ACHUFEST – I Edición

La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz  alta: ¡Uf! ¡Vaya viajecito! 

Hunter S. Thomspson

Por Javi Achútegui

El origen de las despedidas de soltero se remonta al siglo V a.C. entre los soldados espartanos. Algo más tarde llegaría, seguramente, a Castrillo de la Reina. Juguemos a barruntar el escenario de alguna de ellas.

Os presento a Aniceto Díez Reviriego, el pequeño de La Kurda, al que todo el pueblo llama Carencias. Está de novio con la Cuca de Vilviestre, de la familia de los Perlas. Si quieres encontrar a Carencias  en un momento dado sabes que te tienes que acercar a la presa que están construyendo o casi mejor a Casa Eugenia, donde acostumbra a tomar el primer solysombra y el último ginkas del día al calor hogareño de la mejor conversación rodeado por sus mejores amigos. Pero todo esto va a cambiar en unas semanas. Porque Carencias  se casa y se va a vivir al pueblo de su prometida a una casa que tiene allí su familia. Empezará a trabajar a las órdenes de su suegro Vejastótenes “Masticavigas” en la obra, esperando que en poco tiempo dios provea y llene la casa de bocas hambrientas. Imagino a los amigos de Carencias  entre tristes y contentos por todos los cambios que van a acontecer en sus vidas y queriendo agasajar a su amigo de la infancia con la despedida de soltero más divertida de la historia, una que jamás olvide, para que su recuerdo le transporte de nuevo al pueblo siempre que lo necesite en su nueva vida.

Me casé en 2015 y, para entonces, las relaciones habían cambiado en algunas cosas. Vivía desde hace varios años con mi novia en nuestra propia casa y, francamente, nuestra vida no tenía visos de cambiar radicalmente. Pero si algo hacemos bien los seres humanos, es honrar las tradiciones, tengan o no sentido, si ello conlleva correrse una buena juerga. Somos especialistas en importar eventos de otras culturas y buscar cualquier excusa para celebrar algo tan simple y tan importante como es el estar juntos. Así que, justificadamente o no, aquel pasó a ser “El año de las despedidas”. Cinco en total. Fue un año repleto de homenajes inolvidables. Sin embargo hubo uno que destacó por encima de los demás. Fue La Despedida con mayúsculas. Una como la que tuvo Carencias  a cuyo recuerdo me retrotraigo cuando me faltan los referentes. A continuación intentaré explicar las claves del abrumador éxito de la misión.

Los amigos, por definición, atesoran muchas virtudes. Algunas de ellas tienen un origen genético, mientras que otras devienen de su condición de amigos. Sin embargo, hay una que comparte ambas fuentes y que se me revela como la más sorprendente de todas ellas. Tus amigos tienen la capacidad de conocerte de una forma distinta y definitivamente más objetiva de la que tú lo haces. A ti puedes engañarte con relativa facilidad, pero con ellos lo tienes más difícil. Así que lo que a priori parecía menos importante, como era la elección del escenario del vodevil, se convirtió en la pieza clave para el desarrollo de la despedida.

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No hay absolutamente nada como un pueblo. El que ha vivido en uno lo sabe. Es un don que no a todos se les concede, pero si tienes la suerte de haber crecido en un pueblo, sabes que no hay fiestas mejores, vicios mayores y compañeros de fatigas más fieles que los que habitan en él. Se suele decir que la familia es lo más importante, pero que a los amigos los eliges. Aunque los tópicos acostumbran a ser odiosos, reconozco que a menudo encierran cierta sabiduría y este es uno de esos casos. Hay mucho de selectivo en esto de la amistad. Lo mismo me ocurre a mí con los pueblos. Por una parte está mi pueblo original, en el que nació mi padre y pasé la parte más importante de mi infancia (es decir, los veranos) y por ello es el más importante. Pero luego está mi pueblo de adopción. A éste sí que lo elijo para santificar todas y cada una de sus fiestas y para celebrar con todos sus vecinos simplemente el estar juntos. Con estas premisas, no es de extrañar que al enterarme de que el escenario del fin de semana sería Castrillo de la Reina, supe que no podía haber sido otro. Teniendo amigos y un pueblo, la cosa no puede salir muy mal.

Pero es que para mayor gloria, la generosa organización convirtió el pueblo en un festival, de esos que me gustan más que un regaliz (otra vez aparece la mano invisible de la amistad sempiterna). Un festival es básicamente un volquete de amigos pasando el fin de semana completo (pernoctar bajo el mismo techo es un elemento clave) con varios eventos programados en torno a la música, fiestas patronales, temporada de sidra o cualquier otro leitmotiv.

