El pueblo y los perros

Por Baldrich.

Era una mañana luminosa y calurosa de verano. A pesar de todo, habíamos decidido hacer una excursión de subida al San Cristóbal, con mis padres y hermanas. Este cerro es la cota más alta de la provincia de Huelva, con más de 900 metros sobre el nivel del mar, situada en el Parque Natural de Sierra de Aracena y Picos de Aroche.

Allí se instaló un repetidor de televisión en los años 60, culminando un objetivo político de la comunidad de la sierra de Aracena, para solventar los fallos repetidos del que había en Guadalcanal (provincia de Sevilla). Presenta una ubicación excelente, desde donde se domina parte de la  provincia de Huelva, hasta la ría de la desembocadura del Tinto y el Odiel, y se ha convertido con el devenir de los años en una ruta habitual y pintoresca de senderismo y rutas ciclistas. Ocasionalmente, se cubre de nieves en invierno, y era un anhelo antiguo descubrir en sus estribaciones, por algún alcalde nostálgico deseoso de reconocimiento, un remedo de las Grutas de las Maravillas cercanas.

Salimos del pueblo, Almonaster la Real, término municipal donde se encuentra el cerro, hacia las 10 de la mañana de un día de Agosto de 1993. El camino transcurre en zigzag con una escalada constante. El suelo es de tierra firme y transcurre al inicio de la ascensión junto a un castañar, mientras que está salteado de piedras de posible origen volcánico, que también cubren la cumbre de riscos. Más adelante, unos muros de piedra contornean un bosque de encinas y de alcornoques, propio de la sierra de Aracena. Abundan las jaras rizadas en las veredas del camino y los helechos en la zona cercana al riachuelo que atraviesa en invierno esta zona del parque. En las cercanías se adivinaba la presencia de ganado, sobre todo ovejas y cabras, por los balidos intermitentes que llegaban a nuestros oídos. Huertas de árboles frutales, manzanos, sobre todo, e higueras se descubren en la ascensión.

Todo era divertido. La edad, la ausencia de preocupaciones, el verano, el almuerzo que esperaba en casa de los abuelos, los primos que llegarían pronto. Me dejaba llevar y aspiraba a intentar divisar en la lejanía, en la cumbre del cerro, la ría de Huelva. El día parecía propicio, pues la luz era diáfana y el azul del cielo, inmaculado.

Me creía ya mayor. Empezaba a devorar libros. Había pasado de Enid Blyton a Julio Verne, aunque aún me divertía Tim, el perro de los Cinco. En mi cabeza el último que había leído, Los Cinco en el cerro del contrabandista. No imaginaba en ese momento lo que iba a suceder. No notaba el cansancio de la subida. A mis 13 años me gustaba presumir ya de la fuerza que iba adquiriendo. Mis hermanas, 11 y 9 años recién cumplidos, me seguían de la mejor manera posible.

En un recodo del camino, a la derecha, se veían dos casas viejas y muy descuidadas. La mañana transcurría feliz; las risas, los chistes, mis patadas a las piedras como buen delantero que era… Al instante, un ruido de ladridos ensordecedor se escuchó. Saliendo de lo que parecía un cercado, un tropel de perros, que adivinaba salvajes, surgió de repente. Una sensación de miedo nos invadió. A mí el primero. Un sudor frío y un palpitar desbocado me hizo temblar. Parecían locos y también fieros. Estaban a una distancia de unos treinta metros de nosotros y los iban recortando rápidamente. Pensé que nos podían devorar. En la subida no habíamos visto a nadie. No podíamos esperar ayuda, y estaba claro que los perros estaban solos, bien abandonados o bien guardando las casas semiderruidas. Veinte metros. El sol estaba en el mediodía. Lejos del pueblo y solos los cinco, como en el libro.

Nos pusimos en fila. Intentando dejar el miedo a un lado, hicimos piña unos junto a otros. Mi padre el primero y luego de mayor a menor altura. Entramos en un mutismo total, calmados por la voz de nuestro progenitor quien pidió tranquilidad. Diez metros de distancia. Pensé que el corazón se me salía del pecho. Los perros venían a nosotros y no teníamos nada con que defendernos. La angustia crecía. Era mi fin, en aquella mañana tan bella, y los abuelos esperándonos con presa ibérica. ¡Con los planes que tenía para ese verano!

Los perros tenían aspecto de fieras: los ojos desorbitados y fijos en nosotros, las orejas desplegadas, enseñando los dientes y ladrando de forma aguda y muy rápidamente unos, gruñendo otros. Y corrían desaforadamente hacia nosotros. Los segundos se hacían eternos. Mi cabeza no hacía más que pensar soluciones.

A lo largo del camino, colocados en fila y distribuidos inteligentemente, ofrecíamos un flanco no fácil de atacar. ¡Quietos todos!, ordenó mi padre. A nuestro alrededor, en el camino, muchas piedras de indudable origen volcánico, y de ángulos agudos, nos podían servir de material defensivo. Nos armamos con ese arsenal y planeamos una concienzuda estrategia de defensa: ¡A la cabeza… y según como vayan llegando!, decidimos.

La situación parecía volverse insostenible, pero no podíamos correr, pues adivinábamos que sería peor y no teníamos ningún refugio disponible. ¡En medio del campo, y atacados por perros salvajes, casi lobos! ¡Vaya día de veraneo!, pensaba yo, colocado detrás de mi madre y con mis hermanas pegadas a mí, nerviosas y llorosas.

Cuando el encontronazo parecía inmediato, mi padre levantó la mano para ajustar el tiro a la cabeza del que parecía el perro alfa, en situación claramente amenazante. En ese momento el jefe agachó el hocico, con el rabo entre las patas y las orejas gachas, y en situación de sumisión total, dio media vuelta llevándose a la manada poco a poco. Con leves gruñidos se encaminaran a la puerta del cercado por donde habían aparecido… ¡La situación no parecía real! ¡Todo había desaparecido en un momento!

Muy despacio fuimos zigzagueando por el camino hasta llegar a la cumbre, llena de riscos. Y desde allí pude contemplar la belleza de la sierra. Sus bosques y sus ríos. Y a lo lejos la ría del Tinto y del Odiel. A donde se encaminaban mis pensamientos, de playa y de juegos.

Pensé muchas veces en lo que había sucedido entonces. Con el tiempo, si miro con perspectiva aquel verano de 1993, que finalizó inopinadamente con la muerte del abuelo, reflexiono sobre la importancia de los gestos en la vida diaria: la presumible violencia de los perros había sido detenida solamente con un gesto, y lo que se presumía una cruenta batalla quedó en un susto sin más.

¿Fue aquello un reflejo de la vida real?

Aquella mañana se produjo un mero acto de autoridad, no de auctoritas. En Derecho Romano se entiende que la auctoritas es la “legitimación socialmente reconocida que procede de cierta sabiduría y que se otorga a ciertos personajes con capacidad ética para emitir una opinión cualificada sobre una decisión, que en consecuencia tiene un valor de índole moral muy fuerte”.

La autoridad, en nuestro idioma hoy día, es la llana y lisa costumbre de la imposición, como la aprendida por los perros, como la que nos intentan imponer.

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