La imagen del derecho en el cine (I): Los clásicos y algo de cine español

Por Clásico=Moderno

“Lo único que se necesita para hacer una película es una chica y una pistola” (J.L.Godard)

“…y la posibildad de que te cacen” (Clásico=Moderno).

El derecho crea o resuelve problemas, ayuda o asfixia a la persona. En ocasiones pasa inadvertido, otras lo inunda todo. Incluso para algunos es su profesión. Siempre presente, la cámara no puede sino registrarlo.

Desde una vertiente técnica, o concebido de un modo más amplio, como justicia, rige la vida de las personas y, por tanto, se le filma. El cine es la vida, ya lo dijo Godard, por lo que podría cerrarse el silogismo y afirmar que el cine es derecho. No obstante, es preciso poner el foco sobre aquellas películas que de un modo más directo abordan la cuestión. Las temáticas pueden ser muy variadas, los géneros muy diversos. Para una muestra, Pluto:

En El día del juicio de Pluto (Pluto’s Judgement Day, David Hand, 1935), el perro se queda dormido tras perseguir gatos y ser reprendido por su dueño. Sus crímenes van a ser juzgados y el resultado, como en toda pesadilla, es inevitable. Su condena está decidida por un jurado compuesto exclusivamente por mininos. Como apunta Zizek en el documental The Pervert´s Guide to Cinema (Sophie Fiennes, 2006), se trata de un juicio que bien pudiera haberse desarrollado en la época estalinista, con todas las notas de obscenidad en el modo de aplicar la ley que caracterizan a los juicios políticos, obscenidad que, a modo de farsa, se torna teatralidad: juez y abogados inmersos en una barata actuación, el condenado pidiendo no solo su codena, sino su condena a muerte. Memorable es la escena en la que el jurado se retira a deliberar:  bajan de su asiento y se dirigen hacia una puerta bajo el frontispicio jury room; la puerta es giratoria; no llegan a entrar en la habitación.

Cuando se piensa el binomio cine y derecho la mente se dirige casi de modo automático al  cine de tribunales. Se aborda un juicio con escenas montadas en paralelo o en flashbacks sobre el caso enjuiciado. El guion gira y avanza hacia la  resolución del caso, generalmente un asesinato, generalmente con jurado. La razón por la que el cine aborda con tanta frecuencia el asunto tiene que ver no solo con la eficacia e interés que despiertan, a modo de novela negra, las tramas, sino también con la posibilidad de lucimiento de los actores. La sala de justicia se convierte en un gran escenario en el que abogados, jueces, fiscales y acusados despliegan sus dotes interpretativas. Henry Fonda en 12 hombres sin piedad (12 Angry Men, Sidney Lumet, 1957); Dietrich, Charles Laughton, Tyrone Power en Testigo de cargo (Witness for the Prosecution, Billy Wilder, 1957); James Stewart, Lee Remick, Ben Gazzara en Anatomía de un asesinato (Anatomy of a Murder, Otto Preminger, 1959) disfrutan de papeles a su medida. Las dudas de un miembro del jurado hacen que la primera de ellas funcione a modo de estudio social de clases y de prejuicios. En Testigo de cargo, el giro final muestra la delgada línea que separa la culpabilidad de la inocencia. Por su parte, Preminger explica de modo extraordinario las estratagemas, argucias y legalismos que se usan en las vistas judiciales. El cine puede enseñar derecho. Unas líneas de guion ponen en boca de Jimmy Stewart los modos de defender un asesinato, y lo hace en la entrevista con su cliente, el acusado: «O no fue asesinato, o no lo hiciste, o estaba legalmente justificado, o era excusable». Durante casi tres minutos el espectador asiste a la planificación de la defensa, pero también a una lección jurídica.

La explicación a tal precisión técnica es sencilla. Robert Traver, autor de la novela en la que está basado el guion, renunció a su cargo como juez del estado de Míchigan –antes había sido fiscal de distrito y abogado– tras el enorme éxito de su libro. Dicho tono se mantiene a lo largo de toda la película, que adelanta por la derecha y por la izquierda al resto de clásicos del cine de tribunales. Mención aparte merece la banda sonora de Duke Ellington (huele a alcohol, sexo y delito) y los títulos de crédito de Saul Bass. Para el mejor Gazzara habrá que esperar a Cassavetes.

Poco que no esté ya escrito sobre Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockinbird, Robert Mulligan, 1962). La adaptación de la novela de Harper Lee tuvo un gran impacto en el mundo de la abogacía, convirtiendo a Atticus Finch en arquetipo de integridad. Se le ha llegado a considerar una persona real. Brando y Pacino son los mafiosos por excelencia: los Corleone. Jack Nicholson es el Jack Torrance de El resplandor (The Shining, Stanley Kubrick, 1980), el más famoso de los enajenados. No obstante, son Brando, Pacino y Nicholson. Atticus, sin embargo, devorando a Gregory Peck, sale del film para convertirse en un ejemplo para abogados y padres: ¿qué les diría Atticus a sus hijos ante tal o cuál problema? ¿Qué diría ante el tribunal, ante el jurado? La propia Harper Lee fue nombrada miembro de honor del Colegio de Abogados de Alabama por la creación de su personaje. En la película, Atticus, por medio de la defensa del hombre negro y de la lucha contra los prejuicios raciales consigue únicamente, y no es poco, lograr la admiración de sus propios hijos. La justica queda soslayada.

