Una mera formalidad.

Por J. Lump

“Vuelva usted mañana”

Mariano José de Larra

Soy un enamorado de los tebeos de Astérix. Disfruté (y sigo disfrutando si me da por releerlos) de todas sus aventuras. Siempre pensé que de los dos nombres que aparecían en la portada de cada historieta el realmente importante era el de Uderzo, el dibujante, el que se curraba lo difícil. El resto eran solo letras. Me di cuenta de mi error cuando leí los cómics que ya no tenían la firma del auténtico genio de esta pareja francesa: René Goscinny.

Sería incapaz de decir cuál de todas las historias de Astérix es mi preferida. Tampoco tengo por qué hacerlo. Me quedo con todas. Pero hubo una que llamó poderosamente mi atención la primera vez la leí: Las doce pruebas de Astérix. El formato era distinto al resto. No eran viñetas al uso sino una narración con uno o dos dibujos por página. Después de mucho investigar (E. Asensio dixit) descubrí que era la adaptación en formato álbum de una película de animación del mismo título que se había estrenado años atrás. De ahí que tuviese ese diseño, con fotogramas de la película. Me divertí mucho viendo como Astérix y Obélix parodiaban los trabajos de Hércules: la carrera que gana Astérix gracias al doping; el lanzamiento de jabalina; el enfrentamiento contra el alemán karateka; el atracón de Obélix en el restaurante de Mannekenpix (lo de los nombres de los personajes merece un capítulo aparte); etc. Sin embargo, una de las pruebas me desconcertó mucho. No me hizo mucha gracia y no terminaba de entender a qué respondía: la casa que te vuelve loco, se llamaba. Una prueba aburrida y desesperante en la que acaban mareados entre ventanillas, formularios y papeleo.

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No me equivoco si afirmo que ninguno de ustedes habrá tenido que pelear contra gladiadores en el Circo Máximo, ni habrá cruzado un río de cocodrilos sobre una cuerda invisible. Pero creo que todos, sin excepción, en algún momento de su vida han tenido que superar esa horrible prueba: la casa-que-te-vuelve-loco. Yo sí. Demasiadas.

Nuestra condición de ciudadanos nos obliga continuamente a relacionarnos con infinidad de administraciones. Al desenvolvernos en cualquier esfera de la vida estamos obligados a cumplir la ley. Estas obligaciones implican en muchos casos ir a ese, en apariencia inocente, lugar y rellenar formularios, pagar tasas, firmar papeles… Hasta ahí todo bien. Correcto. Necesario. Puedo soportarlo. Mi derecho termina donde empieza el tuyo y para eso debe existir un control y ceder parte de nuestra intimida, pagar un precio para que todos podamos convivir felizmente, etc.

En los últimos meses, por motivos que no interesan, he tenido que ir varias veces a la casa-que-te-vuelve-loco. A pesar de ser consciente de lo necesario que es, no logro evitar un pánico escénico cuando tengo que cumplir con determinados trámites. Pienso que se trata de una mera formalidad administrativa, que tengo que llevar unos papeles a un sitio, pagar una determinada cantidad y fin de la historia. Tranquilo. Te has visto en peores situaciones.

Cuando me enfrento a este reto, como en otros aspectos de mi vida, soy extremadamente organizado. Pido la cita on-line correspondiente para ir, si es posible, a primera hora de la mañana y llego con más de media hora de antelación. Leo con lupa todos los documentos que tengo que presentar y cargo mi carpeta con los originales y cinco fotocopias de cada uno. Incluyo, además, fotocopias a dos caras, a una sola cara, en varios tamaños, a color y en blanco y negro de mi DNI, del libro de familia, del carnet de conducir, de mi carnet de donante de sangre y de varios recibos domiciliados; todos los formularios cumplimentados y firmados por todos los miembros de mi familia. Todo por quintuplicado (¡larga vida a la Administración electrónica!). Me llevo mis propios bolígrafos. Uno de cada color del arcoíris. Dinero en efectivo (billetes y monedas), tarjetas de débito, de crédito y talonarios de cheque. Folios en blanco, tacos de post-it y tijeras. Varios clips y una grapadora pequeña.

Pero siempre. Siempre me falta algo. Es increíble. Creo que huelen mi miedo porque suelo llegar aterrorizado. Cada paso que doy es como una prueba de Astérix en sí misma. Cuando por fin me siento delante de uno de los inquilinos de esa casa-que-te-vuelve-loco el terror se apodera de mí. Tiemblo al ver como comprueban los papeles que entrego. Los observan uno a uno. Con detenimiento, con el celo de un restaurador de arte. Ahí están, a la búsqueda de un error, del documento ausente. Cuando lo encuentran, veo cómo brillan sus ojos y cómo, lentamente, y saboreando cada sílaba me espetan:

 “Te falta fotocopia compulsada del formulario B-612. Tienes que pedir cita on-line, cruzar la Tierra Media, encontrar el bosón de Higgs y que te lo firme la Emperatriz Infantil. Luego puedes volver. Pero tranquilo, si vienes rápido no te haré esperar la cola de nuevo”.

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Y ahí es cuando me derrumbo. Los nervios se apoderan de mí. Empiezo a balbucear, a lamentar mi mala suerte y contarles lo desgraciado que soy. Les doy un trato aristocrático y les suplico que me dejen mandarle el formulario por internet. Algunos se apiadan de mí. Otros, sedientos de sangre, observándome desde su atalaya como el ser insignificante que soy para ellos dan por finalizada la conversación con el clásico “no me permiten hacer eso”.

En el trato al ciudadano/cliente, la normalidad se ha convertido en excepción. Las veces que alguien, al otro lado de la ventanilla, me da los buenos días, me mira a la cara y tiene un trato correcto (que no amable; correcto, sin más), vuelvo a casa pensando que me han tratado como a un cliente VIP en un resort de cinco estrellas plus con extra de queso. Son tan bajas mis expectativas que cuando eso sucede acabo como Renée Zellweger en Jerry Maguire“you had me at hello!” y siento la necesidad de abrazar a alguien y romper a llorar de la emoción.

Las veces que he logrado finalizar el trámite y regreso a casa con la misión cumplida siento que no hay mayor éxito que el mío. ¿La llegada del hombre a la luna? ¿La electricidad? ¿Internet? ¿Los mejillones en lata? ¿Pintar la capilla Sixtina? ¡Menudencias! Me imagino a la prensa en la puerta de mi casa, las portadas en los periódicos con mi gesta, tuiter incendiado erigiéndome como un nuevo héroe, rompiendo el anonimato, trending topic durante 6 meses, @norcoreano haciendo chistes sobre mí y Donald Trump llamándome para ser su jefe de prensa, como poco.

Mi triunfo dura poco, no pasará mucho tiempo hasta que vuelva a tener que enfrentarme de nuevo con una mera formalidad administrativa. Ojalá Astérix pudiera acompañarme.

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2 comentarios en “Una mera formalidad.

  1. Maravilloso. Una de mis películas favoritas de pequeña y la única prueba que realmente recuerdo, supongo que también me marcó. Siempre lo he recordado como una exageración, pero ciertamente a veces se parece a la realidad.

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