El Fary, el hombre blandengue y el origen de la civilización

Por Aniceto González.

Si los chavales camelan pegarle un poquito a la lejía, o camelan pegarle un poquito a la mandanga, pues déjalos (El Fary).

Hace varios años, en una entrevista televisiva clásica, el cantante de copla, macho alfa compacto y antropólogo amateur conocido como El Fary abrió su corazón a los españoles y lanzó una teoría de alcance insospechado. Él siempre había “detestado al hombre blandengue”. En su opinión, esa aversión suya era compartida por “la mujer”, que “es granujilla” y se aprovechaba mucho de este tipo de hombres. El artista remachaba su reflexión sobre los roles sexuales afirmando que “el hombre nunca debe de blandear, porque entre otras cosas la mujer necesita ese pedazo de tío ahí”. Al final de su intervención, José Luis Cantero dejaba caer un par de indicios para detectar si un macho se ha dejado vencer por la flojera: la bolsa de la compra y el carrito del niño.

Por absurdo que parezca, aquel análisis del cantante dejaba entrever el complicado entramado de intereses tejido entre machos y hembras a lo largo de nuestra historia evolutiva. Empujados por unos genes egoístas que no entienden de familia, amor y otras mandangas, los ancestros de hombres y mujeres no solo tuvieron que competir juntos, como especie, para superar el continuo examen de idoneidad que es la vida.

También se dedicaron a conspirar contra el otro, en una negociación muchas veces secreta en la que abundan las mentiras y la violencia. Lo que no sospechaba El Fary es lo que las sociedades modernas y él mismo le deben al denostado hombre blandengue. En un entorno en el que la fuerza bruta fuese más determinante en el estatus social, como sucede en muchas de las formadas por nuestros parientes primates, es improbable que un tipo de su tamaño hubiese logrado ser un espalda plateada chiquitito con acceso preferente a hembras como Ava Gardner. Aunque él ya no lo sabrá nunca, es posible que la aparición de hombres capaces de llevar alimentos a la hembra (la bolsa de la compra) y ayudarla con la crianza del bebé (el carrito del niño) pusiese las bases para la aparición de sociedades complejas en las que un macho de metro y medio pueda, con cierta razón, creerse el rey del mambo.

Es posible que el germen de organizaciones sociales tan peculiares como las que hoy formamos los humanos tenga su origen en un dilema al que se han enfrentado las hembras desde hace millones de años. Ellas son las que pagan casi todo el coste de la reproducción y, en definitiva, de la supervivencia de la especie. El macho puede depositar su espermatozoide, en un acto que además es placentero, y largarse a buscar algo que echarse a la boca mientras vuelve a tener ganas de fornicio, pero para ellas no es tan sencillo. Poco a poco, un ser vivo comenzará a crecer en su interior, reclamando parte del alimento que ella consuma y dificultando sus movimientos para buscar comida o alejarse de sus depredadores. Después, tendrá que parir, uno de los momentos más peligrosos a los que se puede enfrentar una mujer a lo largo de su vida (incluso hoy, en un país avanzado como EEUU, dar a luz es la sexta causa de muerte entre las mujeres de hasta 34 años) y si sobrevive, aún le quedarán tres o cuatro años en los que seguir dando el pecho al niño para alimentarlo, según las estimaciones realizadas por investigadores como José María Bermúdez de Castro en Atapuerca. Ese largo periodo de lactancia, pese a la carga, tendrá alguna pequeña ventaja. La prolactina, la hormona que hace que las mujeres segreguen su leche, impide la ovulación y era el anticonceptivo natural que impedía que los grupos del Paleolítico, que no conocían el preservativo ni la píldora, se desmadrasen. Esta barrera a la fecundación, como veremos después, pudo tener también un insospechado efecto civilizador que llegaría por un camino inesperado.

Como en casi todos los ámbitos, el que paga, manda, y a cambio de todo su esfuerzo, las hembras habrían adquirido la posibilidad de elegir a los machos con los que se apareaban. Y aquí surge el dilema. Por un lado, podía escoger a los machos alfa tradicionales, individuos de mayor tamaño, con músculos más poderosos y grandes dientes con los que hacer frente a las amenazas de la vida y a otros machos en la lucha por las hembras. Todos estos signos externos le indicaban a la hembra que el individuo que tenía delante había sido dotado con buenos genes y que si se apareaba con él, se los transmitiría a su hijo. Y las madres siempre quieren lo mejor para sus pequeños.

