Nueces

Por Roberto Ago.

He woke up, the room was bare

He didn’t see her anywhere

He told himself he didn´t care

Pushed the window open wide

Felt an emptiness inside

To which he just could not relate

Brought on by a simple twist of fate

(“Simple twist of fate”, Bob Dylan)

Su relación se había terminado aquel verano. Desde entonces no se habían vuelto a ver.

Ahora Jaime se encontraba circulando con el coche por las calles desiertas de una urbanización de las afueras de Madrid, tratando de encontrar el chalet a donde ella se acababa de mudar. Giró a la derecha, cambió de marcha y enfiló una calle en cuesta con casas unifamiliares a ambos lados. Irguió la cabeza por encima del volante y, entrecerrando los ojos, intentó leer los números de los portales. Cuando encontró el suyo, se echó hacia un lado y aparcó.

El chalet estaba construido con un estilo de arquitectura moderna, paredes encaladas de blanco y tejado gris de pizarra. Tenía dos pisos, un garaje con puerta de hierro negra y un pequeño jardín en frente del porche. Un pastor alemán ladraba en la casa vecina y daba vueltas en torno a la verja. A pesar de los ladridos, le pareció un lugar tranquilo, agradable.

Llamó al telefonillo y al instante se movieron las cortinas de una de las ventanas. A los pocos segundos, se abrió la puerta y salió su gata.

– Hicimos lo correcto, ahora veo las cosas con mayor claridad- dijo Laura mientras colocaba la bandeja del café encima de la mesa del salón. – Cuando estás en medio de todo, es difícil percibirlo. Pero ahora empiezo a tener certezas-.

Laura parecía más joven de lo que era. Él lo atribuía a que era una chica delgada y de rostro dulce. Llevaba un pantalón vaquero de color azul claro y una camisa blanca. Por el hombro le asomaban las cintas de un sujetador negro. Se había recogido el pelo haciéndose un moño alto con una goma elástica.

La luz del atardecer entraba por el gran ventanal. Era una luz todavía clara, que inundaba la habitación. El salón era amplio, espacioso, con sillones grandes de color crema, una mesa central de cristal donde habían puesto el café y una mesa comedor de madera negra en una de las esquinas. Pocos muebles. El televisor de pantalla plana, algunas películas… Aún quedaban cajas por desembalar.

Laura se sentó en el sofá y cogió la taza de café entre sus manos. –Y, ahora, la vida continúa. ¿No crees?-

Jaime se fijó en sus dedos, en sus uñas claras.

-Claro que sí- respondió con firmeza. –Nos habíamos vuelto muy egoístas. No tenía ningún sentido seguir así-.

Sí, pensó, habían hecho lo correcto. Llegó un momento en que su relación había sacado lo peor de cada uno de ellos, su lado más miserable. De lo contrario, ¿cómo se explicaban todas aquellas discusiones durante el verano? Sí; él también lo pensaba, aunque le había dolido que ella lo afirmara con tanta rotundidad.

Es cierto que su relación con Laura se había tornado imposible o, al menos durante los últimos tiempos, había llegado a convertirse en algo verdaderamente desagradable. A pesar de ello, le dolía que a lo largo de la relación él hubiera tenido que tomar todas las decisiones importantes pues eso, en cierto modo, le cargaba con todo el peso de la responsabilidad.

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A modo de protección, durante aquellos días le dio vueltas a un pensamiento que le procuraba cierto consuelo: una cosa era poner fin a una relación y otra, muy diferente, acabar con esa misma relación. Sin duda él había sido el artífice de lo primero, pero respecto a lo segundo, las culpas debían repartirse.

Y por eso se encontraba allí, porque las cosas habían sucedido de una manera razonable. ¿No? Ambos habían sido culpables y víctimas. O, mejor dicho, como ocurre en la mayoría de los casos, no podía hablarse de víctimas o culpables, pues ninguno de los dos había intentado hacer daño al otro.

Con un saltó ágil, la gata se subió al sofá tumbándose a su lado y se puso a dormitar. Claro que lo conocía. Habían sido muchos años. Le acarició el cuello por detrás de las orejas.

– ¿Y ahora qué haces?- preguntó él. ¿Qué tal en el despacho?

– Estabilidad total, ya sabes. Pero tampoco ha dado tiempo a grandes cambios. Ángel es un buen jefe. Los conozco y me conocen. No me dan guerra y me pasan casos interesantes. Los juicios me siguen gustando. A veces, hasta tengo que viajar a pueblos de la zona y eso también me divierte. Coger el coche…

-¿Por dónde viajas?-.

