Hamburgo y Lübeck.

 Cuaderno de bitácora

Por Ignatius Batelmo

A menudo los signos externos, visibles y tangibles, y los símbolos de la felicidad y el éxito aparecen cuando, en realidad, todo eso comienza a decaer…; es más, no aparecen hasta entonces.”

(Thomas Mann, Los Buddenbrook).

Día 1. Jueves.

El viaje ya ha empezado mal. Ha habido dos bajas antes de comenzar. Razones de salud, razones laborales… siete años ya sin conseguir reunir a los 8 expedicionarios en un mismo viaje. La moral está en horas bajas.

La llegada a la ciudad del norte de Alemania tampoco ha sido para tirar cohetes: lluvia incesante, frío, viento y pocas almas por la calle. Bienvenidos al Norte. El invierno no se ha ido. El paseo de aclimatación no ha servido para subir los ánimos. 

La cena en el restaurante Parlament, en los bajos del Rathaus de Hamburgo, sirve para girar las tornas: brindis con cervezas en un marco incomparable, un recuerdo a los caídos y a planificar los tres días de batalla. La noche ha continuado con un concierto de jazz en las Torres Danzantes, un paseo por las animosas calles de Sankt Pauli y una cerveza junto a la juke box del mítico e inclasificable Silbersack para disfrutar de unas cervezas Astra.

Quedan días por delante, por lo que es mejor irse a casa a una hora prudente.

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Día 2. Viernes.

La mejor decisión en una ciudad tan plana como Hamburgo es alquilar bicicletas. Ya no llueve y el sol sale tímidamente; es hora de desayunar en el Amber Café y de lanzarse a pedalear hacia la Hafen City.

Con las bicis se llega antes a todas partes y el buen tiempo anima nuestras fotografías. La primera parada ha sido la mastodóntica y preciosa Elbphilarmonie, un impresionante edificio de Herzog & de Meuron, donde la arquitectura te atrapa inmisericordemente. Por los alrededores, encontramos apartamentos de lujo en la zona chic de la ciudad y luego pasamos a los antiguos almacenes de Speicherstadt, que, junto al edificio Chilehaus, son Patrimonio de la Humanidad.

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El paseo ciclista nos lleva al tan agradable Lago Alster y luego a dar un paseo caminando por el parque Planten un Blomen y a tomar el sol, ya por fin radiante, en la terraza del jardín botánico de la Universidad. La primavera trompetera ya llegó. Para comer hemos tirado de un clásico alemán, aunque más bien bávaro: codillo, salchichas y cervezas bien surtidas en Höfbrau.

Tras una reconfortante siesta, por la tarde concierto de órgano y ascenso a la torre en la iglesia de Sankt Michaelis; las mejores vistas de la ciudad para recargar las pilas ante la tarde-noche que tenemos por delante. Sin solución de continuidad, hemos visitado al club más carismático de todo el país, el Sankt Pauli FC y hemos llegado a la zona más auténtica del barrio, en los alrededores de Wohwhill Strasse (Malasaña); impresiona el contraste  entre esta parte del barrio y la famosa Reeperbahn (Magaluf) separadas apenas por una diminuta iglesia llena de niños haciendo la primera comunión.

En la zona más malasañera del barrio brillan los pubs, las tiendas de discos, se bebe cerveza en la calle, mientras que en la zona hortera de las luces de neón hasta la estatua del quinto Beatle está fuera de lugar. Ni que decir tiene que este grupo se siente más cómodo en la zona de vida más callejera. Y allí nos quedamos: cena en una terraza en Paulinenplatz (restaurante italiano Giovanni Rocco), primera copa en Toast Bar, segunda copa en Dschungel (en el antiguo Matadero) y visita a la terraza del Cloud Heaven’s donde coger un poco de aire pijo y conversar sobre si el hombre ha llegado realmente a la luna; luego ya bailoteo y chupitos en el semiclandestino Clockers, un pequeño bar, con buena música, gente guapa y decoración chulísima; todo un descubrimiento.

Para terminar la noche, tras indagar qué sitio nos iba a proporcionar las dosis de fiesta que precisábamos, nos dirigimos al indie Molotow: dos salas, un patio para descansar, y temazos de los 90 y la primera década de este siglo. No hay que dejarse impresionar porque el portero lleve chaleco anti-balas.

La vuelta a casa, de dos en dos, es un monumento al compañerismo y a la verdadera amistad (en lugar de irte a dar una vuelta en bici al puerto, vete a dormir), mientras el amanecer nos ha sorprendido luminoso.

Día 3. Sábado.