Sin embargo, ellas también sabían que la calidad genética, con frecuencia, tenía un precio. Esos machos atractivos y dominantes, con mayores niveles de testosterona, no solían resultar buenos padres. Trabajos científicos como los de Thomas Pollet, de la Universidad de Groningen (Holanda), han mostrado que los mencionados indicadores de calidad genética también pueden ayudar a predecir el tiempo que le van a dedicar los padres a sus hijos. Los hombres con niveles elevados de testosterona tienen mayores tasas de infidelidad, un riesgo superior de divorcio y se muestran más indiferentes a las lágrimas de los bebés.

Por todos estos motivos, meses después de conocer al macho cautivador que la había dejado embarazada, la mujer se veía con el niño a cuestas y nadie cerca para hacer el peso más llevadero. En esos momentos, empezaban a parecer más atractivos esos hombres menos espectaculares, quizá con colmillos más pequeños y no tan musculosos, pero más inclinados a echar una mano en el cuidado del pequeño. De repente, el hombre blandengue se convertía en todo un caballero cariñoso y responsable, capaz de hacerse cargo de los suyos.

Ese conflicto ha quedado reflejado en el acervo genético de las hembras en lo que parece una solución de compromiso. En una revisión de artículos clásica de 1996, la investigadora de la Universidad Estatal de California Pamela Regan mostró que en los días que preceden inmediatamente a la ovulación, en torno al día 14 del ciclomenstrual, cuando el riesgo de embarazo es mayor, las mujeres se sienten, en general, más atraídas por los hombres. Otros estudios posteriores han descubierto que en esos días también se intensifica el gusto por rostros y cuerpos más masculinos en el sentido tradicional o por el aroma de hombres simétricos. Esto lleva a que, como descubrió Steven Gangestad, de la Universidad de Nuevo México, las mujeres que tienen parejas que se alejan de estos patrones se sientan atraídas por otros hombres cuando son más fértiles.

Los impulsos descritos están detrás de un comportamiento que los humanos compartimos con muchas aves. Entre ellas, como en las sociedades actuales de Homo sapiens, la monogamia social es mayoritaria y durante mucho tiempo se tomó a algunos pájaros como ejemplo del ideal de fidelidad soportada sin esfuerzo al que aspiran muchos humanos. A mediados del siglo XIX, F.O. Morris, un sacerdote y naturalista británico especializado en las aves, utilizó al acentor común, un pájaro que se encuentra por toda Europa, como ejemplo de vida para sus parroquianos. El acentor, humilde, hogareño y respetuoso con su pareja, era un ejemplo a seguir. Más de un siglo después, Nick Davies, investigador de la Universidad de Cambridge, observó un comportamiento que, probablemente, hubiese decepcionado al reverendo Morris. El naturalista observó cómo un par de acentores que habían estado compartiendo una comida, se dirigieron con calma hacia un arbusto. Allí, mientras el macho se dirigía en una dirección, la hembra desapareció de su vista y voló hacia un montón de broza cercano donde copuló con otro macho que se hallaba oculto entre la maleza. Después, regresó con su legítimo pájaro y siguió comportándose como si volviese de darse un paseo para hacer mejor la digestión.

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La atracción que sienten las mujeres por hombres más masculinos durante sus días más fértiles sería parte de un intento de los genes de buscar el resultado óptimo entre dos soluciones aparentemente opuestas: quedarse embarazada de un hombre con buenos genes para que después cuide al niño un buen padre. La evolución muestra el resultado de esta difícil elección. El animal más cercano a nosotros, el chimpancé, tiene la fuerza de cuatro hombres y unos colmillos descomunales. Los humanos y sus ancestros más cercanos, sin embargo, muestran unos incisivos cada vez más pequeños. ¿Cómo habría permitido la siempre despiadada selección natural que los machos que perdieron esas armas decisivas para dirimir conflictos prosperasen?