Así que en esas me hallaba yo. Viernes por la tarde, secuestrado en la parte trasera de un coche, con los ojos vendados y con las manos atadas y amarradas al único elemento que podía alejarme de la deshidratación: una cántara de kalimotxo. Sopesé que le quedarían apenas unos 10 litros de líquido elemento. Dado que mis captores no soltaban prenda acerca de mi destino y con el fin de no caer en la locura, me entretuve calculando que mi consumo de 5 litros a los 100 Km me otorgaba una categoría de diesel. Al llegar al lugar elegido me liberaron de mis ataduras, pero continué estando ciego hasta que conseguí adaptarme de nuevo a la luz, ya el lunes siguiente. Me sorprendí delante de al menos 50 amigos importados de diferentes grupos y lugares de España, y otros tantos nativos de aquel pueblo. De los aborígenes que hablan el idioma y conocen las costumbres autóctonas. Conociéndolos a todos, intuyo que les habría costado un dolor de cabeza tomar la difícil decisión de si apuntarse o no a formar parte del homenaje. ¿El alojamiento? Casa Margarita, claro. El hotel que tiene una suite con mi nombre y que ese fin de semana confirmó que no cumple las leyes básicas de la física siendo más parecido a un agujero negro donde siempre hay espacio para diez o veinte personas más. Pulserita y look festivalero y a ver los conciertos planificados en los escenarios “Chirin”, “Cueva de Ra” y el principal, el escenario “AltolaMuela”. El medio de locomoción contratado para transportar a las masas de uno a otro fue el más ecológico que existe: la conga. Esa procesión que une a todos sus costaleros en un único miriápodo de cien patas, una garganta y un corazón. A partir de esas premisas, los acontecimientos que se sucedieron fueron los propios de un ataque de hordas mongolas de la estepa profunda dejando tierras yermas a su paso.

Por un lado la OrDanización apalabró ciertos elementos pesados que conformarían la estructura para el sólido fraguado del festival: la comida popular, la charanga y la fiesta nocturna con traca final. Una vez programados los tres conciertos estrella, los restantes grupos pequeños que completarían la argamasa necesaria para construir el mejor festival del mundo irían apareciendo solos haciendo uso de la que probablemente será nuestra mejor cualidad: la improvisación. Y es que son muchos años de entrenamiento específico en maniobras de campo. He visto a las mentes más brillantes de mi generación consagrar su talento a tiempo completo generosamente a la cosa lúdica. Hedonistas epicúreos creando atmósferas donde sólo cabe la diversión.

Pero volvamos a los cabezas de cartel. No hay nada mejor en el mundo que una comida popular en un entorno como el que ofrece el alto de La Muela, de la mano de los mejores cocineros, la amistad superlativa y el vino en lata de Celorrio, que templa el corazón y curte la piel. Cuando todavía coreábamos los últimos temazos y con puntualidad suiza, pero sin solapamientos, emergió, como un geiser de notas atropelladas, el mejor conjunto musical al que yo haya escuchado jamás en directo: la charanga. Las charangas representan todas las virtudes del género chico. Variedad instrumental, calidad interpretativa, una capacidad inusitada para la improvisación y, lo más importante, un nivel de juerga y buenrollismo supremo desde la primera canción al último bis. La charanga texturiza el ambiente contaminando de fiesta todo lo que alcanza. Una fiesta portable que, para colmo de bienes, traslada su regocijo de bar en bar. De escenario en escenario. Es el flautista de Hamelin de nuestra era. No hay posibilidad de escapar a su influjo de manera que lo mejor es rendirse y dejar que tu ritmo se sincronice con el suyo, fluyendo solidarios como engranajes de una compleja máquina de festejar. Y tras el tsunami, los supervivientes vuelven, como siempre ocurre en los festivales, al escenario principal AltolaMuela al fin de fiesta con los mejores pinchadiscos y equipos musicales con más caballos para poner el broche de oro con unos fuegos artificiales cargados de simbología. Palmeras de unión entre el cielo y la tierra reflejadas en los vidriosos ojos de todos, muy conscientes de que estábamos asistiendo a un momento único. La traca final. Estertores de una época gloriosa. Pirotecnia que daba por concluida una etapa, pero abría una nueva llena de optimismo y una ilusión común: ya falta menos para la segunda edición del Achufest.
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