Ten hijos para esto

Por R. Carazo.

Los niños comienzan por amar a sus padres. Cuando ya han crecido, los juzgan, y, algunas veces, hasta los perdonan (Oscar Wilde).

Arnaud Fleurent Didier “France culture”

Canción incluida en el álbum “La Reproduction” (Columbia Records / Sony Music, 2010)

 

Él no me enseño inglés. Él no me enseñó alemán. Ni siquiera el francés correctamente.

Ella no me habló de libros, ni de historia, ni de ideas. Nada de ideología política a seguir. Nada de movimientos de pensadores.

Ella no me enseñó nada práctico. Ni cocina, ni costura, ni a montar la mayonesa, ni a montar una empresa, ni a realizar las labores del hogar.

Él no sabía gran cosa de matemáticas, ni la ecuación de Schrödinger. Pero para ser honesto se preocuparon de que perfeccionase mi revés a dos manos y que flexionase bien las piernas, pero no duró, no entró en mi cabeza.

Me dieron un modelo liberal, democrático. Me dieron un cierto sentimiento de asco, llamémoslo desinterés, por la religión.

Pero nunca me dijo para qué servía el piano. Ni el cine francés, del que por cierto vivía.

Ella nunca me dijo cómo se habían casado, engañado, separado. Ni me dio otro modelo a seguir.

No me hablaron de Marx, rival de Tocqueville. Ni de Weber, el enemigo de Lukacs. Pero me dijeron que había que votar.

Ella no me escondió la existencia pero ha callado la de Rousseau, la de Proust, la de “Muerte a crédito”.

No hicieron ningún comentario sobre Mayo del 68. Ningún comentario sobre la sociedad del espectáculo. Pero sabían que Balzac cobraba por línea y que podíamos tenerle un cierto desprecio.

No conocían historias de la Resistencia o de la Gestapo pero sí sabían algunos trucos para pagar menos impuestos.

Recordaban riendo el carnet de sus padres del Partido Comunista. Pero poco de De Gaulle, una broma sobre Petain y nada sobre Hitler.

Habían conocido el mundo sin televisión pero no hablaban de eso. No quisieron que viera “Apocalipsis Now” pero sí podía leer “El corazón de las tinieblas”. No lo leí. No me dijeron que estaba bien.

No me dijeron qué hacer con las chicas. Qué hacer con el dinero, qué hacer con los muertos. Había que aprender a vivir con hermanastro, hermanastra, compañera, amante, casada por segunda vez, alcohólica, extranjeros. Hijo de izquierdas tú militas: milita. Hijo de derechas: hereda, aprovecha.

No me golpearon. Sin duda me amaron enormemente. No había nada que hacer, aparte de, quizás, ingeniero. No había nada que no pudiera hacer, aparte de, quizás, músico.

Ella me concienció de que la droga era demasiado peligrosa. Él me dijo que el tabaco era demasiado caro. Ella me dijo que una vez estuvo enamorada, no me dijo si fue de mi padre.

Ella no me dijo qué hacer cuando uno se siente solo. Él no dijo que los buenos amigos a menudo se cabrean, se enredan, todo se enreda, se complica, habría que prescindir.

Ella no me dijo nada sobre Freud e ignoro a Lacan. Ningún consejo ni razonamientos prácticos, ninguna sabiduría familiar, ninguna historia para hacer dormir a los niños, ninguna historia para hacer soñar a los mayores.

Él no me dijo una palabra sobre la Nouvelle Vague ni sobre lo que se veía antes. Pero hablaba del Museo del Louvre como de una cosa interesante.

No decíamos nada sobre Miche Sardou pero nos debía gustar Julien Clerc. Me hablaron de un concierto.

A parte de eso, no se nada de los pobres. No sé nada de los restos de los aristócratas. No se nada de activistas de izquierda. No sé nada de nuevos ricos. No hablábamos de católicos, ni de judíos, ni de árabes. No había chinos.

A ella le parecía que los negros olían. A ella no le gustaban los olores. A él, a él se la sudaba.

 

Resulta imposible no extrapolar a España. Los hijos de la incipiente democracia sufrieron parecidas carencias educacionales: ni idiomas, ni ideología, ni filosofía, ni Ortega ni Gasset, ni Menéndez ni Pelayo, tampoco Balmes, ni el trienio liberal, ni Azaña, ni Franco,  ni el exilio, ni Paco Ibáñez, ni Falange, ni grises, ni coser un botón, ni pelar la fruta, ni hacer la declaración de la renta –si acaso algún truco para defraudar–, ni a pagar la luz –solo a apagarla–, nada de mecánica ni fontanería, muchos deportes –bueno, solo si compiten españoles–, ni El extraño viaje, ni El verdugo, ni Calle Mayor, ni tocar la flauta –pero qué bien si suena–, ni acercarse a un museo, de Velázquez solo Las Meninas, de Picasso solo el Guernica, de Cervantes solo El Quijote, de Lorca solo que lo fusilaron por maricón, a Iberoamérica ni mirarla –si acaso García Márquez, pero nada de Rulfo, ni de Bioy Casares, ni de Onetti, ni de Cortázar–, el cristianismo no hace falta entenderlo solo obedecerlo, las otras religiones andan por ahí, ni Belmonte ni Manolete –los toros ya decidirás tú si te gustan–, algo de Suarez, poco de Carrillo, no hubo conflictos –ni Kuwait, ni el Golfo, ni los Balcanes, ni Sudán–, no hubo extranjero –solo política doméstica–, no hubo realidad –más allá del hogar–, ni Beatles, ni Rolling –un poco de Mocedades–, mucha tele y poco teatro –ni Lope, ni Arrabal, ni Nieva– y de poesía… ¿poesía?.

Esto no deja de ser un injusto ajuste de cuentas, una rabieta de juventud. El comienzo de la edad adulta se caracteriza por una necesaria y enfermiza rebeldía ante las figuras del hogar, lo que se pone aún más de manifiesto en los creadores con pretensiones –y en los pretenciosos–. Matar a papá y mamá pase lo que pase, pese a quien pese, piensen lo que piensen. Romper con las cadenas familiares como si así la creatividad pudiera al fin vencer los yugos.

Díganselo por ejemplo a Xavier Dolan, inexplicablemente mimado por el festival de Cannes, para quien este asunto se convierte en obsesión y que desde su primera película, J´ai tué ma mère, muestra una desesperante necesidad de dejar atrás a su madre y todo lo que representa. Y no justifiquen la actitud empachosa de Dolan por su juventud, el primer disco de Nacho Vegas, “Actos inexplicables (Limbo Starr, 2001)”, alberga El ángel Simón una brillante y desconcertante aproximación a su figura paterna, una soberbia emancipación post mortem.

Luego, por suerte, y como casi todo, se pasa. Descubrimos que la única servidumbre es la que nos pagamos a nosotros mismos y loamos al buen padre –como Héctor Abad Faciolince en su tierno y justo El olvido que seremos– antes de convertirnos en padres y llenarlo todo de canciones pastel como las que compusieron Lennon, Dylan o Radiohead.

Menos mal que hay odas a los hijos cargadas de humor y maldad –como la de Guy Delisle en Le guide du mauvais père–, si no tanto exceso de buen sentimiento paterno nos haría vomitar.

guia-del-mal-padre-02

Pd.- La traducción de la canción de Arnaud Fleurent Didier “France culture” ha sido realizada por el propio autor del texto.

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