Graponov (6) SUPO ENTONCES QUE TODO HABÍA TERMINADO

Por E. Asensio

Ilustraciones: Jesús Castillo

(Versión audiolibro)

Viene del Capítulo 5.

Habían transcurrido un par de semanas, pero para Graponov contaba casi como un siglo. Estaba agotado, y no terminaba de digerir bien la situación. Sibierski y el comisario Delporte pedían resultados. La prensa ya se había hecho eco de la noticia, y su móvil, que en otra época no sonaba ni con el despertador, echaba, literalmente, humo.

Tan desencajado llegó una de las mañanas a la Agencia que Shannon le propuso que pasara unos días en su apartamento. De esa forma podían hablar del caso y sobrellevar entre ambos la tremenda presión que estaban soportando.

Si bien dedicaban parte del día a corroborar las coartadas de los vecinos de la calle Lumière y del personal de la Agencia, poco a poco se había enquistado en sus cerebelos la idea de que Sibierski ocultaba algo. Aparte de mostrarse huidizo, Shannon y Graponov eran amigos y confiaban el uno en el otro, pero, en cambio, desconocían por completo la vida de su peculiar jefe. Ciertamente, fue descubrir que contaba con antecedentes penales por violencia sexual lo que le había puesto a todas luces en el disparadero.

El juez Clavijo, uno de los pocos contactos importantes que Graponov manejaba en la urbe, le había comentado el asunto en una reunión privada. El suceso había ocurrido hacía ya veinte años, y aunque el expediente judicial no era nada claro, al parecer, Sibierski había eludido la cárcel en el último suspiro. Habían establecido turnos para vigilarle con la máxima precaución, estaban convencidos de que, a la mínima sospecha, su superior jerárquico no iba a dudar en ponerlos en la calle. No dejaba de ser cómico que los detectives encargados del caso investigaran a la persona que les pagaba por investigar.

Sibierski vivía en las afueras, en una casa aparentemente normal con un pequeño jardín junto a la puerta de entrada. Si bien casi todo el mundo en la Agencia apostaba a que vivía solo, lo cierto es que tenía pareja. Pero nadie esperaba que fuera un boxeador de Macao, tal y como habían descubierto. Tal vez por ello, su vida privada era un completo misterio para aquellos que le rodeaban.

Aquella noche, Graponov y Shannon habían decidido jugarse el todo por el todo. Después de observarles durante algún tiempo, habían constatado que solían cenar fuera con frecuencia.

La noche era cerrada y un viento estremecedor daba a la urbanización un aspecto dantesco. El plan era encontrar algo en la casa que incriminara a Sibierski y que pusiera de una vez por todas fin a aquella pesadilla, aunque también asumían que las posibilidades eran ínfimas.

Shannon era un maestro en los temas de cerrajería, lo que le había valido el puesto en su día por encima de otros candidatos incluso más cualificados. La casa estaba hecha un desastre, y lo más llamativo es que cada objeto era de un color diferente. Estaba claro que Sibierski era un perturbado, pero ¿hasta qué punto para cometer un asesinato?

Sabían que no contaban con mucho tiempo. Graponov no paraba de mirar su reloj y la tensión se manifestaba en su rostro. Un sudor frío comenzaba a recorrer su espalda. Debían revolver hasta el último palmo de la casa, pero sin dejar rastro de su visita.

Shannon se mostraba completamente activo en la búsqueda, pero Graponov era una sombra de sí mismo. Su actitud no era acorde a la situación que estaban viviendo.

Fue cuando rebuscaba Shannon con sumo cuidado en el escritorio de Sibierski, pero con una aceleración palpable, cuando, preso de una ira fortuita ante la actitud incomprensible de su compañero, masculló:

—¿Qué te pasa Graponov? ¿Por qué estas así? ¿Quieres ponerte las pilas de una vez? ¡Pueden regresar en cualquier momento!

Shannon abandonó la zona del escritorio, sin aparente éxito, para dirigirse al salón, y en ese recorrido fue cuando se percató de que Graponov ya ni se movía. Su cabeza estaba en otro sitio.

Shannon se dirigió a él y lo zarandeó con fuerza, mientras bramaba:

—¿Qué te pasa? ¡No tenemos mucho tiempo! Necesito tu ayuda. ¡Espabila!

Shannon pudo ver entonces como el dispositivo móvil de Graponov, que éste sostenía con su mano derecha, vibraba a la vez que parpadeaba intermitentemente. Miró fijamente a su compañero y, cuando en la pantalla pudo leer el nombre de Sibierski, sintió cómo hasta el último recoveco de su cuerpo se estremecía de forma violenta…

Graponov, sin apartar la vista de Shannon, detuvo la llamada. Supo, entonces, que todo había terminado…

Es difícil describir con palabras los acontecimientos que se sucedieron a continuación. Lo que estaba claro es que su recuerdo quedaría grabado a fuego en la memoria de Graponov.

Tres agentes uniformados irrumpieron en la vivienda y no tuvieron contemplaciones en derribar a un Shannon que, en principio, no opuso resistencia. Contorsionado en el suelo, y con las esposas puestas, Graponov no podía dejar de mirarle.

En ese instante, Sibierski y Delporte hicieron aparición en la escena. Aquello, y no la detención previa, fue lo que hizo entrar en razón a un Shannon que entró en un estado muy cercano al de la posesión demoníaca.

Profería insultos irreproducibles e intentaba zafarse sin éxito de su custodia.

Graponov tuvo que salir a tomar el aire. Nunca pensó que aquello ocurriera. Y que le sumiera en aquel estado. Delporte apareció entonces en el umbral y, dando unas palmaditas en su espalda, dijo enérgicamente:

—Buen trabajo, Graponov.

Al mismo tiempo, dos de los guardias conseguían a duras penas introducir a un desquiciado Shannon en el coche patrulla.

CONTINUARÁ

EQUIPO TÉCNICO:

(Ediciones Esfinge Siglo XXI / Máster de sonido: Radiológica)

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