Graponov (3) LLAMADAS ENTRANTES

Por E. Asensio

Ilustraciones: Jesús Castillo

(Versión audiolibro)

Viene del Capítulo 2.

Como hubiera vaticinado sin problema cualquier adivino de poca monta de una televisión local, el interrogatorio al señor Potraskas fue un estrepitoso fracaso. Únicamente, cuando se hallaba Graponov al límite de su paciencia, decidió el agente Shannon hacerse con las riendas del asunto, sorprendiendo a propios y a extraños con un más que aceptable uso del lenguaje de los signos, que, al parecer, había interiorizado cuando trabajaba de marioneta en el circo.

Graponov prefirió entonces abandonar la estancia y echar un vistazo por su cuenta. Necesitaba tranquilidad y poner en orden las pocas ideas que hasta el momento bullían en su cerebelo. Intentaba recordar algún detalle de la noche de autos que pudiera serle útil, pero sus recuerdos eran borrosos. La noche que Graponov anduvo por la calle Lumière no estaba precisamente muy lúcido. Había quedado con Vassiliev, y supo desde el primer momento que un barril de cerveza para dos no había sido un buen cálculo.

De repente, un pequeño ruido a su espalda le hizo abandonar su enajenación mental de forma violenta y percibió que alguien le estaba observando. No quiso girarse, pero empezó a sentir miedo. Graponov no era ni mucho menos un especialista en el cuerpo a cuerpo, y sólo recordaba haber salido victorioso de un encontronazo con un espantapájaros. Cuando reunió el valor suficiente para girarse, sus pupilas se dieron de bruces con una figura errante situada en el descansillo, ataviada con un chubasquero de cartón y una gorra de doble visera.

Graponov quedó completamente momificado, y si en ese momento hubiera tenido que decidir sobre el responsable del asesinato, no hubiera dudado un segundo en atribuírselo a aquel ser. La figura comenzó a acercarse a una velocidad anormalmente reducida y, cuando alcanzó con extrema dificultad la posición de Graponov, masculló con dificultad:

—Dejaz en paz al pobrez hombrez… el yaz noz vivez aquiz, fuez alguien dez fueraz, laz puertaz eztabaz forzadaz…

Graponov le escuchaba, pero con una mano ya tenía agarrada fuerte la empuñadura de la pistola de agua que llevaba consigo en el interior de su pantalón.

—Victor vivez fueraz, yaz noz vienez por eztaz casaz, ¡dejadlez en paz!

La aparición estaba ya a escasos centímetros de Graponov, y ahora gritaba y escupía simultáneamente:

—Noz ez el… oz habéiz equivocadoz ¡¡¡NO EZ EL!!!

Una de las manos del personaje, hasta ahora oculta a la vista de Graponov, salió del bolsillo en un movi- miento bastante más ágil y rápido para lo que hasta ahora había demostrado y, cuando el detective la tuvo cerca, y ya esperaba lo peor, cerró los ojos y fue cuando la sintió Sintió una mano decrépita estre- chando la suya.

—Isidoroz Volnyak, porteroz dez laz fincaz, paraz servirlez…

Un par de horas después, Graponov y Shannon se dirigían rumbo a la Agencia. No hablaron mucho en la primera parte del viaje, ya que Graponov decidió utilizar la primera parte del trayecto para anotar en su libreta de papel higiénico las averiguaciones que había extraído de aquella agitada sobremesa.

El testimonio de Isidoro, el siniestro portero, unido a lo poco que pudo obtener Shannon de su sesión con Potraskas, permitía sacar una primera conclusión, que no era moco de pavo. La noche del crimen, el edificio, con toda probabilidad, estaba vacío y el asesino debía conocer aquella circunstancia, que le daba un amplio margen de actuación para trabajar a sus anchas. Y es que el señor Potraskas llevaba años sin residir allí, Isidoro libraba el día del crimen y, aparte de ellos, sólo podía haber dos personas en el edificio: la señora Valbuena, que trabajaba de noche en una conocida hamburguesería especializada en comida italiana del piso primero, y el Dr. Kolmanen, un cazavampiros venido a menos que, obviamente, también trabajaba de noche. El piso segundo estaba desierto.

Eran las primeras luces del caso, que en el fondo se transformaban rápidamente en sombras, ya que arrojaban la evidencia de la ausencia de testigos oculares.

La Agencia se encontraba semidesierta cuando Graponov y Shannon hicieron acto de aparición, de hecho, tan sólo la estancia de Sibierski contaba con iluminación artificial.

Cuando los agentes se encontraron con él, no estaban preparados para lo que les esperaba. Sibierski estaba más raro de lo normal, si cabía. Les entregó un informe en papel de plata en el que, al parecer, había resumido los detalles más importantes de su conversación con el comisario Delporte, agraciado con la investigación del caso. Graponov leyó con toda la atención que pudo la información:

Víctima: Marieta Caruso.
Edad: 28 años.
Profesión: Desconocida.
Pertenencias encontradas: Cartera, set de maquillaje, teléfono móvil, paquete de tabaco, mechero y un compás.

Hasta ahí, nada había desencajado el rostro de Graponov, como sucedería instantes después, cuando consultó la hoja grapada al informe en la que, vía telefax, la policía había remitido el resultado de la intervención del teléfono móvil de la malograda señorita Caruso.

En un cuadro, relativamente claro, podían leerse los números que correspondían a las llamadas entrantes y salientes en las 24 horas previas al crimen. Y fue en las entrantes donde Graponov se detuvo para no leer más. Las tres llamadas efectuadas desde el 900-876- 174 no le hubieran llamado la más mínima atención, de no ser por corresponderse, cifra por cifra, con el número de la centralita de la Agencia

Cuando Graponov levantó la vista del folio, estaba claro, no pudo mirar, sino con ojos de auténtico pavor, a las dos personas que en aquel momento eran su única compañía en el desierto y oscuro edificio.

CONTINUARÁ

EQUIPO TÉCNICO:

(Ediciones Esfinge Siglo XXI / Máster de sonido: Radiológica)

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