Al sur del Sur

Por José Mª Gentil Girón.

Nada más bajar del autobús en aquel pequeño pueblo de pescadores, sintió una punzada de soledad. El tiempo no era como lo había imaginado: no brillaba el sol, sino que una fina capa de nubes se había instalado en la atmósfera, dejando una tonalidad apagada en los objetos. Miró, a su alrededor, la vieja carretera, las chumberas en ambos márgenes, la humilde pensión al otro lado, el mar, que se divisaba detrás de unas dunas, un faro, a lo lejos, sobre las rocas. Pensó: “No es todo del mismo color, pero casi”. Supo, no obstante, que aquel era su destino.  La historia anterior de Horacio Vázquez ya no importaba. Él decía que no había importado nunca, pero sabía que no era cierto. Tuvo una infancia, una familia, unos estudios, una mujer. Ahora no tenía nada de eso y le restaba poco tiempo de vida. Se había dicho a sí mismo que no le quedaba ningún vínculo que lo atara al pasado. Esta afirmación, que siempre es imposible, lo había animado sin embargo a viajar a un territorio que recordaba mitificado: el sur. El sur del sur. ¿Por qué no pasar allí los últimos meses? 


En el hospedaje lo recibió la patrona, Luisa. Era una mujer entrada en años y de carnes generosas, con una sonrisa franca permanentemente en los labios. Le enseñó su habitación: modesta pero limpia. Como había pedido, existía un estante para los pocos libros que traía; desde la ventana se veía la bahía. Concluyó que era suficiente. 


Cuando deshizo el escaso equipaje, el silencio se le hizo insoportable y al poco la ausencia de una ocupación lo ahogaba; resolvió ir a pasear por la playa. La marea estaba baja y el mar calmado como un plato; una suavísima ola rompía contra una formación rocosa que había quedado al descubierto hasta la nueva pleamar, donde las garzas y charrancitos (Horacio ignoraba el nombre de estos pájaros) buscaban cangrejos y lombrices. El sol caía en el horizonte, tapado por una fina capa de nubes, pero era suficiente para dar un tono rojizo a todo cuanto se divisaba. Algunos extranjeros paseaban en dirección al faro para tomar fotografías. Anduvo durante una hora en sentido contrario y solo se detuvo al llegar a una zona de acantilados que le impedía el paso. Desde allí observó una barca que se acercaba lentamente a tierra. Podían ser pescadores, pero él quiso imaginarlos contrabandistas.


De entre la vegetación apareció con actitud indiferente un gato que se le acercó y se dejó acariciar. Estaba gordo, como suele ocurrir en los puertos. Los ojos azules parecían diabólicos sobre el pelaje blanco, pero a él no le impresionaron, y creyó que había establecido ya un vínculo con alguien en aquella tierra. Cuando emprendió el regreso, el animal caminó a su lado durante un rato y luego, se volvió a su guarida entre las dunas. Pensó: “Hasta él tiene una casa”. Después se dijo: “Yo también. Esta es ahora mi casa”.


Esa noche, a la hora de cenar, la patrona le presentó a los otros huéspedes. Una pareja de franceses, de unos sesenta años, disfrutaban de una jubilación anticipada. Llevaban allí quince días y no sabían cuándo se irían. Un joven madrileño se dedicaba a hacer surf cuando el mar lo permitía. Viajaba por Andalucía durante un año sabático antes de empezar a trabajar tras haber estudiado una carrera de la que decía no haber entendido casi nada.


Los hijos de la dueña servían las mesas. El chico, Manuel, era muy moreno, con la piel bronceada por los días al sol, y exhibía la misma sonrisa que la madre. La chica en cambio, ya casi una mujer, tenía la piel pálida y el pelo rubio, con unos ojos azules que tenían un punto melancólico; se llamaba Lucía. Horacio se dijo que si fuera más joven y no estuviera enfermo, la pretendería.