En 2009, en un artículo publicado en Science sobre el hallazgo de Ardi (Ardipithecus ramidus), un ancestro nuestro que vivió hace 4,4 millones de años, C. Owen Lovejoy, de la Universidad del Universidad Estatal de Kent (EEUU), proponía una hipótesis que puede explicar el triunfo del hombre blandengue. Frente a la estrategia de optar por el individuo dominante, que estaría dispuesto a conseguir hembras sin parar mostrando su valor a palos, las hembras se percataron de que uno con caninos pequeños vería mejor la posibilidad de quedarse con ellas de forma exclusiva. Él proporcionaría comida a cambio de sexo y la hembra se vería expuesta a menos riesgos y podría cuidar mejor del bebé. Como recordaba el Fary, la mujer, que es granujilla, se aprovecha del hombre blandengue, pero al final, como demostraría la reducción en el tamaño de los colmillos, los dos saldrían ganando y su forma de ser acabaría perviviendo, pese a las apariencias, por ser la más poderosa. Con el padre ayudando en la crianza, las posibilidades de que los genes de ambos se transmitiesen eran muy superiores a las del macho con caninos mayores, estrategia violenta y despreocupación por sus hijos, incluso aunque éste lograse fecundar a más hembras.

Este cambio de estrategia para conseguir que las crías tuviesen el mejor futuro posible puede estar en el origen del proceso más revolucionario de toda la historia animal. La aparición de esos machos que compartían el cuidado de las crías con las hembras habría hecho posible el desarrollo de seres humanos con un cerebro enorme y muy costoso energéticamente. Contar con un padre que puede conseguir carne mientras la madre se quedaba al cuidado del niño permitiría alimentar esa máquina prodigiosa, en particular durante el destete, cuando se produce un rápido crecimiento del cerebro, que acabaría por cambiar el mundo.

Es posible, no obstante, que el proceso sea algo distinto de esta historia idílica en la que las hembras, como si fuesen personajes surgidos de una comedia romántica, acaban por darse cuenta de que quien les conviene es el hombre fiel y bondadoso, y no el macho de mandíbula cuadrada que las vuelve locas durante unos días, pero acaba dejándolas tiradas por la primera primate con curvas que se cruza en la sabana. Dos estudios aparecidos en julio de 2013 en las revistas Science y PNAS daban explicaciones alternativas para el origen de la precaria monogamia en que ahora viven los humanos.

El primero, elaborado por investigadores de la Universidad de Cambridge, lo justificaba como el fruto de una estrategia de marcaje individual. En grupos animales dispersos, la única manera de asegurarse una hembra con la que tener descendencia y evitar que la presencia de otros machos ponga en duda que las crías que engendra son suyas es pegarse a ella y defenderla día y noche. El ideal romántico de la pareja inseparable tendría así su origen en una desconfianza inveterada en la fidelidad femenina.

El segundo trabajo, publicado en P NAS, ofrecía una explicación aún más cruda. Los machos dejaron de ir de flor en flor para quedarse siempre junto a la misma hembra por miedo a que matasen a sus hijos. Este temor se justificaba en que, como explicaba Bermúdez de Castro, mientras duran la gestación y la lactancia, las hembras no entran en celo y no son receptivas a otros machos. Una solución radical para los machos que quieran hacer accesibles a esas hembras es matar a las crías. El equipo de investigadores, liderado por Christopher Opie, del Departamento de Antropología del Colegio Universitario de Londres, considera que la colaboración en las labores del hogar fue un efecto secundario de esta estrategia surgida del miedo. Una vez que empezaron a quedarse junto a las hembras para evitar el infanticidio, ya que estaban, empezaron a ayudar en la crianza de los pequeños.

La aparición de la monogamia, sea a partir de la selección por parte de las hembras de machos más fieles o del miedo de ellos a que les robasen a la mujer o les matasen al niño, cambió de forma radical el futuro de la humanidad. La presencia continua de la misma hembra es uno de los aspectos que pudo permitir el auge del hombre blandengue o casi, para seguir utilizando la terminología de El Fary, que todos los machos de aquellas especies de ancestros humanos comenzasen a blandear. Las mujeres de los antepasados de los humanos habrían estado de acuerdo con el cantante en que necesitaban “a ese pedazo de tío ahí”, pero es posible que el arquetipo de hombre que resultaba más apropiado para ellas no tenía que ver con lo que él tenía en mente. Cantero, quizá sin ser consciente de ello, adoptó con frecuencia la misma estrategia de muchos machos alfa antes que él: maximizar el número de cópulas aún a costa de fallar en la crianza. Tuvo hijos con al menos tres mujeres distintas y solo se casó con una de ellas, cuando ya tenía 65 años. Adela, hija de una de estas relaciones, se solía lamentar de que su padre no hubiese tenido relación ni con ella ni con su hermano.

Pese a que siguió habiendo muchos individuos que durante millones de años se resistieron, la tendencia parecía clara y algunos investigadores han proporcionado información sobre los cambios en lo que significaba ser un buen macho para las especies de primate que precedieron a la humanidad.

