Garrapatera (cap. 4)

Cuaderno de bitácora: en barco por Mallorca y Menorca

Por José Mª Gentil Girón

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El norte de la isla de Menorca tiene una joya: la bahía de Fornells. Se trata de una lengua de mar con una entrada muy estrecha que por su configuración queda protegida de todos los vientos, y además, salvo el pequeño pueblecito y su puerto, está rodeada de una costa completamente virgen. El agua no se ve de ese color azul turquesa que uno siempre busca en las Baleares, pero eso es porque prácticamente la totalidad del fondo está cubierto de posidonia y la transparencia es total.

Allí teníamos reservado un puesto de amarre en el puerto público y llegamos sobre las ocho de la tarde, casi al límite de la hora en que pierdes la reserva y puede entrar cualquier otro. No parecía que nadie nos la fuese a quitar, tanto por la ocupación, más bien baja, del lugar, como por la amabilidad nada estricta de los marineros. En la maniobra nos avisaron de que el muelle tiene algunas rocas submarinas que hacían peligroso atracar de popa, como solemos hacer, así que esta vez tuvimos que hacerlo de proa y salvar la altura desde el mascarón hasta el suelo con una escalerilla que nos prestaron. Las duchas están en reparación y han dejado unas provisionales en un módulo prefabricado que deja mucho que desear, pero por lo demás la atención fue exquisita.

En Fornells lo tradicional es probar la caldereta de langosta, y como nos había sido imposible encontrar mesa en el popular restaurante Es Cranc, por recomendación de los locales nos sentamos en Can Tanu. Buen servicio y estupendo producto, bien tratado.

Al día siguiente tuvimos visita de mi hermana, que está pasando dos meses trabajando en Mahón, y sus amigas. Navegamos con buena mar hasta doblar la Punta Pantinat y refugiarnos del viento en Cala en Tosqueta. Otro rincón de los que dejan boquiabierto. Debe ser muy difícil acercarse por tierra a este lugar, porque en la playa no había nadie, y sin embargo las embarcaciones podían echar el ancla pegadas a la costa ante la ausencia de boyas que delimitasen una zona de baño.

Pudimos disfrutar de remar con las tablas de padel surf y de hacer pesca submarina, ya fuera de la reserva del norte de Menorca, donde está prohibida. En la sesión de la mañana me dirigí con la zodiac a una zona de rocas donde había visto a varios pescadores cuando pasamos con la Garrapatera. Me eché al agua para llevarme una cierta decepción, pues se veía muy poca vida. Tuve la suerte de atrapar una grivia entre las algas y, ya que teníamos invitados, la comimos en sashimi antes de un arroz para todos.

Es habitual en las tardes en el barco dejarse llevar por la modorra pero aquel día yo no paré. La sesión vespertina de pesca submarina me dejó un momento precioso. Aleteaba desde superficie cuando vi dos serranos muy quietos uno al lado del otro. Este comportamiento, he aprendido, suele indicar que hay algún pulpo cerca; efectivamente allí estaba. Descargué el fusil para cogerlo con las manos y descendía hasta atraparlo. Cuando iniciaba la subida, repentinamente, se produjo una explosión de vida que sólo ves de cuando en cuando: un banco de serviolas o peces limón, atraído por mi ascenso y la tinta que iba arrojando el cefalópodo, me rodearon curiosas. Solté el pulpo, que se libró por esa vez, y regresó a su cueva, y monté el arpón para disparar a la que vi más grande entre las asequibles. Salió bien y apañamos la cena.

Finalmente aún viví otro episodio mágico. Como el fueraborda de la zodiac estaba dando algunos problemas, decidí salir a dar otra vuelta con ella y probarlo un poco, así que decidí acercarme a otra calita que había al lado, menos protegida pero igualmente muy calmada a esa hora. En ella está vez no había nadie, ningún paseante, ningún bañistas y ningún barco. Bajé a tierra en absoluta soledad, y  entre el sonido abrasador y redundante de las chicharros me pareció oír un balido. Al poco creí que se repetía y lo fui siguiendo y contestando para buscar situar a los emisores; finalmente, entre las rocas junto al mar y comiendo del matorral bajo, encontré unas hermosas cabras salvajes que paseaban tranquilas, no del todo ajenas a mi presencia. Sin duda en Menorca puedes hallar lugares extraordinarios.