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Tomamos las bicicletas para ir a la magnífica estación central de Hamburgo y luego nos dirigimos en tren a Lubeca (Lübeck), en un trayecto muy ameno de apenas 40 minutos. Patria chica de los Buddenbrook de Thomas Mann, Lübeck es una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, enriquecida desde la Edad Media como un núcleo esencial de la Liga Hanseática y que fue adquiriendo importancia artística hasta el siglo XIX. Sus encantos catedralicios, las casas medievales, las puertas amuralladas, la exhuberante naturaleza, las calles empedradas la convierten en una ciudad para dejarse llevar. Además, hemos tenido la suerte de que este sábado se ha producido un encuentro nacional de bandas de música universitarias, por lo que todos nuestros trayectos han tenido banda sonora marcial de fondo.

Hemos devorado una deliciosa hamburguesa y degustado un fantástico zumo de frutas en Leo’s Juice & Burger. Luego, nuestro paseo de la tarde nos ha llevado a regodearnos con las vistas de las ciudad y hemos terminado con un té helado en las tumbonas de una terraza junto al río Trave, determinando cuántos países del mundo han recibido nuestra grata presencia.

¡Oh, maldicha mente obtusa que no supo apreciar los encantos de este maravilloso enclave del Báltico y que osó mofarse de este destino! Cuán atrevida es la ignorancia. Sin duda una parada obligatoria, que nada tiene que ver con los que la equiparaban a Villaverde de Madrid.

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El tren de regreso ha estado dominado por el ya famoso “Chiringuito de Lübeck”. Dos sujetos han impedido la siesta de sus compañeros de vagón con una interminable conversación futbolística, repasando desde los obligados fichajes de verano de Madrid y Barça, a las alineaciones de la selección española en la Eurocopa de 2008 o los goles de Villa en el Sporting y el Zaragoza.

Las bicis nos han recibido cariñosamente en Hamburgo y nos han desplazado hasta el puerto. La masiva afluencia de hamburgueses los sábados por la tarde en esa zona de la ciudad (cuando hace buen tiempo) nos han hecho aparcar las bicicletas y dedicarnos a pasear, mientras contemplábamos las magníficas vistas del segundo puerto más grande de Europa, o una rave vespertina con música electrónica bajo un puente en el FischmarktEsta ciudad tiene de todo, pero el agua, el río Elba y sus canales, le dan una personalidad y una atracción difíciles de explicar.

La cena la hemos hecho en horario mediterráneo (muy tarde) en un restaurante Paulaner, en Grossemarkt, donde la conversación más destacada ha girado en torno a la vida y obra de un famoso galán granadino, toda una eminencia. Las fuerzas de los expedicionarios, en esta tercera noche empiezan a flaquear y ha sido sumamente complicado concitar a todo el grupo en torno a volver a salir.

Sólo cuatro valientes se han lanzado a un nuevo barrio: Sternschanze; si Hamburgo es la ciudad más fiestera del país, entonces Sternschanze es lo más cool de Alemania. Unas cervezas en Le Fonque han servido para palpar que la integración racial está ampliamente consolidada. Y otras cervezas en mitad de la calle, mientras un grupo de universitarias ponía y bailaba su propia música gracias a un altavoz portátil gigante han hecho las delicias del grupo; tanto que, a pesar de las bajas perspectivas con respecto a la noche, se ha animado de nuevo hasta límites insospechados.

Primero con la visita a un antiguo búnker de la II Guerra Mundial, hoy convertida en la mejor discoteca de la ciudad: Übel und Gefährlich. Dos salas, mucha tralla, poca conversación, mucho “te voy a hacer bailar toda la noche”.

Y más adelante, los dos últimos reductos del grupo aun han tenido arrestos para acercarse de nuevo a Molotow a terminar la noche en la fiesta del patio, al aire libre, mientras amanecía y cantaban desde lo más profundo de sus gargantas “Ça plane pour moi”.

Día 4. Domingo.

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La resaca del último día la pasamos paseando por el mercadillo de Grossemarkt o las calles de tiendas en su calma dominical, para terminar el paseo en el cuidado museo Kuntshalle, una oda al buen gusto entre el Romanticismo de Caspar David Friedrich, el impresionismo de Degas o Monet, el cubismo de Picasso o Braque y el arte moderno de Paul Klee o Munch; la mejor manera de despejarse.

Al salir, en la puerta del museo, un grupo de quinceañeros, chicas sobre todo, pasan su domingo entre coreografías musicales a medio camino entre un flashmob y “Fama”, en el que ejercemos de improvisados ristos mejides.

Ya toca despedida. TAC en Ruta concluye su XI edición, con más bajas de las que inicialmente previstas, pero también con mucha más diversión de lo meramente soñado.

Muy bien jugado.

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