-Por los alrededores de Madrid. Muchas veces por pueblos cercanos a la sierra. En realidad tengo que ir a las ciudades, como Segovia, Aranjuez, Alcalá… Pero intento aprovechar y dejarme caer por los pueblos de la zona. Miro las tiendas de artesanía del lugar, compro productos típicos, pan, bollos… Trato de oxigenarme-.

– Me dijeron que te quedaste finalmente con el coche de tu padre. Era un buen coche-. La miró.

-Sí…- asintió. –Me quedé con él, la vieja tortuga dormita en el garaje-.

Le vino a la mente la última vez que montaron en ese coche. Fue poco después de que muriese el padre de Laura. Fueron a visitar su tumba al cementerio. Llevaban un ramo de flores.

Entonces se saltó un semáforo, o lo pasó con rapidez mientras estaba en ámbar, no recordaba bien. El caso es que Laura le increpó y la discusión posterior dio lugar a una de sus peleas más amargas. Se dijeron cosas. Quizás no fuera su culpa, pero ahora recordaba todo ello como un gran error por su parte. Laura salió del coche llorando. Continuó llorando mientras se dirigían a la tumba de su padre. Se cruzaron con gente que no parecía sorprendida, pues al fin y al cabo se encontraban en un cementerio. Curiosamente, su llanto cesó mientras colocaba las flores sobre la lápida, auque después, en el coche, de vuelta a casa, comenzó a llorar otra vez, sin interrupción. Jaime preparó algo de cena, pero Laura no quiso tomar nada esa noche. Se dio una ducha y se metió directamente en la cama.

Al día siguiente se despertó muy tarde.

Probablemente en la mente de Laura flotaban también los mismos recuerdos, pues, sin quererlo, se había producido un silencio incómodo entre ellos. Bebieron los dos de sus tazas de café. Jaime miró a su alrededor. Resultaba extraño estar ahí. Un lugar diferente, desconocido, junto a una persona que conocía tanto.

Laura se reincorporó. -¿Cómo están tus padres?– le preguntó. -¿Continúan con la idea de comprar aquella parcela, la gran añorada?-.

-Sí, sin duda- contestó Jaime, contento de poder conducir la conversación a un tema menos conflictivo. -Mi padre no parará hasta que pueda ampliar la finca. Fíjate que hasta ha dibujado pequeños planos en los que ha hecho una distribución de las plantas y árboles que va a plantar. Ya le conoces-.

-Seguro que lo conseguirá- dijo con confianza Laura. –Una cosa que me gustó siempre de tu padre es que tenía proyectos sobre los que se volcaba con todas sus fuerzas. Nunca ideas vagas-.

-Sí; él es así. Los pies siempre sobre la tierra- dijo Jaime dando un sorbo al café.

-¿Y tu madre?-.

-Como siempre. Apoyando a mi padre en todo-.

 – Qué suerte, ¿no?-.

Antes de ir a casa de Laura, le había dado una vuelta a una serie de temas sobre los que podría hablar con ella durante aquella tarde, precisamente para evitar que la conversación fuese lenta o forzada. O que pudieran volver a los eternos reproches.

Laura cogió el paquete de cigarrillos que había encima de la mesa y encendió uno.

-¿Continúas con tus clases de cerámica?- dijo Jaime sonriendo.

La cara de Laura se iluminó con la pregunta. Uno de sus sueños había sido trabajar el barro y hacer figuras. Un amigo de su padre, que vivía cerca de ellos, tenía un torno y una especie de horno casero que había construido él mismo. En su infancia, Laura pasaba las horas ayudándole en las tareas sencillas e incluso empezó a moldear algunas figuras. Pero nunca se había puesto con ello en serio.

Ese verano, cuando ya era evidente que su relación estaba muy deteriorada, tuvo noticia de un taller donde se impartían clases de moldeado y se apuntó.

-He hecho progresos enormes- le dijo con una gran sonrisa. –Ahora soy capaz de hacer piezas cada vez más complejas, y también hemos aprendido la técnica de pintura. No te lo creerás, pero estoy empezando a hacer mi propia vajilla. Bueno… -dijo rectificando- lo cierto es que estoy a punto de terminarla-.

-Somos un grupo majo- continuó. –Gente tranquila, con ganas de pasar un rato agradable. Sin complicaciones-.

Dejó la taza del café en el sofá y se levantó –Mira, ven-.

