos frente a nosotros, pero cuando avisé a Marga ya habían decidido no volver a la superficie y no logramos avistarlos de nuevo.

Antes de lo que había pensado estábamos en la cala de Sa Calobra, un lugar muy hermoso donde desemboca el Torrent de Pareis, y en el que se puede echar el ancla al pie de paredes verticales que asombran. Sin embargo se ha popularizado demasiado, y continuamente llegaban barcos de turistas, así que decidimos seguir hasta la cercana Cala Tuent. No obstante, aún nos desnudamos, para, sin siquiera apagar el motor, lanzarnos a nadar un rato en aquellas aguas de un azul muy profundo. Momento este de aquellos que retienes, al menos yo, para entender por qué vale la pena vivir y sobre todo, vivir así, como hemos decidido.

Cala Tuent es una maravilla. En un entrante de mar a las faldas del pico más alto de la isla, el Puig Major, las montañas pobladas de pinos que alcanzan casi el agua salada son de una belleza descarnada. La playa es muy tranquila (sorprendentemente no ha sido tomada por los turistas; debe ser que no aparece en las guías al uso), de cantos rodados, y tras ella hay una pequeña plantación de olivos centenarios, muy bien cuidada, entre los que pastan algunas ovejas enanas y un heterogéneo grupo de patos semisalvajes.

Marga fue la que me marcó, mientras buceábamos, la presencia de un magnífica serviola, a la que logré acercarme suficiente, pero el disparo no fue certero esta vez. Absoluto error por mi parte (luego con el tiempo te visitan en los sueños, y esto lo sabrán los cazadores, en la misma proporción, los éxitos y los errores). Aún nos quedaba la barracuda grande, que comimos frita en rodajas; se trata nuevamente de un pescado poco conocido que quizá se pueda encontrar hasta barato en las lonjas, pero que tiene una calidad altísima. La primera vez que maté una busqué información al respecto de cómo comerla y encontré que alguno la denominaba como “la merluza de los pobres”. No sé si no habré comido buena merluza en mi vida pero en mi opinión, compartida por mi mujer, es notablemente superior en sabor y textura.

La ausencia de viento térmico en esta zona de la isla hace los fondeos con tiempo estable una maravilla. Pudimos disfrutar de nadar y navegar en las tablas de pádel surf, y el sol se puso frente a nosotros mientras disfrutábamos de una cerveza en la proa. Entonces sí, pasó por delante de la cala una familia de delfines, más lejos de lo que nos hubiera gustado, pero suficientemente cerca para divisar sus lomos entrando y saliendo del agua una y otra vez. Alejados de todo vestigio urbano, la noche cayó con un manto de estrellas de los que ya pocas veces se pueden disfrutar, y al acostarnos le dije a Marga: “No quiero olvidar este momento nunca”. Así de libres y felices nos sentimos.

Por la mañana, en una encalmada absoluta, al despertarme contemplé de nuevo las montañas sobre las que poco a poco salieron los primeros rayos de sol y comprendí, con espectáculos así, que el hombre siempre se sintiera tan pequeño, y necesitase explicar el mundo a través del hecho religioso, y también yo sentí el deseo de rezar. Recordé una frase de mi tío, hoy en vías de ser beatificado por la Iglesia: “Y la gente se aburre…”

Por no repetir lugar, nos desplazamos apenas dos millas hasta la ensenada de Sa Costera, una bahía amplia y profunda, de nuevo un refugio muy poco consistente, pero muy tranquila con buena previsión meteorológica. En tales casos el mar allí parece una piscina, y en opinión de Marga, pudimos disfrutar de los baños más gustosos de todo el viaje. La ausencia de pesca en este tramo nos obligó a preparar un guacamole y abrir una lata de atún, que lo cierto es que tampoco desmereció.

