De Mazinger Z a Peppa Pig

Por Ignatius Batelmo

¿Qué hay de nuevo, viejo?

(Bugs Bunny, Looney Tunes)

Cuesta asumir el paso del tiempo. Nos hacemos mayores y los reductos nostálgicos de nuestra memoria surgen con más fuerza. Denominarnos como “generación xennial” a los nacidos entre 1977 y 1983 es el nuevo invento de los sociólogos modernos empeñados en clasificar a todo homo sapiens. Toda una generación EGB que creció viendo dibujos animados de diverso pelaje y que ahora ejerce la paternidad frente a otro tipo de audiovisuales. Sí, ya somos viejos, Bugs Bunny.

Unos niños que se sabían de memoria la alineación del Newteam (ríete de cualquier MSN o BBC de tres al cuarto cuando en tu equipo tienes a Ted Carter, Paul Diamond o Johnny Mason acompañando a la megaestrella Oliver Atom), unos pipiolos que flipaban con las sintonías de Willy Fog o Dartacán, una infancia que aspiraba a tener Diminutos en casa o encontrase gnomos o pitufos en cualquier excursión. Y es que la nostalgia te lleva a darte cuenta de que ya no harán obras de arte como Dragones y MazmorrasSherlock Holmes o Lucky Luke.

Por lo visto, somos una generación puente entre lo analógico y lo digital y los principales responsables de la vuelta del disco de vinilo. Hemos crecido con dibujos violentos o supuestamente machistas (Mazinger Z, He-ManDavid, el Gnomo, Los Picapiedra) y parece que ahora nos llega la redención con el feminismo de Peppa Pig, el creciente protagonismo de Sky y Everest en La Patrulla Canina o lo gay-friendly que son Los Teletubbies. La realidad es que ni los primeros eran machistas ni los segundos progresistas, sino que sólo han cambiado hacia un discurso más políticamente correcto.

Y no digamos nada de los soberbios pasos que dimos hacia la preadolescencia gracias a  Chicho Terremoto y Lupin III, o con los amoríos de Juana y Sergio, o que conocimos lo que significaba la homosexualidad con Los Caballeros del Zodíaco. Los dibujos, por encima de cualquier película, a pesar de su cuestionable calidad, tenían la ventaja de ir taladrando día tras día el incosciente colectivo del progreso social de lo jóvenes de finales del siglo XX. Un pase a la modernidad.

¿Cómo habremos sobrevivido a nuestra infancia? Los xennial jugábamos al fútbol en la calle (si venía un coche parábamos un momento); nos subíamos a columpios oxidados con un suelo de chinos y no de goma; teníamos pistolas de juguete sin que aquello fuera apología de ningún radicalismo; jugábamos a pressing catch (de verdad), al cielo-cielo-voy, a mosca, al yuyu… una panoplia de formas en las que aplicar la violencia a un inocente nivel infantil.

En la preadolescencia nos sumamos a los videojuegos, pero ya llevábamos un bagaje de juegos callejeros que nos hacían apreciarlos: las canicas, el trompo, el 1X2 que conllevaba pasillitos de collejas, el elástico, el balón prisionero (denominado también “matar”), poli-ladrón, las chapas (de ciclismo o de fútbol),  piola… un maravilloso mundo de rodillas sucias y magulladas y muchas horas de patios.

oliver

La “caja tonta” ha dejado paso a las tabletas que, combinadas con los miedos de los padres del siglo XXI, han cambiado los hábitos infantiles. La televisión, para los que ahora somos padres carrozas, predominaba sobre muchos de nuestros planes. Más de un verano cada día a las 19.55h subíamos a casa corriendo para no perdernos un segundo de Campeones. Sin embargo, hoy día tanto para nosotros como para nuestros hijos la tele ha pasado a un segundo plano; disfrutamos de más opciones audiovisuales que nunca (Netflix, HBO, Youtube, Amazon…) pero ignoramos casi por completo a los medios tradicionales, aunque nos siga indignando que den el Premio Nacional de Televisión a El Hormiguero. Preferimos que ese premio se lo den a Página Dos o a Días de Cine y nos da igual que sean programas que ven cuatro gatos.

La tele ha quedado relegada al directo (acontecimientos relevantes, altercados, atentados y deportes), y a nuestros niños les ofrecemos una programación a la carta, preferentemente en inglés, de dibujos debidamente clasificados por edades en una burbuja autoinfligida para evitar armas, explosiones y comportamientos machistas. Ni Bob Esponja ni las Tortugas Ninja son aceptables para los más pequeños. Y así crecerán nuestras futuras generaciones; esperemos no tener que arrepentirnos.

Como bien dicen los Directores de ‘It’, “de una u otra forma, todos hemos sido niños de los 80 alguna vez en la vida. Quizá por el miedo a crecer, quizá por el miedo a asumir que creces.” Por lo tanto, un único consejo querría dar: dejen que sus hijos disfruten, crezcan felices y canten canciones con ellos.

 

 

 

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