Odisea (y II)

Por E. Asensio

La primera parte, Odisea (I), aquí.

CHAPTER FOUR. EL TAXI DE “MOROVER”.

Reclutar los servicios de “Morover” no fue tan fácil como parece. El servicio de TELETAXI belga suele tener la cortesía de hacer esperar a sus clientes en torno a los veinte minutos de reloj de arena.

Durante la tensa espera, y con ánimo de suavizar un ambiente cuanto menos erizado, Mr. Oscar, propuso la siguiente idea que trascribo literalmente:

-“Oye tíos, y si nos echamos unas cervecitas, aquí de buen rollo”.

Si bien en cualquier otra situación imaginable, su propuesta hubiera sido acogida con los brazos abiertos, esta vez, una simple mirada de sus acompañantes valió para deshilachar su propuesta, y es que la terrible odisea empezaba a hacer mella en su sus protagonistas, sobre todo en un Monsengnieur Asensio que comenzaba a tener la mirada perdida.

El primer trayecto dirección depósito a bordo del taxi de “Morover” no estuvo exento (como era de esperar) de múltiples incidencias. Un denso atasco colapsaba el núcleo financiero de Bruselas, y una ambulancia estacionada en oblicuo se sumó a la fiesta. El taxímetro parecía una ruleta. Era tal la tensión que se padecía en el habitáculo, que “Morover” no tuvo opción. Impulsado por una fuerza sobrehumana, se lanzó a los raíles del tranvía con el único objeto de alcanzar más rápido el punto de destino. No quiero ni pensar si le da al tranvía por pasar en ese momento.

Otro juego de estrategia del Profesor Valdivia hizo ganar unos minutos. Según su estudiado sistema, M. Asensio permanecería en el taxi, mientras él y Mr. Oscar se dirigían al depósito a recuperar el contrato. De esta forma se aseguraba la permanencia de “Morover” en el batallón, ya que sus servicios ni mucho menos habían concluido. Así fue. Al menos esta misión parcial había sido un éxito. Ahora de nuevo a recorrer Bruselas de cabo a rabo y atascada dirección a la Comisaría, donde el agente “foca” debería entregar ahora, sin más contratiempos, el venerado certificado administrativo.

En la puerta de la comisaría se repite la jugada. “Morover” y Asensio en el taxi como hermanos y Mr. Oscar y Valdivia a por el certificado, no sin antes asistir al caso estrella de la comandancia aquella mañana, una prejubilada al borde del desmayo por el repentino fallecimiento de su caniche. “Otra vez al depósito, por favor” se le comunica al taxista. “Morover” flipando. El taxímetro… por las nubes.

 Tras llegar de nuevo al depósito y afrontar casi con cheque la cuenta del taxi, los “tres mosqueperros” no podían creerlo; tras pagar una sustanciosa cantidad a las arcas belgas, encantadas con nuestra fructífera visita, ¡¡¡por fin teníamos el coche!!! “Llenar el tanque y devolverlo, llenar el tanque y devolverlo”, pensaba Monsengnieur como un autómata.

Fue en ese punto, cuando alguien en el interior del utilitario sugirió:

– Oye ¿nos lo llevamos a Maastricht?

No hubo respuesta.

CHAPTER FIVE. RARA “AVIS”.

Hundido en la parte trasera del coche, pude percibir por unos instantes que la odisea estaba llegando a su fin. Prácticamente no presté atención cuando mis compañeros de viaje llenaban de gasolina el tanque del vehículo. Me pareció escuchar, en la lejanía, que era posible que el crédito de la tarjeta de Mr. Oscar corriera el riesgo de ser utilizado libremente por los belgas. También oí que debíamos rezar para que la empresa de alquiler de coches no tuviera en cuenta el ligero retraso en la entrega, unas tres horas por encima de lo estipulado.

Yo sólo quería que aquello acabara. Alguna sorpresita quedaba en el tintero.

Como era de esperar, la empresa de alquiler no atendió a razones. Menos mal que mis compañeros no me dijeron cuál era el recargo inicial, porque no sé que hubiera hecho. Una cláusula secreta, cómo no en formato letra pequeña, determinaba que el montante a ingresar por la demora ascendía a 592 euros. ¡¡¡592 euros!!! Me hubiera vuelto para España. ¡¡¡Lo juro!!!

Según palabras de Valdivia, muy entero durante toda la vorágine, el empleado de AVIS, compadecido ante nuestro brutal testimonio, realizó una jugada maestra y engañó al ordenador reduciendo la cantidad a 40 euros, que qué quieren que les diga, a esas alturas, me sabían hasta a poco.

Tuvimos que sentarnos en el suelo de la estación para digerir lo acontecido, exhaustos, y luego acudir a un lugar de comida basura para digerir algo de alimento, ausente durante toda la odisea.

Comunicamos también el fin de nuestra tortura a las tropas aliadas, personalizadas ahora en las figuras de Sir Alfon y Miss Bottle.

En ese momento, y haciendo un verdadero esfuerzo, vi el lado positivo de todo aquello. La experiencia me había servido para maldecir Bruselas durante un largo tiempo, su policía, sus taxis, ¡¡¡todo!!! Pero también para conocer mejor a  las personas que tenía enfrente. Tenía que reajustar mi estudiado presupuesto para Maatricht, pero había ganado confianza con ellos. No todo podía ser malo, ¿no?

Pero todavía, en el fervor de la noche, cuando me levanto sobresaltado y cubierto de sudor, oigo una y otra vez esa vocecilla, esa vocecilla que repite sin descanso:

“Oye troncos, y si nos pilláramos un coche para el finde de Bruselas. Nos sale de puta madre…”

FIN

Los tres mosqueperros
Los tres mosqueperros

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