La casa

Por J. Lump

Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mí es la soledad infinita

(Albert Camus)

Muchas generaciones la habitaron. Ni la guerra ni el fuego acabaron con ella. Lograba superar las catástrofes naturales y sólo una terrible tormenta, años atrás, logró dibujar un par de cicatrices en su rostro. Fue la pena la que hizo que se  consumiera, poniendo fin a más de un siglo de existencia. Durante ese tiempo había contemplado con asombro el comportamiento humano. Ningún estado de ánimo le pasó desapercibido y hasta creyó comprender el porqué de las acciones y reacciones de los hombres y mujeres que vivieron en su interior.

Se elevaba magnífica rodeada de dorados trigales que, con el tiempo, dejaron paso a los adoquines y al asfalto. Sin embargo, el gran espacio de grama que la rodeaba formaba un perímetro lo suficientemente amplio como para preservarla de la gris civilización. Uno de sus primeros inquilinos había levantado una valla de madera que luego fue de ladrillo y hierro forjado. La puerta que daba paso a la vivienda era sólida y segura. Era una casa acogedora, con suelos cubiertos de alfombras de colores ocres; mullidas y elegantes, proporcionaban la calidez que restaban sus altos techos.

El comedor era la habitación más solemne. Grandes hombres de Estado se habían reunido en torno a la mesa principal, testigo de conspiraciones para los más diversos fines: derrocar reyes, imponer gobiernos, levantar al pueblo para la revolución, asesinar obispos, emprender negocios millonarios y dejarlos hundirse después… Pero alrededor de esa mesa, vestida de gala, también se celebró la vida: banquetes de boda, fiestas nacionales, nacimientos y otras tantas ocasiones en las que reír y disfrutar.

Los dormitorios se repartían generosamente entre las dos plantas de la casa; habitaciones que fueron escenario de la cotidianeidad, en las que florecían las pasiones de las familias que allí durmieron, soñaron, rezaron, amaron, lloraron, dudaron… contagiando a la casa de esos sentimientos que ésta hizo propios y que dibujaron sus días hasta aquel invierno de 1943.

Los meses previos su entorno había sufrido cambios considerables y en el interior, como en una mala digestión, todo andaba revuelto, desordenado y sucio. Entendía bien lo que estaba sucediendo. No era la primera vez que vivía una guerra. Su ubicación, cerca del mar y a pocos kilómetros de la ciudad y de los centros de abastecimiento, la convertía en un lugar estratégico cuando el hombre recurría a brutales contiendas para solventar esas diferencias que ella nunca llegó a comprender.

Se inquietaba por momentos, pues las dimensiones de estas batallas comenzaron a resultarle desagradablemente novedosas. Una noche empezaron a desalojar la casa en tropel. Se quedó fría durante los siguientes días y en una de esas mañanas de invierno tan desapacibles fue cuando los vio acercarse. En lontananza, reconoció un primer grupo que encabezaba la marcha compuesto por hombres ensangrentados, quejándose lastimeramente y con las manos atadas a la espalda, provocando distorsiones imposibles en su cuerpo. Los que cerraban el grupo, escoltaban a los primeros con fusiles y pistolas, jaleándolos como al ganado y evidenciando su desprecio en cada grito. Los escupían e insultaban. A aquellos que, desfallecidos, caían al suelo nevado, aminorando el paso de la expedición, los levantaban a patadas. No había lugar para la misericordia. La expedición iba dejando tras de sí un reguero de sangre que contrastaba con el blanco de las últimos copos que cubrían el camino.

2369C5F2FEntraron buscando refugio. En ese momento, la casa se dio cuenta de que el pequeño grupo que destilaba tanto odio, que trataba a los prisioneros como seres sin alma, estaba formado por niños, zagales que apuraban la pubertad. Arremetían contra los soldados maniatados, empujándolos hacía el rincón cercano a las ventanas orientadas al norte.

Allí, de espaldas a sus imberbes captores recibieron el golpe certero que acabó con sus sesos moteando las paredes y el suelo. Los aspirantes a hombres, ufanos por el trabajo bien hecho, se abrazaban y reían ante los cuerpos sin vida de aquellos pobres malditos.

La casa no soportó la escena y la desolación la consumió de un sorbo. Las paredes y el techo crujieron, el suelo se resquebrajó y los cristales de las ventanas estallaron en pedazos. La convulsión fue tremenda. El miedo hizo a los niños volver a ser niños. Pero para entonces, un llanto de madera, acero y hormigón, sepultó a víctimas y verdugos.

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