La eficacia dramática de los casos que se siguen ante el tribunal del jurado encuentra hoy inmejorable acomodo en las series de televisión. La ficción O.J. American Crime Story: The People v. O.J. Simpson (Ryan Murphy, 2016), y la serie documental O.J.: Made in America (Ezra Edelman, 2016) muestran el espectáculo en el que puede convertirse la justicia. La amenaza de un veredicto injusto es ahora real. Pese al lamentable Cuba Gooding Jr. en el papel de O.J., la serie funciona de modo eficaz. Si bien es superior el documental, ambas son capaces de dejar perplejo al espectador que no haya sido tan hábil para adivinar todas las variables que pueden influir en el resultado del caso, perplejidad que es mayor desde el punto de vista europeo. No en vano, los títulos de las dos series lo dejan claro. Van a funcionar como alegoría del pueblo americano.

Vuelta la mirada al cine español, vienen a la cabeza películas como El verdugo (José Luis García Berlanga, 1963), que funciona a modo de fresco de una época; o El cebo (Ladislao Vajda, 1958), nuestro particular Vampiro de Dusseldorf, alrededor de la caza de un asesino de niñas. Si la investigación policial es reflejada con acierto en ese rescate que Garci brinda a su amigo Alfredo Landa en las dos partes del El crack (1981 y 1983), la cuestión jurídica no suele ser abordada desde un punto de vista técnico. Cuando lo es, los resultados pueden ser catastróficos.

Previsible, falta de ritmo, sobreactuada, Lo mejor de Eva (Mariano Barroso, 2012) ofrece también un extenso catálogo de disparates jurídicos. El guionista aborda una historia en la que la protagonista es una jueza sin recurrir a ningún tipo de asesoramiento jurídico. Cuando cae en sus manos la investigación del asesinato de una bailarina, a Leonor Walting se le esfuma el resto del trabajo del juzgado. Ello podría quedar justificado para evitar la dispersión de la trama, pero es solo la primera de las perlas que va a dejarnos nuestra jueza: recibe declaración como testigo a la esposa del investigado –al que llama acusado– en presencia de este –sillas en paralelo– y al finalizar le comunica de vivita voz que le va a mandar a prisión provisional, provocando así un sublime «señoría, ¿le da igual lo que diga mi mujer?»; coacciona a otra testigo en un reconocimiento en rueda para que identifique al malo; se acuesta con el testigo principal del caso, pero antes le advierte de que el coito va a tener lugar en una sola ocasión. ¿Motivo? Al día siguiente se le va a tomar declaración, por lo que «entra a formar parte del caso». Mi escena preferida es aquella en la que un compañero le dice que no está acostumbrada a casos de esa naturaleza, que se lo pase a otro juez, a X, que está todo el día en Tele 5. Qué genio el guionista.

El particular universo almodovariano no atiende a normas, salvo a las suyas propias. Almodóvar, dirán sus defensores, bien vale una patada al Código Penal. Cuesta encontrar un mínimo de realismo en sus películas, por más que se las pueda calificar de costumbristas, y es esa ausencia de realismo la que permite contemplar con indulgencia a un juez que a cada paso que da comete un atentado contra el derecho. En Tacones lejanos (1991), Miguel Bosé es amante ocasional de Victoria Abril. Tras el asesinato del marido de esta, es él el juez instructor encargado del caso. Patada al juez ordinario predeterminado por ley. Patada dos: es el juez, no el forense, el que dirige el levantamiento y describe el cadáver en la escena del crimen. Tres: a Miriam Díaz Aroca, Victoria Abril y la inevitable Marisa Paredes se les toma declaración al mismo tiempo –ha de suponerse que como testigos y sospechosas–, sin abogados y sin nadie que transcriba lo que se dice. Cuarta: se recibe declaración a testigos en su propia casa. Quinta: se edulcora hasta el extremo la vida en una prisión de mujeres. Sexta: …

No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011) aborda un complejo guion en torno a los bajos fondos y el yihadismo, y muestra con mayor rigor el trabajo judicial. No obstante, la dirección de la investigación por parte del juzgado es en ocasiones excesiva, no estando colocadas todas las piezas con precisión, de nuevo en aras a alcanzar mayores cotas de dramatismo. La jueza realiza un trabajo de campo que corresponde a los agentes de policía, entrevistándose con confidentes y realizando multitud de actuaciones fuera del despacho. En todo caso, Urbizu sabe el material con el que cuenta y lo aborda con respeto y negrura.

Hay que acudir a los clásicos para encontrar un tratamiento fidedigno del mundo judicial. Cualquier escena de la magnífica y divertida serie de los años 1980 Turno de oficio (Antonio Mercero, 1986-1987) zambulle al espectador en el trabajo del abogado de oficio y en la vida de los juzgados de instrucción. En ambientación, relación entre colegas de profesión, modo de afrontar los casos y escenificación de los juicios, la serie es magistral. El viaje iniciático como abogado de Juan Echanove, apadrinado por Juan Luis Galiardo, es mostrado con inusual precisión y redime, aunque sea en el ámbito de las series de televisión, los errores que normalmente se producen al retratar con brocha gorda el mundo del derecho. La serie permite además disfrutar de una interminable lista de actores y actrices que iniciaban su andadura en el cine español al lado de otros más consagrados.

Serie completa en http://www.rtve.es/alacarta/videos/turno-de-oficio/turno-oficio-toga/2653781/

Continuará…

 

 

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