Algunos estudios han mostrado que la relación de longitudes entre los dedos índice y anular permite conocer los niveles de testosterona a los que se ha visto expuesto un niño en el útero de su madre: a menos diferencia entre los dedos, más testosterona. Un equipo de científicos dirigido por Emma Nelson, de la Universidad de Liverpool, cruzó esta información con los tipos de sociedad y la competencia de los machos por las hembras que se observa entre los haplorrinos, un amplio grupo de primates entre los que nos encontramos los humanos. Al hacerlo, descubrieron que los grupos en los que los animales no se emparejan y los machos están compitiendo continuamente por las hembras, la diferencia entre corazón y anular es menor y, por consiguiente, los niveles de testosterona se mantienen elevados.

Con esta información, el grupo de Nelson trató de reconstruir el tipo de organización social de algunos homínidos extintos. Este trabajo mostró que dos especies encontradas en Cataluña, Pierolapithecus catalaunicus, de 13 millones de años, e Hispanopithecus laietanus, de 9,5, tenían rasgos de especies polígamas. En África, en la actual Etiopía, Ardi, con 4,4 millones de años, seguiría sin aceptar lo de la pareja para toda la vida, pero sería uno de los últimos ancestros humanos en hacerlo de una forma clara. La longitud de los dedos de los Australopithecus afarensis, una especie que saltó a la fama gracias a los restos de un fósil de 3,2 millones de años, también etíope, bautizado como Lucy, indican, según estos investigadores, que la monogamia formaba parte de aquella sociedad.

Es posible que a partir de ese momento se produjese un cambio de tendencia. Algunas especies más recientes de homínidos como los neandertales mostraban una diferencia menor entre dedos, recordando que el grado de adhesión al modelo monógamo también pudo variar con el tiempo y las circunstancias. Sin embargo, parece que algo duradero sucedió hace algo más de tres millones de años y formó parte del inicio de una serie de transformaciones culturales y biológicas esenciales en la evolución humana.

Al no tener que competir continuamente por la atención de las hembras, los niveles de testosterona y de agresividad general se habrían visto reducidos. Esta tendencia se ha observado en las diferentes cantidades de esta hormona presente en personas solteras y casadas de todo el mundo. Estudios como el del profesor de la Universidad de Nevada en Las Vegas, Peter Gray, han comprobado que los hombres solteros están más cargados de testosterona que los que viven en pareja. La limitación de la hormona habría sido beneficiosa para crear una relación a largo plazo e incrementar las posibilidades de que el macho permaneciese junto a la hembra en lugar de continuar en la lucha perpetua por conquistar a otras.

A su vez, la limitación del impulso por salir de cacería sexual favorecería a los bebés que surgiesen de la relación con la pareja. Como se ha comentado, las crías de homínidos no eran capaces de salir chospando pocas horas después de nacer como hacen otros animales y la ayuda del macho en el cuidado del pequeño mejoraba sus posibilidades de supervivencia. En la actualidad, esto sigue siendo así. En las sociedades occidentales, una mayor implicación del padre en el cuidado de sus hijos está relacionada con una menor mortalidad y una mejor salud de los pequeños.

Además, la atención paterna ayuda a que tengan mejores resultados en la escuela y favorece su situación social y psicológica. El Fary puede detestar al hombre blandengue, pero la selección natural, un árbitro aún más despiadado que el coplista, parece conspirar para dirigir la evolución de los machos en esa dirección. Estudios recientes han mostrado que, además de la vida en pareja, la paternidad reduce los niveles de testosterona e incluso el tamaño de los testículos. Esto facilita la implicación en el cuidado de los niños, entre otras cosas porque esas transformaciones incrementan los niveles de empatía que los machos sienten por los bebés. Visto a posteriori, la jugada de los genes de aquellos ancestros humanos de hace millones de años, fruto en realidad de la casualidad, parece el resultado de una estrategia genial. La competencia brutal entre todos aquellos machos desaforados, aunque pudiese parecer positiva para fortalecer a la especie y mejorar sus posibilidades en un entorno que no toleraba la flaqueza, era negativa. La calidad de los genes transmitida por los machos alfa se desperdiciaba en crías que no desarrollaban su potencial sin el apoyo paterno adecuado. Azuzados por el miedo a los métodos criminales que podía despertar la competencia por perpetuarse, los machos debieron permanecer junto a las hembras y sus crías. Una vez junto a ellas, se vieron atrapados por un doble mecanismo hormonal, desencadenado por sus mujeres y por sus hijos, que los hacía cada vez menos competitivos y más débiles, pero más útiles para la supervivencia de sus genes que, en último término, son los que realmente estaban al mando.

