Cuento a 16 manos en 2 actos (1/2)

Por El Listo de la Compra

“Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y considerarme rey del espacio infinito, si no fuera porque tengo pesadillas.”

Hamlet (y Freddy Krueger)

Capítulo 1 de 2

LA DUDA PARALIZADORA

Bajo la lluvia gris, un hombre sin paraguas, con la mirada perdida, deambula solo por la calle. En cada cruce se detiene y duda. Siempre lo hace. Aun para las cosas más sencillas, duda.

Suele nuestro protagonista entretenerse pensando que su crónica indecisión tiene origen en sus problemas, de pequeño, para ponerse los zapatos. Si se los ponía al revés, el derecho en el izquierdo, sus padres le corregían y él estableció mentalmente: “es justo como NO parece”, pero esta regla de poco le servía: nunca estaba seguro de cuál era la postura correcta, precisamente porque debía ser al revés… Un lío.

En los últimos tiempos, sin embargo, ese rasgo de su carácter se ha acentuado más si cabe, y en la universidad donde imparte clases, de todos es sabido, no solo que ha abrazado las modernas técnicas pedagógicas (que antaño despreciara por relativistas), según las cuales los profesores deben ofrecer a sus alumnos más preguntas que respuestas; sino que a menudo permanece de pie, frente a la máquina de café, veinte minutos para elegir entre macchiato y latte.

Sostiene con la mano izquierda un ajado periódico que a duras penas le salva del agua que cae intermitentemente desde el principio del día. Las farolas de la ciudad empiezan a encenderse arrojando sobre su figura un extraño juego de luces y sombras que subraya fugazmente su constante expresión de confusión. El pelo revuelto, una barba descuidada de varios días y unos oscuros surcos rodeando sus ojos. Está muy cansado. Son ya varias noches durmiendo fatal. Su insomnio ha empeorado considerablemente con el tiempo brumoso de mediados de invierno. Se mete la mano derecha en el bolsillo de la gabardina y saca aquello que le dio su mujer esta mañana antes de salir de casa.

No amaina la lluvia pero, por fin, llega a la estación de deslizadores magnéticos, así que se dispone a cerrar el periódico mientras empuja con pesadez la puerta giratoria que le escupiría al otro lado si no fuera porque una chica joven y guapa va a pasar también en ese momento. Él se hace un lío entre el periódico pasado por agua, el regalo de su mujer y la plomiza puerta. La chica joven parece censurarle con la mirada. Vuelve la duda. ¿Qué significa exactamente la expresión de sus inmensos ojos azules? ¿Simpatía o reproche? ¿No estará flirteando con el? Siempre ha sido un estudioso de escasa líbido, pero basta un ligero roce con los dedos de ella para erizarle la nuca. Como un autómata, se inclina hacia ella, atraído por su aroma, que evoca en él, en un nanosegundo, una imagen de lujuría desenfrenada. Nunca habría pensado en tocarla, no sabe qué decir. Ella quizá está asustada, pero acierta a hacerse un hueco y desaparece. Cuando él va a disculparse, ella ya no está.

Ahora duda, y esto le duele, si ¿no será cobardía y no superioridad moral, la fidelidad que siempre ha guardado a su esposa? ¿Por qué esta vez tampoco ha podido siquiera hablar a una chica a la que probablemente dobla la edad? ¿Por qué se siente intimidado por sus estudiantes más atractivas?

Normalmente le gusta sentarse a esperar en el último rincón de alguna cafetería de la estación y entretenerse mirando a los viajeros: imaginar sus historias de reencuentros y despedidas, principios y finales de aventuras… Pero últimamente tan sólo es capaz de urdir las más siniestras conjeturas: esposos que vuelven a casa cargados de regalos y mentiras (siempre de tamaño proporcional), engaños, violaciones y cosas peores.

“Mi felicidad es mentira”, piensa por un instante. Al momento se arrepiente de haberlo pensado.

Su hijo y su mujer son toda su vida. Ella generosa e indubitadamente fiel. Él, 5 años, todavía le idolatra con una inocencia inmaculada. Quizá fuera esa perfección lo que le sacaba de quicio: ambos, como sacados de un cuento nórdico, con el pelo rubio y los ojos rubios y los dientes rubios, como en aquella canción.

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Ligia Elena (min. 4:50)

Son pensamientos absurdos. Objetivamente no tenía razón de ser, su depresión. Su vida estaba muy bien, la verdad. Si no fuera por los terribles dolores de cabeza.

Aunque lleva todo este rato sosteniéndolo (primero aferrado toscamente en el bolsillo; fuera de él, inconscientemente, más tarde) solo ahora se percata de qué le dio esta mañana, antes de salir de casa, su mujer: un paraguas.

– “¡Con razón!”, dice en voz alta.

Piensa en la cara, antes ininteligible, de la joven, viéndole taparse torpemente de la lluvia con un periódico empapado, mientras sujeta absurdamente un paraguas, tan cerrado como un acordeón dormido, con la otra. Siente una vergüenza retroactiva. Realmente algo está mal en su cabeza. Pero, tras tres sesiones, la psiquiatra le despachó con unas medicinas naturales que ahora ingiere a diario para intentar lograr dormir. Tampoco puede ser tan grave.

Mira hacia arriba, al cielo.

– “Hoy estamos los dos grises, compañero”. ¿Duda otra vez? ¿Desde cuándo hablaba… hablaba solo?

Toma una pastilla. “Pastillas para no soñar”, piensa y le viene la mente la canción del mismo nombre, que no recuerda dónde ha escuchado.

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Joaquín Sabina,

El claqueteo de unos tacones le devuelve a la realidad. Una rubia esbelta y perfumada, con un vestido rojo pasa a su lado. Quiere hablar con ella. Demostrarse que puede, solamente. Se levanta buscando una excusa, pero le detiene un violentísimo dolor en la nuca. Le asalta una imagen mental que le lleva a la parálisis… él sujetando unos zapatos de tacón ensangrentados. La rubia desnuda y muerta entre sus manos, con moratones, lágrimas, heridas y la aguja de un zapato en el ojo derecho, sangre por todas partes resbalando…

– “¿Señor? ¿Le pasa algo?”

– “Eso digo yo” dice él, pero sin decir nada. “¿Qué coño me está pasando?”

(CONTINÚA en el CAPÍTULO 2: DESPERTARES)

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