Mi habitual exceso de prudencia me aconsejaba volver a repostar gasoil, si bien el aforador marcaba que no debíamos tener problema para completar el viaje, así que entramos en el puerto de Sóller antes de que cerrase la gasolinera, sobre las seis. Es otro hito  que nos hizo sentir tremendamente orgullosos; no pude menos que esbozar una sonrisa de satisfacción cuando el llaut atravesaba la línea imaginaria que une los dos faros, el del Cap Gros y el de la Muleta, y que tantas veces, como único refugio a lo largo de setenta millas de costa abrupta, habrán iluminado a los marineros a lo largo de décadas, e igualmente, que en tantas ocasiones habían poblado mis planes y mis sueños. Nunca antes habíamos llegado tan lejos.

La bahía resulta muy pintoresca, pero tiene el lógico problema de su alta ocupación por barcos debido a que existen pocos sitios más donde pasar la noche en un radio muy amplio. Resulta incluso complejo echar el ancla en un hueco en que no vayas a chocar con nadie si los vientos cambian, y el muelle al que se puede bajar con la lancha auxiliar apenas tiene sitio para amarrarse. Solucionamos no obstante estas dificultades y pudimos aprovisionarnos de algunas cosas que nos venían faltando, y posteriormente ducharnos a bordo y salir, ya arreglados, a dar un paseo por la localidad.

Todo lo agradable que resulta cuando venimos en invierno, lo cierto es que comienza a perderlo en verano en favor de servir a los turistas de forma rápida y con una calidad dudosa. Yo estaba antojado de tomarnos un buen gallo de San Pedro, pescado muy apreciado por aquí y que muy raramente se atrapa con el arpón (yo no lo he conseguido nunca) pero no vimos ninguno con la frescura que exigimos y finalmente, guiados por el buen tino de sentarnos donde estén sentados los locales, acabamos en Don Pedro, un restaurante especializado en hamburguesas gourmet que verdaderamente nos pareció extraordinario. Parece mentira que hace sólo cuatro años, ante la moda de las hamburguesas de calidad que ya se iba imponiendo por toda España, Marga y yo comentábamos que en Palma no teníamos ningún restaurante de esas características y hoy día ya los tenemos hasta en Sóller.

La noche ha sido plácida a bordo. Cuando me he levantado, he bajado a rellenar las garrafas de agua potable y comprar hielo para otro par de días sin entrar en puerto y luego, ya con el motor encendido, ha surgido otro problemilla. La toma de mechero del barco, de 12 voltios, donde cargamos los móviles, la tablet, el libro electrónico, la go pro, y en fin , hasta las linternas frontales para la noche, ha empezado a no funcionar e incluso ha roto tres cargadores seguidos. Parece mentira la cantidad de cachivaches que hoy día dependen de una toma de USB y de hasta qué punto condicionan nuestra vida. De urgencia he desmontado el cuadro eléctrico y cerrado los cables que van hasta ella, pero nos hemos quedado sin su uso. Por suerte, mi habitual exceso de prudencia ha hecho que tuviera aquí diversos cables y una batería de coche de 50 amperios, con los que hemos apañado un cargador para los días que quedan. La reparación a fondo la dejé para la semana que viene (aunque como veréis, mi exceso de celo me pudo).

Finalmente hemos podido salir a navegar hasta la muy conocida Sa Foradada, una roca símbolo de la isla con un gran agujero en su centro (un forat), donde hemos podido echar el ancla en aguas más profundas de lo que prefiero. Hay aquí un pintoresco restaurante en el que al llamar para reservar una paella, nos han dicho, desgraciadamente, que tienen todo lleno hasta la semana que viene. En momentos así, la verdad, uno se harta un poco del turismo.

Cómo el día parece gafado pero yo no lo había entendido, además me he puesto a arreglar la toma de 12 voltios, con el desastroso resultado de que tenemos roto el apaño que habíamos conseguido. Menos mal que aún nos queda una batería externa en la que debe quedar algo de electricidad para ir tirando hasta mañana. En fin, que dentro del cabreo muy gordo que llevo encima, el tiempo es bueno, la previsión de mar es óptima para acabar este asunto que nos traemos entre manos y copita en mano escucho unos versos de los siempre manidos Delinqüentes de Jerez: “Ya va llegando el final, pero ahora no lo ves, vuela por tus sueños estés donde estés, pero baja con cuidado, es la hora de volver… a tu cueva otra vez”.

Y ya esbozo una sonrisa. Garrapateros siempre.

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