Caer en esa trampa no les sale gratis a los hombres. La testosterona es una especie de elixir de la juventud relacionado con la musculatura, la producción de glóbulos rojos o el apetito sexual. Además, la reducción de niveles de la hormona, que descienden de forma natural con la edad, se tenga pareja e hijos o no, está relacionada con problemas como el insomnio, la pérdida de memoria e incluso la depresión. Y sin embargo parece que valió la pena.

Además de beneficiar el cuidado de los pequeños, el descenso en los niveles de agresividad en las sociedades de homínidos facilitaría la cooperación entre sus componentes. Entre los grandes simios, la tendencia a buscar soluciones violentas y emplear sus grandes colmillos para resolver disputas mella su capacidad para comunicarse y cooperar. Los ancestros humanos más próximos ya no cuentan con esas herramientas, que dificultan la negociación pacífica, y tienen más posibilidades de arreglar sus conflictos de una manera más civilizada.

Paso a paso, a través de un de selección híbrido, de mentiras, de violencia y de terapias hormonales no elegidas, la humanidad, esa especie tan peculiar capaz de lanzar bombas atómicas y transformar el clima del planeta o multiplicar su propia esperanza de vida y preocuparse por especies que no son la suya, se fue abriendo paso. El enorme cerebro de los bebés siguió requiriendo una atención cuidadosa e incluso transformó la forma de dar a luz de las mujeres y, a su vez, siguió transformando las sociedades humanas. Como ha explicado el paleonantropólogo Juan Luis Arsuaga, la postura bípeda de aquellos monos que andaban erguidos redujo el diámetro del canal por el que debían salir los niños. Al mismo tiempo, la evolución del cerebro incrementó el tamaño de la cabeza, creando un dilema importante y unos partos que, a diferencia de otras especies, son muy dolorosos. Pese a todo ese sufrimiento, el crecimiento del cerebro del bebé en el vientre de la madre no puede ser eterno porque, por mucho que se dilate, el orificio de salida tiene límites. Este es uno de los motivos por los que los niños nacen especialmente desvalidos. Aunque no lo parezca, después de nacer, continúan, de algún modo, en gestación.

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Este peculiar producto de la evolución, que producía crías que no eran autónomas durante años, fue posible, en parte, porque la especie había ido evolucionando para hacer viable esa forma de reproducción. Pero al mismo tiempo, a través de los cambios hormonales y sociales, estos bebés reforzaron la transformación que los había hecho posibles. Las sociedades humanas estaban mucho mejor preparadas para la cooperación que las formadas por sus ancestros y la necesidad de cuidar a aquellas crías fue un incentivo para reforzar la cooperación entre las parejas o las familias que se convertiría en el germen de algo mayor.

Millones de años de evolución habían favorecido a un tipo de macho inesperado. Si los parientes de Ardi hubiesen tenido gurús hace cuatro millones y medio de años, probablemente hubiesen estado de acuerdo con el Fary. El hombre blandengue era algo detestable, las mujeres tampoco lo aceptarían y acabaría por sucumbir ante los pedazo de tíos que no dudaban en soltar un estacazo cuando alguien contrariaba sus deseos. Pero no fue así. Además, decenas de miles de años después de salir de África, la nueva especie, encabezada por aquellos hombres aparentemente seleccionados por su menor brutalidad, iba a protagonizar un experimento descomunal con resultados difíciles de juzgar.

Hace unos 12.000 años, la región de oriente medio se vio afectada por un periodo de frío y sequía que, unido a una creciente densidad de población, impulsó a los habitantes de aquellas regiones a buscar soluciones creativas. Entonces se produjeron los primeros intentos para domesticar plantas con las que alimentarse y en los siglos posteriores se trató de hacer lo mismo con los animales. La agricultura y la ganadería marcan el inicio de la civilización, el paso de unas sociedades en las que los hombres cazaban y las mujeres recogían los frutos del campo a otra en la que se dependía de las cosechas y los animales domésticos. Aquella revolución fue bautizada por el antropólogo Jared Diamond como el peor error de la historia de la especie humana.

