No vuelvas a los lugares en los que fuiste feliz (VI): De guerras, efectos mariposa, desarraigo y rock nacional

Solo los muertos han visto el final de la guerra. 

Georges Santayana. Soliloquios en Inglaterra y soliloquios posteriores 

¿Viste que los padres les cantan y les escriben a los chicos para que se duerman?

¡Yo quiero que se despierten!

Charly García

Por McLovin

[Playlist aquí]

Afortunadamente nunca he pasado por la traumática experiencia de una guerra. Lo más cerca que he estado, de pequeño, fue de la Guerra de Malvinas. Aunque probablemente el filtro de la niñez haya edulcorado todas la tensiones adultas del momento y el hecho de que mi familia se exiliase precisamente ese año me hayan permitido tener otra perspectiva, menos dramática pero quizá más certera. Si todas las guerras son absurdas, esta tenía un cierto plus añadido. Una oscura y decadente dictadura militar que había arrastrado al país a una importante recesión necesitaba recuperar el apoyo del pueblo y para ello nada mejor que reunificarlo frente a un enemigo exterior (hasta aquí de manual). El problema fue que esas mentes preclaras (me encantaría conocer al estratega, aunque a la vista de algunos vídeos de la época, uno puede hacerse una idea del brainstorming) calcularon mal sus fuerzas y eligieron al contrincante equivocado.

El siniestro General Leopoldo Fortunato Galtieri, uno de los hijos putativos del Plan Cóndor -si queréis saber más de la época, y de la relación entre los Chicago Boys, Kissinger, la Escuela de las Américas y las dictaduras varias que trufaron el continente americano desde los 70 os recomiendo la estupenda obra de teatro Shock (El Cóndor y el Puma)-, ordenó la invasión de las islas Malvinas el 2 de abril de 1982 y alcanzó su momento cúspide de (ridícula) gloria efímera el 10 de abril arengando al pueblo en la Plaza de Mayo con su trabada dicción de bravucón aficionado al whisky, probablemente su mayor consiglieri a la hora de tomar decisiones -funestas como esta-: “Si quieren venir que vengan, que les daremos batalla”. Se refería a los ingleses (la población de las islas rondaba las 3.000 almas, en su mayor parte pastores y pescadores aclimatados a las inclementes condiciones de vida de las islas que, como se puede imaginar, junto a los pingüinos y las focas opusieron escasa o más bien nula resistencia inicial). Resucitando un conflicto territorial larvado desde algo más de un siglo pero que hasta el momento a la población le había importado una mierda. Bajo el lema de Patría sí, colonia no se lanzó a un conflicto suicida contando con que la metrópolis estaba lejos y que EEUU se pondría del lado argentino -menos alcohol y más historia….-. En fin. 

Cierto es que la Inglaterra thatcheriana no era ya el imperio de antaño, pero la Royal Navy aún tenía su orgullo. Cuenta la leyenda que fruto del enfrentamiento por unas reclamaciones económicas realizadas por el encargado de negocios británico coronel John Augustus Lloyd ante el gobierno boliviano y la subsiguiente humillación infligida al representante británico, cuando llegó a los oídos de la reina Victoria, advertida de que Bolivia no tenía puertos para que su poderosa escuadra naval los redujera a escombros a cañonazos, habría expresado indignada: “¡Entonces hay que borrar a Bolivia del mapa!” Y fueron borrados literalmente de los mapas británicos. Una damnatio memoriae de los tiempos romanos actualizada al siglo XIX y que demuestra cómo se las gastaban los británicos. Las Malvinas, por el contrario, sí estaban rodeadas del Océano Atlántico. Es decir, que no había casa de apuestas o mente racional que hubiese dado un duro por la decisión de Galtieri, decisión que marcaría la parábola de auge y caída de ese hombre pequeño tras 74 días que culminaron con su destitución (Leopoldo el breve podría haber sido su apelativo en sus ensoñaciones imperiales).

No supieron o no quisieron saber contra quién se enfrentaban y el tema acabó como el rosario de la aurora. Eso ya es Historia, con mayúsculas, que esconde a su vez una intrahistoria conforme al concepto acuñado por Unamuno: una generación de jóvenes sacrificados fútilmente en el altar de la patria a mayor gloria de una banda de matones que acabarían purgando (probablemente no lo suficiente) sus crímenes, aunque eso no devolviese la vida a los caídos absurdamente en combate.

Pero los grandes acontecimientos tienen a veces, por ese famoso batir de las alas de una mariposa, unas consecuencias insospechadas. Fruto de esa mala decisión y obsesionada por la traición norteamericana (que ni con cuatro Johnnie Walkers era imposible prever) la dictadura no tuvo mejor idea que prohibir la música en inglés como represalia (¿otra damnatio memoriae?). Hay que tener en cuenta que estamos hablando de los años 80 y que solo se accedía a la música a nivel masivo a través de la radio y con una todavía incipiente popularización de las cassettes. El país se encerró en sí mismo en otro ejemplo de patriotismo mal entendido que desembocó en una autarquía artificial que solo empezaría a quebrarse con la caída de la dictadura y el retorno a la democracia. ¿Cuál fue el efecto colateral? La revitalización[1] de una potente escena de la música rock en español en el país, que acabaría cobrando una enorme vitalidad, influenciando al resto del continente -con el rock mejicano quizá los dos referentes más significativos, aunque este tenía por razones obvias mayores lazos de cercanía con el rock anglosajón- y extendiendo su influencia hasta nuestro país y hasta nuestros días.

