Un inquietante manuscrito colombiano

Por Ignatius Batelmo.

Esas gentes son tan silenciosas y hurañas que uno tiene la impresión de verse frente a un recóndito enigma del que más vale no intentar averiguar nada (H.P. Lovecraft).

En un viaje que realicé a Colombia, tuve la oportunidad de visitar el Museo Municipal de Guane, una pequeña localidad del Departamento de Santander. Fuimos caminando desde Barichara hasta Guane por el denominado “Camino Real”, sin que se sepa muy bien qué monarca pudo transitar por allí. En dicho museo, entre momias en posiciones verdaderamente complicadas para un ser humano, había fósiles, restos arqueológicos y una coqueta biblioteca con libros, legajos y pergaminos de los cuatro o cinco últimos siglos.

En mi condición de experto nacional, me permitieron examinar la documentación encontrada, y me llamó la atención un manuscrito firmado por un tal Doctor Saffray. Lo que me sorprendió es que el amarillento papel tenía un trazo muy nervioso; estaba en francés y adiviné rápidamente que hablaba de poblaciones que tenía previsto visitar la semana siguiente, sobre todo San Agustín, pero que dista más de 850 km. La investigación posterior me llevó a averiguar que la autoría del escrito debía ser de Charles Saffray quien viajó por Colombia a partir de 1861 y escribió un libro, Viaje a Nueva Granada.

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Condiciones de conservación mejorables de la momia del Museo de Guane

He podido transcribir y traducir la mayoría del relato, a pesar de que el estado de la tinta en algunas palabras no me lo ha puesto fácil:

“La fiebre acomete a cada hombre, mujer y niño de cada pueblo, aldea y asentamiento que he encontrado en mi camino desde el río Magdalena. A cada uno la enfermedad le embiste de manera parecida, puesto que todos reúnen síntomas similares que los hacen consumirse cual pabilos de una vela delgada y corta. Las horas se les hacen eternas, dejan de hablar, se corta poco a poco la respiración y cuando parece que la luz de la vida se ha terminado de consumir, se balbucean palabras ininteligibles en un dialecto que parece extranjero o antiguo. Los enfermos de esta rara epidemia pasan varios días postrados, sin volver a una consciencia absoluta, aunque se demoran alrededor de una semana o diez días para fallecer.

 En esta recóndita región, situada entre ricos valles repletos de maizales a unas doce leguas al sudoeste de Pitalito, hay asentamientos que han sido abandonados y los muleteros del pueblo de San Agustín ya no traen a nadie de los municipios vecinos. Hay una inquietud latente que crece día a día y los enfermos que aquí quedan empiezan a ser abandonados por sus familias. La ausencia de médicos que puedan tratar estos síntomas o de alguien que trabaje para encontrar el origen de estos males, acrecienta el miedo de los habitantes de esta tierra, que parecería ser próspera, pero que resulta absorbente, desolada y temerosa.

 Aun a riesgo de que los vecinos pudieran tener indicios para agarrar a este viajero fuera del pueblo, pude hacer en la mañana de antesdeayer una investigación algo superficial sobre algunas incisiones que todos los infectados parecen tener en los pies. He podido hallar restos de Schistosoma mansoni, un gusano parasitario, y de excrementos de Helix pomatia, un caracol. Una combinación de seres vivos que en la práctica científica resulta desconocida hasta ahora. El único sitio donde se encuentra este tipo de gusanos es en lugares húmedos y en charcas o fuentes con el agua viciada. Los caracoles son más comunes pero su relación con los gusanos resulta intrigante.

 Un verdadero doctor buscaría un argumento sólido y concluyente, un razonamiento empírico y basado en unas pruebas irrefutables, pero a ratos este asfixiante páramo de Nueva Granada es capaz de provocar que cualquier facultativo dude no solo de su capacidad y aptitud sino también de su vocación. Sería más sencillo huir sin dejar rastro, ante el fracaso de esta parte del viaje, volver a Bogotá y buscar en las tabernas cercanas a la parroquia de la Candelaria a una sencilla jovencita con apetito de conocimiento. La ausencia de material de laboratorio no es tan preocupante como las miradas desesperadas de los familiares de los enfermos. El silencio resulta tan atronador como una desatada tormenta de la temporada de lluvias.

 A medida que estas líneas se han ido desplegando en este viejo y amarillento papel, la pluma ya no fluye tan rápido como en el resto del relato. Quizás estas conclusiones que estoy a punto de reflejar a continuación dejen de tener sentido en el contexto de la obra, dado que las conjeturas pueden pasar a ser protagonistas por primera vez. No puedo dejar al mismo nivel estas próximas quimeras y quizás ensoñaciones, que las páginas dedicadas a los transportes de Medellín, a las semillas, al azúcar, a las telas fabricadas con pita y cabuya, o incluso a la historia de la fundación de Cartagena y seguir firmando como Doctor Saffray con la reputación intacta.