Por intentar trabar alguna conversación, preguntó si era época de atún, ya que en la carta se anunciaba como producto de temporada. Enseguida se arrepintió de una cuestión que probablemente lo identificaba tan claramente como un forastero, pero la respuesta le indicó que había estado cerca de acertar, lo que quizá lo situaba en una posición intermedia.


– Las primeras levantás comienzan en unas semanas. Pero esos los compran todos los japoneses, y los que no, van para Madrid. En unos dos meses ya tendremos para nosotros – le respondió Lucía. 
– ¿Y no los cogen barcas de pescadores? 
– Eso es mu complicao – terció Manuel. – Alguno cae, pero se venden mu caros fuera de los de almadraba. La gente dice que por aquí pasan a veces, pegaditos al faro. 


Cenó un guiso de pescado (se lo presentaron así, sin apellidos) y le pareció que cenaba otra cosa: algo que había comido cuando era más joven y que sabía a mar, a tierra húmeda, y también a ilusiones. Echó de menos esa sensación y entendió por qué había querido viajar hasta allí a buscarlas. El sueño posterior fue reparador. 


                                                * * *

El siguiente día había quedado un ligero levante en calma en la ensenada. Cuando bajó a la playa, el calor era asfixiante. Paseó en silencio durante una hora, y no se cruzó con nadie que hiciese lo mismo. Al llegar a la duna donde se había escondido el gato se quedó parado un rato, por si salía. No salió. 


Sudando, decidió pegarse un baño en el mar, y viendo que no había nadie, se desnudó completamente. El agua estaba fría, pero transparente y limpia, y nadó un rato largo, despreocupado de todo. Cuando salió, se secó al sol y apreció el salitre que se despegaba poco a poco de su piel, y sintió que Madrid, el asfalto, los coches, la consulta de un médico, un hospital, una demanda de divorcio, eran cosas que quedaban muy lejos, ajenas a sí mismo. 


Pensó: “Ahora mismo hay gente trabajando en sus despachos para ganar un dinero que les servirá para venir a pasar aquí diez días del verano. Yo en cambio voy a vivir aquí”. Lamentó no haberlo visto en otro tiempo. 


A la vuelta a la pensión, le pidió a Manuel una máscara de bucear, unas aletas y un fusil de pesca submarina. Recordaba haberla practicado algunas veces en cortas estancias en el Mediterráneo, cuando era un crío, y decidió que ahora también podía hacerlo. El chico se las prometió para el día siguiente y a él le reconfortó pensar que traería pescados para la patrona y para la joven Lucía, y que esta le sonreiría, aunque se sintiese un viejo (que no lo era), aunque fuese a morir (que de repente, ya no lo sentía). 


Leyó esa tarde a Borges, otra vez. Repitió el anónimo sevillano: “Oh, Muerte, ven callada, como sueles venir en la saeta”. Reflexionó sobre la intimidad de la tragedia que afrontaba; se admiró, creyó atisbar, de la valentía de afrontarla solo. Quizá solo quiso admirarse. La diferencia, en cualquier caso, era leve, aunque admitía que sustancial. Supo aún así que lo peor sería morir siendo un cobarde. 


A la mañana siguiente tenía los trastos. Las aletas y las gafas eran viejas, pero le servirían. El fusil tenía gomas nuevas, aunque el resto carecía de color definido; sin duda, había sido usado muchas veces. Dio por hecho que sería suficiente. 


Cuando bajó a la playa aún se mantenía el mar calmado de los días anteriores. No había nadie, ni barcas ni bañistas. Entró en el agua sintiendo que entraba en otro mundo y nadó casi una hora viendo peces en contadas ocasiones, incapaz de acercarse lo suficiente para dispararles. Cada inmersión le suponía una fatiga considerable, y su torpeza al moverse asustaba a la fauna en bastantes metros a la redonda. Cuando ya se disponía a salir, exhausto, le pareció que una piedra rodeada de algas se movía; apenas estaba a dos metros de profundidad. La observó con detenimiento, así como los alrededores. Se dijo que no era nada. Luego decidió bajar para verlo mejor, y cuando llegó se dio cuenta de que en lugar de una piedra era una centolla, ahora inmóvil, con vegetación por encima camuflándola. La agarró con la mano y subió con ella a superficie. Había pescado algo y se sintió, de algún modo, un héroe, un superviviente. 