Recorriendo el pasillo de suelo de parqué y fueron a la cocina. La gata los siguió, luego los adelantó y ágilmente se subió a la encimera. Curiosamente, la cocina había sido decorada de una manera, como decirlo, tradicional; como si fuera una cocina de un pueblo de montaña. Los muebles eran de madera, antiguos, aunque estaban en buen estado. Las ventanas que daban al jardín, estaban adornadas con cortinas de cuadros sujetas por cintas azules. El contraste con el resto de la casa, adornada de manera moderna, incluso minimal, era asombroso.

– Sí, nadie se espera esta cocina- le dijo adivinando el pensamiento. –Pero a mí me gusta. Tiene su encanto-.

Abrió el armario que estaba situado encima del lavabo y empezó a sacar una batería de platos de diferentes tamaños. Los puso unos encima de otros y los colocó encima de la mesa de la cocina. Él los iba extendiendo de manera ordenada, como si estuvieran preparando la mesa para una gran comida.

Los platos eran de colores mates, pintados en acuarela. Los había verdes, naranjas, amarillos, azules pálidos. Verdaderamente era una vajilla completa. ¿En tan poco tiempo había podido hacer todo eso? Había vasos, tazas, tazones, platitos de café, ensaladeras, cucharas a juego, todos ellos diferentes, pero todos compartiendo un mismo diseño.

Cuando terminaron de colocarlos todos, apenas quedaba hueco libre en la mesa. Ahí podían comer casi doce personas. ¿De dónde había sacado Laura la energía y el tiempo para construir todo eso?

-Vaya, enhorabuena- contestó él. -Realmente estoy impresionado-.

-Muchas gracias. La verdad es que me ha llevado un montón de trabajo. Muchas horas. Es algo de lo que puedo decir que estoy orgullosa-.

-¿Y cómo los has ido creando?-

-El  proceso es lento, pues hay que dar forma a cada una de las piezas, cocerlas, pintarlas…; y procurar que todas las piezas tengan un mismo tamaño. Todavía me falta hacer algunas piezas y pintar otras. Las tengo en el taller. Pero, como ves, el trabajo está bastante avanzado-. Se le notaba la satisfacción al decirlo. –Es un proyecto como cualquier otro, y me está gustando completarlo. Lo repite continuamente el profesor en clase: No siempre grandes metas. De vez en cuando también metas modestas que podamos alcanzar-.

– Sin complicaciones- dijo Jaime.

-¿Cómo?-

-Nada, lo que dijiste antes. Que en clase de cerámica todo va bien, sin complicaciones. Y así todo es más fácil, ¿no?-.

-Sí, supongo que es así-.

Una melodía comenzó a sonar en el salón.

-Es mi móvil- dijo Laura. –Dame un minuto-.

Se dirigió hacia donde sonaba la música, pero interrumpió bruscamente sus pasos, se dio la vuelta y abrió un cajón que había al lado del frigorífico. Lo abrió y cogió un objeto redondo de color marrón. Lo puso encima de la mesa donde habían colocado la vajilla.

-Mira, es una nuez de cerámica- ahora te lo explico. Voy a coger el teléfono.

Sostuvo el objeto entre sus manos. ¿Qué era eso? Lo balanceó en su mano. Era sorprendentemente pesado para el volumen que tenía.  Estaba muy bien hecho, pues parecía totalmente una nuez. Hasta el color se asemejaba mucho al de las cáscaras de las nueces.

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Oía a Laura hablando en el salón.

Estaba cerrada, la nuez, pero tenía un pequeño resorte, una especie de gozne que permitía abrirla como se abren las cajas donde se guardan las joyas. Parecía un cofre. En su interior, igual que los pequeños joyeros, la nuez estaba revestida de un fieltro azul oscuro muy elegante, y vio que, sujeto por un pequeño cordel, había un papel diminuto enrollado al estilo de los pergaminos antiguos.

Lo sacó y lo empezó a desenrollar con cuidado. No quería romperlo. El papel, aunque pequeño, era grueso, y parecía estar hecho en piel. Era realmente un buen trabajo. ¿Lo había hecho también Laura?

Cuando terminó de desenrollarlo, lo extendió y vio que ponía, con letras escritas en tinta, dos palabras: ¡ES AHORA! Volvió a enrollar el pergamino, lo introdujo en la nuez y la cerró, dejando sonar un clac. Se sentó en la silla, y esperó. Intentó escuchar lo que decía, pero era imperceptible. A veces se escuchaban sus risas. Miró por la ventana de la cocina y vio que empezaba a oscurecer.

Volvió Laura sonriente, con la gata en sus brazos. Le preguntó si había visto la nuez.

