Graponov (2) FÁCIL DE PALABRA

Por E. Asensio

Ilustraciones: Jesús Castillo

(Versión audiolibro)

Viene del Capítulo 1.

Después de unas horas de reflexión interna, el agente Graponov se decidió a hacerlo. Se levantó con energía de su silla y se dirigió con paso firme hacia el despacho del señor Sibierski, trayecto en el que podía consumir apenas quince segundos de reloj de arena, dadas las microscópicas dimensiones de la Agencia. Hasta entonces no había tenido valor. El análisis pormenorizado del contenido del sobre le había dejado en un estado cercano al del shock hipovolémico. Ni siquiera había bajado con Shannon al bareto de la plaza a desayunar. Para matar el hambre, había ingerido una chocolatina caducada y un vaso de comida para perro, que, por ahora, le eran más que suficientes.

El sobre contenía poca información, pero bastante impactante. Además de cuatro fotos del cadáver descuartizado y el informe policial, se hallaba el escrito de Mrs. Anatolina Zinchev, en el que solicitaba a la Agencia la investigación del caso.

Cuando se halló Graponov en el umbral de la puerta, recordó lo importante que era llamar antes de entrar, y más, en el despacho de su jefe. Pero de forma inconsciente, y para su desconsuelo, ya había accionado el picaporte, lo que le permitió observar otra de las habituales excentricidades de su pagador, el cual se hallaba sentado en la mesa y escribiendo en el ordenador que se encontraba en una silla. Por más que Graponov le daba vueltas, lo que estaba viendo sólo tenía explicación si aquella acción se atribuía a una mente enferma.

Lo más inquietante es que Sibierski no se alteró lo más mínimo al verle, invitándole a sentarse —en una silla— con toda la naturalidad del mundo. Tras unos segundos de desconcierto, el propietario de la Agencia comenzó a hablar, bueno, más bien a balbucear en los siguientes términos:

—Grapono… Graponov…, caso jodido… tienes… eh… tienes cajo sodido… eh… ¡PÁJARO!— recordando Graponov al escucharle que Sibierski, que era una joya, también padecía una desquiciante disfunción en el uso del lenguaje que minusvaloraba aún más sus, ya de por sí, escasas cualidades.

—Qué movida… Pogranov… qué vomida…, no te quejarás eh… ¡El caso del siglo!… El saco del gliso te he dado… ¡¡¡JÁPARO!!!

Graponov no podía ni pestañear. Sabía de muy buena tinta cómo Sibierski conseguía mantenerse, cómo la gente que llamaba a la Agencia no colgaba al instante. Había confeccionado, en sus inicios profesionales, una grabación estándar con otra voz que reproducía cuando llamaban los clientes, con el riesgo de que la conversación no siguiera el esquema lógico que había preparado, aspecto que obviamente solía suceder con frecuencia, generándole más de un disgusto, pero es que, si no, era imposible que alguien viera fiable la Agencia; era eso o contratar una secretaria, pero parecía que no estaban los tiempos para derroches.

—Teve con Nashon al calle Lumiere… eh… Vete con Shannon a la llaque Muliere y habla con los vecinos… eh… los cos cevinos… eh… y luego me tuencas… eh… ¡te cuentas! ¡¡¡PÁJARO!!!

Graponov no emitió ni una sola sílaba. Se limitó a intentar entender lo que pudo y abandonó el despacho con un terrible desánimo. Estaba claro que con Sibierski no podía contar mucho. Además, le molestaba mucho que un ser así le llamara a él “pájaro”.

Previamente a localizar a Shannon, nombrado como ayudante suyo en el caso por su brillante jefe, Graponov efectuó un movimiento previo propio de un detective de categoría. Intentó contactar con la señorita Zinchev, la enigmática persona que había contratado a la Agencia. Quería saber antes de presentarse en el lugar de los hechos qué relación le unía a la mujer víctima de la sangría orquestada en la calle Lumière.

El número telefónico que marcó Graponov y que venía en la tarjeta del sobre no daba línea. Tal vez había algún error, o la Zinchev no tenía intención de que se le localizase, al menos por el momento.

En esos instantes, Shannon hizo acto de presencia en la oficina. Eran cerca de las tres de la tarde, por lo que parecía que había empalmado el desayuno con la comida. Graponov le puso al día de todo lo acontecido y ambos decidieron poner rumbo a la calle Lumière. Para ello, la superagencia, cómo no, contaba con una red sofisticada de vehículos propios; a día de hoy, el inventario era estremecedor: un patinete, un coche teledirigido y, la joya de la corona, una furgoneta de reparto sin puertas, ideal para los casos de incógnito. Como casi siempre, los agentes decidieron hacer uso de su vehículo particular, en este caso, el de Shannon, ya que el coche de Graponov era hilarante: un Fiat huevo, y de los que tenían tres ruedas.

El coche de Shannon hacía el apaño. Su único defectillo era que sólo tenía el asiento del conductor, al enfrentarse el vehículo a los rateros de su barrio. Esto hacía que Graponov tuviera que llevar su propio asiento, un taburete bajo de la oficina, y agarrarse bien a la puerta, porque las posibilidades de atravesar la luna delantera se multiplicaban por infinito. Aparte de la mala imagen que daba la empresa, de ahí que las pocas veces que hacían “salidas” intentaban aparcar bien lejos. Aún así, ambos lo seguían poniendo por delante, y con distancia, de la furgoneta sin puertas y del Fiat triciclo.

Tras cerca de media hora de travesía y unos diez minutos andando desde el lugar donde aparcaron, Graponov y Shannon estaban en la calle testigo del crimen. La zona cambiaba bastante de día, no era el barrio terrorífico que Graponov recordaba de aquella noche.

Los hechos habían acontecido en el número 5 de la calle, en el piso sótano. El propietario del mismo les estaba esperando. El señor Potraskas, Víctor Potraskas, para más referencias, les abrió la puerta pero no dijo nada; por los gestos que efectuaba y los sonidos que emitía, parecía ser sordomudo. No iba a ser nada sencillo el interrogatorio. Aquella mañana, según parecía, todo el mundo era lo contrario a fácil de palabra.

CONTINUARÁ

EQUIPO TÉCNICO:

(Ediciones Esfinge Siglo XXI / Máster de sonido: Radiológica)

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