                                        * * *

La patrona la cocinó y la sirvió de entrante para todos los huéspedes aquella noche. Horacio la había regalado con alegría. Se le añadió un poco de vino fino una vez cocida y abierta, y también, algo de huevo duro (esto era un truco, le dijeron, para cuando no traía mucha carne). Manuel le felicitó por su primera captura, y le animó a seguir con ello, a ver si encontraba algo con lo que usar el fusil, pues mariscar, le dijo entre risas, era muy fácil.


– Y a ver si le cogen a usted los civiles que la multa es de cuidado. 


Aquella noche, no podía ser de otra forma, la conversación giró alrededor de la pesca y el mar. Jean Luc, el francés, había practicado mucho de joven, desde una barquita. Decía que ya no valía la pena. 


– Todo se está acabando. No queda nada que coger. Hace veinte años en el mediterráneo sacábamos quince o veinte calamares en una mañana. Hoy la mayoría de días te vuelves sin nada. 
– Por el Estrecho todavía se mueve pescao – terció Manuel mientras recogía los platos.- Pero también cada vez menos. 
– Si no hay calamares, si no hay marisco, también va a acabando todo lo demás. El arrastre es el problema, ha arrasado con todo – insistía el francés. 
– Pero aún quedan atunes – dijo Horacio, como una idea romántica. 
– Cada vez menos también, pero es cierto que por aquí siguen pasando. 
– Y menos mal – dijo la patrona con amargura. – Porque si no, yo no sé qué iba a ser de nosotros; todos los chavales tendrían que estar desembarcando droga. Así no hay manera de tirar palante


Siguieron hablando hasta tarde, de embarcaciones y enseres de pesca, de nasas, líneas y anzuelos, de capturas improbables y a veces exageradas, y cuando se acostó aquella noche, Horacio Vázquez era feliz. Cerró los ojos pensando que se dormiría rápidamente pero se equivocó; aún le quedaron horas recordando esa imagen sencilla y de pronto tan importante para él: la centolla bajo el mar, sus movimientos torpes tratando de ocultarse, peces de colores cobijándose entre las rocas, los surcos en la arena que habrían dejado (quiso imaginar) los lenguados, el ligero desplazamiento de lado a lado de las algas con el fino oleaje, que tenía un punto irreal o fantasmagórico. Soñó con atunes, que se desplazaban en manada junto al faro. 


La mañana siguiente trajo dos cambios. De un lado, un persistente viento de poniente arrastró nubes oscuras y alguna llovizna; a medio día ya era fuerte, y se adivinaba que llegaría a serlo mucho más. Del otro, sin haber dado ninguna señal, volvió el dolor. 


Ya casi lo había olvidado. Era parte de una nebulosa que quedaba en el antes, como si el día que llegó allí hubiera cruzado una frontera invisible que le protegiera. Ingenuamente, había querido creer que ser valiente, abandonarlo todo, iba a ser suficiente para vencer esa parte terrible de la enfermedad. Pero el dolor, cuando llegaba, lo invadía todo, y la medicación no lograba calmarlo, ni aún a costa de dejarlo adormilado, como ausente. Como pudo, anunció a la patrona que comería y cenaría en la habitación durante algún tiempo. 


Aquella vez duró una semana. De esos siete días, no hay ninguna duda, Horacio Vázquez apenas logró retener dos o tres recuerdos. El resto se fundió, como otras veces, en una niebla de pesadillas constantes. La medicación, ya está dicho, lo sumía en un estado de duermevela, pero dormir plenamente no lo conseguía nunca durante aquellos episodios; el dolor lo invadía todo. En Madrid, al comienzo del proceso, le habían propuesto ingresarlo en una unidad específica para aquellos casos, pero él lo había rechazado, porque no quería ser un cobarde; cada hora de aquella semana pareció arrepentirse. 