 La divagación, por ilógica que pueda parecer, debo exponerla para salvaguardar al menos la conciencia, y verificar una conclusión plausible para el origen de la extraña enfermedad, que parece surgir de la combinación de los restos biológicos encontrados clandestinamente en las extremidades inferiores de los pacientes.

 Los túmulos, cercanos a la población de San Agustín, se encuentran en distintas zonas aledañas, algunas de ellas elevadas y otras en el centro de un valle que recibe una multitud de torrentes. En el centro de una zona boscosa se dice que hay una fuente, que los indígenas veneran y donde purifican su alma lavándose en ceremonias chamánicas; se trata de una pequeña hendidura que recoge el agua de los riachuelos que corren desde las colinas cercanas, pero a la que aquellos que no sean yanaconas no pueden ser invitados a acudir. Se mezcla el yagé con las creencias religiosas.

 Ayer hubo una expedición a la fuente a la que me ofrecieron acompañar. Tras una sopesada reflexión, en la que me planteé los peligros inciertos que entrañaba la localización como posible origen de la inaudita dolencia de los vecinos de San Agustín, se impuso mi esencia de investigador y acudí. Nada podía ser tan arriesgado que no mereciera una nueva experiencia. Al menos, esa fue la resolución que adopté.

 Me interné en la selva con el resto de los expedicionarios quienes me llevaron hasta una explanada compuesta por piedras esculpidas y recorridas por canales de agua, la cual, bajo la irregular cubierta de maleza, parecía diseñada por un arquitecto europeo del Renacimiento. Este es el lugar secreto de las ceremonias donde el chamán trae a los ya iniciados yanaconas para celebrar antiguas ceremonias de meditación. La llegada hasta el lugar fue penosa, ya que no existen caminos y la vegetación es densa y profunda. Pero una vez allí la recompensa se hace patente en seguida. La atmósfera se vuelve clara y limpia, y una extraña sensación de paz invade al visitante.

 En los huecos de agua de ese mismo espacio, que funciona a modo de fuente, encontré diminutos seres vivos a los que me acerqué con extremo cuidado, sopesando los antecedentes que se estaban dando en el pueblo. Los restos que extraje aquí, tras un primer diagnóstico, parece que pueden coincidir con los de los enfermos, ya que hay gusanos que recuerdan a los Schistosoma mansoni. Junto a algunos pozos descubrí algunos ejemplares de caracoles. La extraña combinación resulta ahora prácticamente evidente, si se confirmara la primera impresión, pero quedaría demostrar cómo ha crecido ese parásito en torno a las heces de un animal tan sencillo e inofensivo. Y cómo ha podido transmitirse a seres humanos. Y cómo ha podido evolucionar hasta provocar la muerte.

 El hecho de no incluir estas descriptivas líneas en el relato global sobre estas tierras andinas del Magdalena ni en ninguna de las líneas dedicadas al viaje a Nueva Granada, se debe a que se trata de sospechas y estimaciones más bien basadas en supersticiones, relatos y sueños que en ajustadas conclusiones científicas. El ambiente de estas tierras rodeadas de volcanes extinguidos hace años, con árboles milenarios, túmulos escondidos, caminos aún inexplorados, rocas esculpidas con rostros extraños, el hecho de conocer una antigua civilización con unos conocimientos sobre la luz y el agua tan innovadores, me alejan como concienzudo investigador de las realidades empíricas y me acercan a un mundo onírico. Y es que la enfermedad había surgido de aquellos charcos situados entre las rocas de la fuente ingeniosamente concebida. Un lugar que parecía construido para el comienzo de la vida, ¿se habría transformado en todo lo contrario? Un territorio donde el espíritu se tranquiliza, donde el agua que fluye otorga una inusitada tranquilidad al que lo transita, ¿puede engañar los sentidos de manera que sean un presagio de la fatalidad?.

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Túmulo funerario de las ruinas de San Agustín

El que pisa estas tierras ya no es el mismo que llegó a ellas; su espíritu sigue formándose, no se frena pero se lleva algo que lo guiará o lo atormentará, pero que siempre estará en algún rincón de su alma.

Termino estas líneas mientras la fiebre me ha comenzado a subir, y ahora sé que las piedras que forman la fuente del Lavapatas quizás no contengan el origen de la vida, como piensan los vecinos, aunque tras lo que he observado esta mañana sí sabré que pueden ser la raíz de la muerte”.

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