Según él, la adopción de la agricultura hizo a los humanos sedentarios y aunque en un principio pudiese proporcionar una mayor cantidad de alimento con más seguridad, a la larga llevó a la superpoblación, a deficiencias en vitaminas y proteínas por una dieta más pobre en el mejor de los casos y a la malnutrición en el peor. Esqueletos encontrados en Grecia y Turquía mostraban, según Diamond, que la altura media de los cazadores recolectores hacia el final de las glaciaciones rondaba los 175 centímetros para los hombres y los 166 para las mujeres. Con la adopción de la agricultura, la estatura se estancó, y para el 3000 A.C. los hombres se habían quedado en 160,5 centímetros y las mujeres en 152,4. Hoy, los griegos y los turcos modernos todavía no han recuperado la estatura media de sus antepasados de hace más de 10.000 años.

Las nuevas técnicas para producir comida cambiaron también la estructura social. Entre las tribus errantes del paleolítico, todos tenían que cooperar y compartir los éxitos y los fracasos de la caza y la recolección. Con la agricultura, un solo humano especialmente hábil podía comenzar a acumular terrenos y contratar a otros para trabajarlos. A largo plazo, en una región como la del actual Egipto, donde el agua del Nilo era fundamental, controlarla podía suponer el inicio de una dinastía imperial en la que uno, solo con la ayuda de unos pocos individuos, impusiese su voluntad al resto. Sistemas políticos como el surgido en Egipto se convirtieron así en una de las primeras formas de Estado.

Este giro de los acontecimientos puede interpretarse como una simple desgracia, pero hay estudiosos que plantean que la agricultura y los cambios que introdujo fueron positivos para los más débiles. Según este planteamiento, la estatura media habría descendido porque ahora, gracias a un alimento pobre pero seguro, también los que estaban peor adaptados sobrevivían. Antes, el entorno sería tan complicado que solo los mejor dotados eran capaces de perdurar. Algunos académicos, como Steven LeBlanc, de la Universidad de Harvard (EEUU), afirman que la presencia del Estado no supuso únicamente opresión, desigualdad e imposiciones. El monopolio de la violencia que fueron adquiriendo habría reducido el porcentaje de muertes por este motivo entre los humanos (algunas estimaciones indican que hasta uno de cada tres hombres podía morir a manos de sus congéneres). Como en el caso de la alimentación, la labor pacificadora del Estado habría sido positiva para la supervivencia de los menos aguerridos. Hace más de 12.000 años, en un entorno con machos fornidos de 175 centímetros de media alguien de poco más de metro y medio como el Fary habría sido un caso excepcional y lo habría tenido complicado para sobrevivir en caso de conflicto.

La civilización surgió gracias a los hombres blandengues, pero en este mundo de primates menos agresivos, domados además por el monopolio de la violencia que ejercen los estados, la tesis del “pedazo de tio” sostenida por el cantanteantropólogo no es del todo descabellada. Los hombres dominantes, que suelen tener unos elevados niveles de testosterona, son más competitivos y suelen tener más éxito con las mujeres. Sin embargo, como sucedía hace millones de años, esa búsqueda del dominio puede llevar a comportamientos violentos cuando son necesarios para mantener el estatus o a actitudes inmorales como las que provocaron la última gran crisis financiera.

Es posible, que después de todo, pese a los grandes beneficios que ha podido proporcionar a la humanidad, el hombre blandengue haya acabado siendo el perdedor de esta larguísima historia evolutiva. Puede que su atención por las hembras y por sus crías, y su talante de hombre siempre dispuesto a cooperar solo le haya servido para ser juzgado con displicencia como un simple ayudante poco atractivo que lleva la bolsa de la compra o el carrito del niño. Sin embargo, también es posible que una vez más sus maneras menos agresivas acaben por rebatir las apariencias y le vuelvan a mostrar como el improbable vencedor en el concurso de la evolución. Como hemos visto antes, los hijos de los padres que les prestan más atención salen mejor parados en todos los sentidos y los machos alfa son peores padres y esposos. Puede ser que de cara a la sociedad, o al menos a parte de ella, no sean los triunfadores, pero parece probable que si la felicidad fuese algo medible su aportación al bienestar común pudiese competir sin problemas con la de los machos dominantes. Las respuestas a estas preguntas aún tardarán en llegar, pero entretanto resulta difícil no sentir cierta simpatía por los hombres blandengues, esos seres humanos que hicieron posible nuestra civilización e incluso la existencia del hombre que siempre los había detestado.

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