Argentina fue así el primer país iberoamericano que después del entorno anglosajón combinó los diversos géneros derivados del rock and roll (blues rock, jazz rock, pop rock, new wave, punk rock, ska punk, garage rock, rock psicodélico, hard rock y heavy metal entre otros estilos musicales) con elementos locales, desarrollando así un rock de identidad propia, que se dio en llamar “rock nacional”. 

Sin orden ni concierto ni intención de exhaustividad y simplemente desde la memoria de aquellos que marcaron algún momento de mi vida o simplemente me emocionaron en alguna tarde perdida escuchándolos: Leon Gieco, Charly García, Sui Generis, Luis Alberto Spinetta, Juan Carlos Baglietto, Miguel Mateos, Pappo, Los Abuelos de la Nada, Fito Paéz, pasando por Soda Estéreo, Gustavo Ceratti, Los Enanitos Verdes, Los Violadores, Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota, Fabiana Cantilo, Los Auténticos Decadentes, la fusión con Ska y ritmos latinos de Los Fabulosos Cadillacs o los herederos Andres Calamaro, Ariel Roth, Los Rodriguez, Los Piojos, Los Rancheros, Babasónicos, Árbol y una larga lista que se extiende directa (con inmortales en toda la literalidad del término como el viejo Charly[2]) o indirectamente más o menos hasta la actualidad.

Es curioso como algo en origen tan siniestro desembocó en una manifestación artística tan potente, teniendo en cuenta además el carácter contracultural del movimiento rock en sí. Estas líneas no pretenden ser un tratado de rock nacional, sino un repaso a vuelapluma de un brillante fenómeno artístico que marcó una época y cuya onda expansiva llegó también a una intrahistoria muy personal de un chaval de 13 años por aquella época.

Todos los viajes personales marcan de alguna manera, como ya comentaba este mismo autor en otro post. Uno cambia en el viaje, como en el mito de Ulises, y el lugar al que vuelve ya no es el mismo del que partió. El hiato espacio-temporal que provoca la partida abre una nueva “cuerda” en el decurso vital (en el propio y en el de los demás) y la vuelta es la demostración más evidente de la máxima heraclitiana: Uno no se baña nunca dos veces en el mismo río. La vuelta de la democracia (fruto del desgaste ya imparable de la dictadura acelerado por el fallido circo de Malvinas) y la trampa de la nostalgia hicieron que mi familia volviese a un país cambiado, en la enésima oportunidad perdida. Y un adolescente de trece años volvía del centro del mundo (musical y anglosajón) al país de su infancia, que se había autoaislado también de las influencias anglosajonas lo suficiente como para perder muchos de los códigos de referencia generacionales compartidos que marcan el sentido de pertenencia, en un momento vital en que pertenecer lo es todo. En un territorio, como afirma Carlos Boyero, en el que ocurren cosas que perduran para siempre, que marcan el final de la niñez y el arranque de la adolescencia. El choque cultural inicial fue brutal y en algún momento y en ciertos aspectos con tintes de distopía a lo Pierre Boulle. Por suerte, el hombre es un ser social y adaptativo, y ahí estaban los amigos de toda la vida para hacerte la vida más fácil, pero la sensación de desarraigo que esa serie de acontecimientos fortuitos generaron en mí me ha acompañado hasta el presente en el periplo posterior. Y todo por una guerra absurda que perdimos. O no. Porque como dice el chiste, cebándose en uno de los tópicos con los que se suele definir a los argentinos: ¡Che!¡No!¡¿Cómo que perdimos?!¡¡Quedamos Subcampeones!!

Los intolerantes no entendieron nada. Ellos decían guerra, yo decía “no gracias”. 

A amar la patria bien nos exigieron, si ellos son la patria, yo soy extranjero.

Charly García/Sui Generis

[1] Como bien me puntualiza un amigo lector, el rock argentino ya había despuntado en los 60 con figuras como Litto Nebbia, Billy Bond, Sandro y los de Fuego, Almendra, Manal, Moris, Pappo o Pedro y Pablo, entre otros. De hecho, su influencia sobre el rock español (de Miguel Ríos a Barón Rojo) se puede rastrear a mediados de los 70 con aquella primera oleada de exiliados a España (Moris, Aquelarre, Roque Narvaja).

[2]  En 1983 Charly García acudió a la ciudad de Mendoza para dar un concierto. En el hotel Aconcagua donde se alojaba sufrió un ataque de ira (o de pánico, según las fuentes) y acabó destruyendo la habitación. Este hecho fue el germen de su famoso tema Demoliendo Hoteles. Diecisiete años después, en ese mismo lugar, protagonizó uno de las anécdotas más recordadas del rock argentino: Se tiró desde su habitación en el noveno piso para caer en la piscina del hotel. A día de hoy sigue vivo. Genio y figura. 

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