El octavo día al fin se vio capaz de salir a dar un paseo. Al bajar a la playa tuvo que pasar por el comedor, donde servían el desayuno, y tuvo que aguantar las miradas curiosas, incluso indiscretas, de los demás ocupantes de la pensión. Él, que adivinaba las huellas que los otros veían en su rostro, sintió vergüenza y quiso evitarlas, aunque imaginó la de Lucía, quizá triste, quizá miedosa, y sintió compasión de sí mismo. Apenas intercambió un saludo. 


Deambuló por las dunas hasta el mediodía. Soplaba un poniente muy suave que había dejado de nuevo la bahía en una encalmada que llamaba al baño. Una canoa se deslizaba por el agua con una caña lanzada para pescar al curricán y algunas gaviotas la seguían, por si caía algo. Pensó: “quiero volver al mar”. 


Almorzó en silencio, antes que los demás huéspedes. La patrona le informó que el chico de Madrid se había marchado a Tarifa y los franceses habían decidido quedarse hasta el verano: las aguas tranquilas habían motivado las dos decisiones. Le sirvieron un guiso de papas con choco, asegurándole que el bicho era bien fresco, aunque lo habían encontrado en la playa picado por los pájaros. 


– Los atacan cuando suben de poner los huevos – le aseguró Manuel – pero yo le juro que este estaba casi vivo, y no es cuestión de tirarlo. Él asintió con una sonrisa de verdadera despreocupación por estas cosas. 


La tarde la pasó leyendo en la playa. Encontró un pasaje de los diarios de Bioy, referente a cómo tuvo noticia de la muerte de Borges, y en una fecha posterior, la anotación de que alguien grabó al argentino, poco antes de morir, cantando tangos. “En esa grabación Borges ríe con la risa de siempre”. La entrada era de 1989. Horacio paladeó esas palabras y cerró el libro, para no contaminarlas. Se dijo que reír con la risa de siempre, antes de morir, es una forma de estar vivo hasta el final. Se reafirmó en que aquello era lo que había venido a buscar.


                                        * * *


Los días siguientes, con ligeros matices, fueron muy parecidos. Por la mañana, a primera hora, se echaba al agua con el arpón. Cogió algunas piezas que él estimó notables, y por las que Manuel siempre le animaba. Las regalaba a la patrona, y a la noche ella las servía en la cena, normalmente con mucha patata que disimulara que los tamaños no daban para comer todos. Por las tardes paseaba hasta Trafalgar y allí leía tres o cuatro horas, y a ratos solamente pensaba, casi nunca en el pasado. La puesta de sol, habitualmente en soledad, en ocasiones acompañado de algún turista, ponía fin a este divertimento. Por la noche, junto al fuego, charlaba con la pareja de franceses y todos hacían la ficción de que la semana infame, los siete días del dolor, no habían existido. Él se daba cuenta de que a su espalda pensaban otra cosa. 


El último de esta serie de días casi gemelos se produjo una novedad. Al llegar al cabo, había un chico joven, al que no había visto antes, oteando el horizonte con unos prismáticos. Vestía con ropas marineras, y se recogía la media melena castaña con una gorra azul; la piel bronceada lo delataba como local. Incansable, recorría la línea del mar desde el faro de Conil hasta el de Camarinal una y otra vez, buscando algo que no parecía encontrar. Horacio se sentó en el sitio de siempre, con su libro entre las manos, pero aquella tarde era incapaz de concentrarse; no pudo apartar sus ojos de aquel chaval, atento a su labor. Al fin venció la timidez y le preguntó por lo que hacía. El otro le dijo que observaba la llegada de las orcas: delante debían ir los atunes: “Ya están entrando. Mañana será un buen día para salir a cogerlos con la barca”. Horacio permaneció aún un rato buscando las aletas negras de los cetáceos. No las vio, pero quiso imaginarlas. 


