¿Confianza en los políticos? No, gracias

Por Daniel Fumero.

Sólo soy, sólo sigo siendo una sola cosa: un payaso. Eso me pone en un plano más alto que cualquier político.

Charles Chaplin

El pasado jueves 29 de septiembre, como cada extraño día de los que me funciona el resorte ante la implacable llamada del despertador, me regalé un desayuno de los largos. De los de cinco minutos. Y ese día tampoco me encontré la tostada ya preparada y aún calentita sobre mi plato. Tampoco había plato. Nunca he pedido unos mimos ni tuneos para una tostada como aquella escena de V de Vendetta (James McTeigue, 2006), ni siquiera la compañía de Natalie Portman, que no estaría nada mal. Pero ni con esas consigo desayunar a mesa puesta. Pretendía conformarme con los cereales, pensando en lo lejos que quedaba ya el lunes y lo poco que restaba para el fin de semana. Pero cometí el error de encender la radio. Y entre anuncios de seguros de coche y productos para las humedades en la pared, se coló el de la publicación del informe de competitividad 2016-2017 por el World Economic Forum (WEF).

Es de esas noticias, lo reconozco, que normalmente dejas pasar sin pena ni gloria por tu cerebro, sin darle mayor importancia. Será porque España siempre está en la zona tibia de la tabla, vomitiva, que sentenciarían las sagradas escrituras. Y esta edición, efectivamente, no iba a ser una excepción. Pero sí que interrumpió la liturgia del mañanero refrigerio el dato de que nuestro país, de los 138 países analizados por el Foro Económico Mundial, ocupa el puesto número 100 en el apartado ‘Confianza pública en los políticos’, justo por detrás de Uganda y Filipinas, y por delante de Honduras y el Congo.

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Y pensé: “¡olé los españoles!”. O somos buenos –de bondad- para otorgar una confianza tal que aún nos coloque en ese puesto redondo, o tenemos el estómago, cuando no el corazón, tan cauterizado y hastiado que consentimos ponderar esa confianza de tal forma que España aparezca en otro puesto que no sea el último de los 138 casos estudiados.

El español perdona.  Decididamente debe de ser eso.

Los penúltimos episodios a los que hemos asistido deberían hacer caer la vergüenza y aún más la confianza en la clase política hasta la sima de toda lista infame: el pretendido y gravísimo golpe de mano por la puerta de atrás en el PSOE que ha acabado con la dimisión del secretario general; o la lamentable y vergonzante escena con una imputadísima y soberbia –no hay piropo- Rita Barberá que prefiere estar antes muerta que sin escaño, sin atisbo de dignidad en sus venas; o la operación de marketing conyugal, pro democracia y transparencia y a lo Pimpinela, entre los líderes de Podemos; o la exitosa estrategia –para sus intereses, que no los del país- de la inacción y de la omisión de toda responsabilidad y esfuerzo que practica el sempiterno presidente del Gobierno en funciones, al que los anteriores regalan la ventaja y al que hacen comparar con Jesucristo, pues como a Él, Pedro negó tres veces.

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El pasado martes 27 de septiembre, tras una dura sesión en el Senado

Eso, por no hacer mención a la tomadura de pelo por parte del Ministro de Economía y Competitividad, en sede parlamentaria y con motivo del arbitrario -y cuando menos inoportuno- reconocimiento y premio al ex ministro Soria para ocupar un puesto en el Banco Mundial. Ese día pensé que nos declaraban, por orden ministerial y a todos los españoles, gilipollas redomados.

De verdad. El español perdona… y olvida.

Tiene que ser ésa la virtuosa clave para entender que la sociedad no se levante con la intención de conseguir la inhabilitación por sentencia para ocupar un cargo público para quienes nos están llevando a unas terceras elecciones, habiéndonos costado las anteriores una cantidad en torno a 260 millones de euros. Mientras tanto, nos vamos haciendo a la idea de unos presupuestos prorrogados. Y con la espada de Damocles de una multa desde Bruselas y a lo que queda de Reino de España, por exceso de déficit. O la aprobación el pasado mes de julio de una chapucera medida de recorte encubierto en forme de orden ministerial de Hacienda y Administraciones Públicas, que impone un cierre contable para la Administración General del Estado adelantado en casi seis meses respecto del habitual cierre de ejercicio. El chocolate del loro que supone unas consecuencias en el día a día que el ciudadano ignora.

El español perdona, olvida… y desconoce.

Algo sé sobre lo mal que lo hacen los políticos en Grecia, Italia o Argentina, países en los que la confianza en los políticos es menor que en España. Pero debe de ser muy malo para que aquí sea algo mejor. Pero cómo debe de ser la confianza en nuestros representantes -que no, que no nos representan, lo sé- para que China esté muy por encima en el ranking. Para hacérselo mirar.

No merecemos lo que tenemos, por muy españoles que seamos y con la carga que supone esta aseveración. No merecemos que cobren lo que cobran por hacernos la vida más difícil. Por no ser conscientes de que un cargo debe de ser una carga y no un trampolín. Aunque si al menos fuera al vacío… Broma.

El Foro Económico Mundial no me ha preguntado a mí. Pero sin duda mi respuesta sería que la actual clase política no se merece mucha confianza, por no ser más categórico. La tengo en España y en los españoles, pensemos como pensemos.

Y no me preguntó el Foro Económico Mundial durante mi desayuno, porque me habría puesto como Michael Douglas en Un Día de Furia (Joel Schumacher, 1993). A  Bill Foster le servían una hamburguesa que nada tiene que ver con la que ofrecen en la imagen promocional del garito en el que quería desayunar. A mí me está (mal) sirviendo una clase política que nada tiene que ver con una imagen de responsabilidad y servicio público.

diafuria

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2 comentarios en “¿Confianza en los políticos? No, gracias

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