-¿A que es una idea bonita?- le pregunto Laura. –Es de un colega del taller de cerámica- prosiguió. –Ha hecho varias y cada una tiene un mensaje dentro. A todos nos resultó simpático, por eso todos los compañeros hemos incorporado una nuez en las piezas que estábamos haciendo. Fíjate-.

Laura cogió uno de los platos y, efectivamente, en pleno centro pero de manera bastante discreta, había dibujado una pequeña nuez muy parecida a la del colega del taller.

Luego le enseñó los vasos, las cucharas, los cuencos y, en todos ellos, de manera casi escondida, estaban dibujadas esas pequeñas nueces. Era curioso, antes no se había percatado de ello y ahora podía verlas en todas partes. Como una invasión.

-No es más que un guiño, pero nos resultó divertido- comentó Laura. Fue una forma de hacer grupo dentro del taller. Una especie de hermandad con un símbolo propio-.

-Realmente está muy bien- repitió –estoy muy impresionado-. Hacía calor en la cocina. Se acercó al fregadero, cogió un vaso y abrió el grifo.

Miró a su reloj. No era especialmente tarde. Tampoco tenía ganas de irse. Pero habían quedado en que simplemente tomarían un café.

-Venga, te ayudo a recoger toda tu obra- dijo con energía. –Luego tengo que irme. He quedado- mintió.

-Muy bien- dijo ella.

Recogieron todas las piezas con cuidado, para que no se estropeasen ni se descascarillara el esmalte. Él se las acercaba y Laura las metía en el armario. Efectivamente, todas ellas tenían esas nueces dibujadas. Laura metió las últimas piezas y cerró el armario.

-Ha sido un acierto volver a vernos-, le dijo.

En la calle hacía frío. Se había levantado un poco de aire y los setos del jardín comenzaban a mecerse. Entró en el coche, dejo su chaqueta en el asiento del copiloto y encendió el motor.

Laura estaba apoyada en la puerta y le sonreía. Era hermosa. No sabía cuándo volvería a verla de nuevo. Intentó con un solo golpe de mirada analizar su expresión, sus gestos, quedarse con todos y cada uno de los detalles. Le sonrió. Bajó la ventanilla del coche del copiloto y le dijo adiós con la mano. Arrancó el coche y vio como inmediatamente ella se giraba hacia la casa. La gata la esperaba en las escaleras de la entrada.

Unos metros calle arriba, miró por el retrovisor. Ya no había nadie en la calle. Laura había entrado en la casa. En la tranquilidad del vecindario lo vio todo con extraña nitidez. Aceleró unos metros pero inmediatamente frenó con cuidado, giró el volante y detuvo el coche al final de la calle.

Era él quien la había llamado por el móvil. El chico del grupo de cerámica.

¿Cómo habían llegado a esa situación? Le costaba pensar que tantos años de relación pudieran estar terminando así, de una manera tan sencilla.

Un montón de imágenes se le agolpaban en la mente. Le vinieron recuerdos de años atrás y otros más recientes. ¿Fue hace tres años cuando Laura le regaló aquellos guantes? Y lo cierto es que, a pesar de todo, en los últimos viajes no lo habían pasado tan mal. Había habido buenos momentos también.

La urbanización estaba en completa calma. Había oscurecido ya. Las ventanas de las casas de los alrededores estaban iluminadas. A través de las cortinas podía ver siluetas y luces parpadear. Allí dentro había gente.

Miró de nuevo por el retrovisor. Le cegó el reflejo de las luces blancas de un coche que apareció al principio de la calle. Era un coche grande, de esos antiguos. Circulaba lentamente, muy pegado a la acera de la derecha. Pasó por delante de la casa de Laura sin pararse. Cuando llegó a su altura, vio una pareja de ancianos en su interior.

¿Qué hacer? Podía esperar un rato hasta que él apareciese. No obstante, el aire de fuera era húmedo, llovería en cualquier momento y el limpiaparabrisas izquierdo no funcionaba nada bien. Cogió un trapo de la guantera y salió del coche. Limpió el cristal delantero. Efectivamente, las gomas del limpiaparabrisas estaban gastadas.

Caminó hacia el contenedor de basura que había en la acera de enfrente y tiró el trapo. La urbanización estaba bastante bien cuidada. No había basura por las aceras. Y seguramente habría algún colegio por la zona. Era un buen sitio para vivir.

Volvió al coche frotándose las manos en los vaqueros. Tenía que darse mucha prisa. Debía estar en casa antes de que empezara a llover.

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