A la vuelta a Fornells el viento y la ola se habían puesto muy desagradables. Lo cierto es que la previsión ya nos lo había anunciado. Llevábamos amarrada  llaut la zodiac con el motor puesto y las dos tablas de padel surf, y parece que fue una mala idea porque en un golpe de mar se rompieron los cabos de estas últimas y quedaron sueltas. Tuvimos que volver, entre las olas, a por ellas, y me lancé al agua a recuperarlas, mientras Marga se quedaba a los mandos. Típicos momentos de tensión que desgraciadamente transmitimos a las invitadas, que hicieron casi en silencio el resto de la singladura, aunque realmente no hubo peligro en ningún caso. Pudimos subirlas de nuevo a bordo, con alguna dificultad, y enfilar finalmente la bahía, donde el refugio era perfecto. Esa noche dormimos amarrados a una boya y visitamos antes la Isla Sargantana, casi un peñasco en medio de la balsa de agua, con alguna construcción que no conseguimos averiguar a quién pertenecía.

Al atardecer la bahía se sume en una tranquilidad absoluta, que me recuerda al maravilloso puerto de Cabrera. Cenamos lomos de serviola a la plancha, sashimi, tartar, y carpaccio del mismo pez. Delicioso, es una de las capturas que mayor satisfacción gastronómica me producen. Ya de noche nos pasó una cosa curiosa. Yo había dejado unos anzuelos colgando, para evitar que se enredasen en la maraña de algas del fondo, y usado de cebo el calamar que había escupido de la boca la bacoreta cuando la subimos y unos trozos de pez limón. De repente Marga se dio cuenta de que algo tiraba y empezamos a recoger. Al parecer un jurel se había enganchado a uno, pero lo impactante es que atacando al jurel se había clavado también una barracuda enorme que daba un coletazo detrás de otro. En la lucha con ella, cuando ya casi teníamos el salabre a punto para cogerla, rompió el aparejo y se fue en la noche. Se nos quedó esa sensación entre nervio y decepción de haber estado tan cerca de una captura extraordinaria.

Al día siguiente salimos temprano y navegamos unas 15 millas hasta la isla de Colom. Se trata de un islote frente a Menorca, que recientemente cambió de manos, pues es privado. Enfrente está la pequeña población de Es Grau. El lugar es muy hermoso, y la excursión hasta la isla en kayak parece muy popular. También es un fondeadero relativamente concurrido, pero sin perder ninguna tranquilidad, pues es amplio y seguro. Bajamos a la playa de la isla, bonita y muy curiosa, pues los excursionistas con canoas y algunos locales con pequeñas barcas accedían a la exclusividad de la misma, y acababa habiendo bastante gente, y Marga pudo recoger algunas conchas y restos de troncos suavizado por el mar para hacer un móvil cuando volvamos a casa (momento que parece tan lejano en el tiempo que casi parece imposible).

La pesca en los alrededores de la isla de Colom es muy interesante, con grandes praderas de posidonia a muy poca profundidad, entre la que te tienes que ir moviendo sigiloso para encontrar algunos depredadores que busquen a las boguitas y lisillas que allí se mueven. Aunque vi piezas incluso mejores, me fui satisfecho con cuatro grivias que comimos fritas. Es este un pez poco conocido por el público pero que he ido apreciando cada vez más. Si bien al principio los relegábamos a hacer caldo o pastel de “cabracho”, últimamente lo usamos incluso para ceviche con resultado muy satisfactorio.

Por la tarde llegamos al puerto de Mahón. La entrada es estresante por la alta densidad de tráfico. Aquí hay más de mil amarres en oferta y varias marinas que los gestionan, y todos atienden por al canal 9 de la radio. Continuamente pedía paso uno u otro navegante, y te van señalando donde debes amarrar. Desde que doblamos el faro de entrada hasta que tuvimos el barco en el muelle de Marina Menorca pasamos fácilmente una hora. Echamos unas risas con la patrona de una embarcación que entraba una y otra vez al canal para decir: “Marina Menorca, aquí La Sirena, corto”. Y claro, nadie le respondía.

Por una conjunción de factores, además de mi hermana, estaba aquí mi madre visitándola, así que salimos a cenar todos juntos a la vinoteca Mestre d’Aixa (un mestre de aixa es precisamente un constructor tradicional de llauts), lugar con servicio un poco alocado pero con platos estupendos, y muy bien cocinados. Recomendable una parpatana de atún digna de ese Cádiz de mi alma.

El tiempo desfavorable parece que nos va a dejar atrapados en Mahón unos días. Alquilaremos una moto para recorrer los alrededores, pues salir con la ola que se prevé no es recomendable. Ayer nos llegaba la noticia de que en Ciutadella se ha producido una rissaga de 174 centímetros, la peor del año. Se trata de una brusca oscilación del nivel del mar propia de ese puerto, de forma que el agua se retira de golpe y vuelve a entrar con fuerza. Por suerte aquí en Mahón estamos protegidos de ese fenómeno.

Esperando el momento de seguir garrapateando.

Sigue el capítulo 5 aquí.

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