Cuando volvió a la pensión, algo había cambiado a su alrededor, o eso le pareció. El ambiente de pronto le resultaba opresivo. El cielo tenía un extraño color anaranjado, como si no anocheciera del todo, y el aire un ligero olor a azufre. Los demás también lo habían notado y Manuel quedó a la puerta, intranquilo, observando las nubes. Por las calles vacías, ni los perros paseaban. 


Jean Luc pidió a la patrona que encendiera el televisor para saber qué estaba pasando, pero la señal no funcionaba. Lo intentaron con la radio, con similar resultado. Al fin, lograron sintonizar una emisora; el locutor, con acento del norte, pasaba música ligera sin ninguna referencia al tema. Luego también se perdió. 


La patrona sirvió verduras y Lucía recogió las mesas. Al final, miró fijamente a Horacio, y pareció que tenía miedo, y que buscaba seguridad en sus ojos. Él se dijo que nunca olvidaría esa mirada. Luego asumió que la frase era una convención, pero sí conjuró que no quería olvidarla. 


En la cama, el silencio de fuera le pareció excesivo. Durmió poco, soñó apenas con el fin del mundo. Clareando el día, sintió un pinchazo en el costado y supo que el dolor se aproximaba de nuevo.


Quizá ahora sea el momento de explicar por qué estoy contando esta historia. La vida de Horacio Vázquez pudo haberse descrito como rutinaria o aburrida; ya está dicho que vivió más o menos como el mundo tenía previsto para él. El final en cambio, fue excepcional. 


Se levantó temprano y desayunó unas tostadas con tomate de huerta. El mundo parecía haberse normalizado, aunque quizá no del todo. El color naranja del firmamento era solo un recuerdo, y el aire de nuevo olía a algas y a salitre. Buscó la mirada de Lucía antes de bajar a la playa, y le avergonzó sentirse como un adolescente cuando no la encontró. 


Aquel día caminó más de lo habitual cargando con las aletas y el fusil. No buscaba ya los peces de la ensenada, sino algo que había más allá, y que lo obsesionaba. Desde el faro se echó a bucear, ignorando los carteles que prohibían el baño. El mar estaba calmado y nada le hubiera costado nadar de vuelta. No tardó mucho en estar sobre una zona profunda, donde apenas veía las rocas del fondo desde la superficie. Calculó unos treinta o cuarenta metros, muchos más de los que él podía bajar a pulmón libre. 


El silencio era absoluto cuando tenía la cabeza bajo el agua, respirando por el tubo. Intuía movimiento en el fondo, peces pequeños escapaban de depredadores a un lado y a otro entre las lajas. La corriente lo desplazaba muy lentamente, pero esa mañana no representaba ningún peligro. 


Pasó quizá una hora. El frío empezó a llegarle, primero a las manos y las rodillas, luego al pecho. Pensó que tal vez no aguantaría mucho más. 


Entonces los vio. Una sombra en el fondo, oscura, alargada e inmensa precedía a otra similar, y luego a otra más. Eran, lo sabía, los atunes. Levantó el rostro del agua un momento aún para volver a mirar al faro y a tierra firme: la playa, el cabo, la arena, la luz, el sur, que tal vez le había salvado. Luego, con un golpe de riñón se sumergió y comenzó a aletear. 


El tiempo, que siempre es escaso, pareció dilatarse, y las sensaciones le invadieron muy poco a poco. Fue compensando el aire de sus oídos y bajando metros, hasta que supo que pasaba una frontera invisible, la de la profundidad excesiva para poder volver. No le preocupó.  A lo lejos, una bestia se giró y comenzó lentamente a nadar hacia él. Vio los ojos negros, las aletas puntiagudas y el movimiento nervioso. Vio la distancia de tiro para el fusil. Vio, quizá difusamente, la consulta del médico y el hospital del dolor. Supo que llegar de nuevo a la superficie era imposible. 


En el momento de apretar el gatillo, Horacio Vázquez reía con la risa de siempre. 

FIN



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