Descubriendo Indonesia (II): Lecciones de un volcán.

Por Daniel Fumero.

Si en la primera parte de nuestro recorrido por Java visitamos Yakarta y la histórica ciudad de Yogyakarta, ahora cogemos un vuelo hasta Surabaya, al este de la isla, que nos acerca a una dimensión que, desde el primer día que pisamos Java, quisimos vivir: los grandes volcanes. Son muchos, tantos como agujeros de ese cinturón de fuego que es la isla. Encendidos, vivos; cautivadores.

Y temibles. Sus gentes, así lo comprobé cuando tuve que negociar el transporte desde Surabaya al hotel desde el que subir al Bromo, cambian el gesto cuando se les pregunta por los volcanes; por su enorme belleza, que traducen en temor; por su continua actividad, que entienden como destrucción. Esa actitud es evidente a pesar de estar acostumbrados a un reciente boom turístico y a las constantes solicitudes de recomendaciones para hacer la mejor visita. Sin duda el Gunung Bromo ha contribuido a acrecentar ese sentimiento reverencial. De hecho, este mismo año 2016 el Bromo sigue recordando a los javaneses su vigor y poder.

El paisaje cambia de modo radical conforme nos alejamos de Surabaya en la carretera que nos lleva a Pasuruan, ciudad que atravesaremos camino de nuestro objetivo. Conforme nos acercamos al Bromo Tengger Semeru, parque al que pertenece el Bromo, el paisaje se hace más agreste. Y nos fijamos en que la fisonomía de la gente también cambia con el paisaje.

Llegamos a los pies del volcán, a uno de los pocos hoteles de la zona. Y sí, las caras y vestimentas de las buenas gentes que pueblan las aldeas del Parque no son las que dejamos en Surabaya. Ni en Java Occidental. Parece que nos hemos teletransportado, durante nuestras breves siestas impuestas por el continuo balanceo del Toyota, a la América andina. Pieles más bronceadas; arrugas marcadas, seguramente a causa de los sobresaltos del Bromo; ponchos que alivian una temperatura que parece ser ajena a las que esperas en esta isla. Sólo cuando nos dan la bienvenida los niños apostados junto a la entrada del hotel, que nos miran fijamente, ratificamos que no han sido tantos los kilómetros que creemos que hemos recorrido. Seguimos en la grandiosa Java.

A la mañana siguiente nos despierta una niebla y una humedad que nos recuerda que estamos a los pies de una cadena montañosa esculpida a fuego. Tras concertar la visita al volcán desde el hotel, en un 4×4, el conductor nos avisa, en un inglés más gestual que sintáctico, que el éxito de nuestra visita dependerá de manera importante de la niebla que rodee el conjunto. Porque realmente el macizo Tengger, que cede el nombre al Parque y en el que se encuentra el Gunung Bromo es eso: una corona de volcanes en un entorno inhóspito, realmente bello.

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Y, efectivamente, tal y como auguró nuestro simpático conductor, la primera etapa de nuestra cita con el Bromo no es del todo exitosa, pues la niebla baja no permite intuir más que la base del volcán desde una pequeña meseta frente al Bromo. Y, menos aún, podemos ver la perspectiva del conjunto coronado por el Semeru, un clásico de las fotos del lugar.

Pero poco nos acordamos de la niebla cuando afrontamos la segunda etapa de la visita, que consiste en abordar el volcán, desde la misma base y a través de unas escaleras que llevan a los visitantes al mismo cráter.

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Sólo puede calificarse de impresionante la vista de los alrededores del Bromo, en los que caballos recorren al galope la distancia desde la carretera a la base de la escalera. Las estelas de polvo que se levantan tras los animales dan a la escena un tinte espacial, cósmico.

Cuando alcanzamos el cráter respiramos profundamente para recuperar el aliento, lo que no es del todo una buena idea si consideramos que el azufre, agitado por el viento, enrarece el ambiente. Pero nada puede perturbar la vista del cráter, majestuoso, amenazador. Repentinas columnas de gases escalan desde un fondo que no se intuye, hasta los numerosos curiosos que estamos apretados en una delgada y no muy segura pasarela. Y nos envuelven. La niebla termina de dar ese aspecto inhóspito al cuadro. Giramos la cabeza mirando hacia abajo y, como un hormiguero en el que cada habitante aporta el fruto de su trabajo, la hilera de gente que asciende por la escalera al volcán parece no tener fin.

Impresionados por la visita y reconfortados por la idea de que el Bromo siga latente, comenzamos a pensar en la siguiente etapa: el Kawah Ijen.

Si el Bromo impresiona por ser un conjunto monumental y vivo, el Ijen lo hace por su fuerza. Y por lo que esconde y de vez en cuando deja ver.

Recorriendo la distancia desde el hotel al aparcamiento base de la meseta del Ijen, descubrimos aldeas de montaña en las que los arrozales y los cofetos suponen los cultivos que sostienen de manera importante la economía del lugar. Pero no únicamente.

Desde el aparcamiento hasta el cráter, situado a unos 2.800 metros de altitud, hay cerca de una hora y media de camino con una pendiente bastante pronunciada en todo su recorrido. De vez en cuando, mientras resoplamos por la humedad, el calor y, desde luego, el esfuerzo, nos topamos con los porteadores de azufre. Uno tras otro. Porteadores que cargan sobre sus hombros enormes piezas de azufre solidificado en cestas que descansan sobre sus hombros. Extasiados nosotros, nos volvemos para ver el descenso al trote de estos héroes. Y nos miramos. Hay cierta sensación de culpabilidad tras un breve examen de conciencia: nosotros llevamos la guía, agua, la réflex y poco más. Y aunque pese, nuestro ascenso es cómodo. Volvemos a encontrarnos con otro porteador. Tragamos saliva. Él nos sonríe.

Si bien el camino arenoso está flanqueado por bolsas de basura, que locales y turistas arrojan donde sea, el paisaje sorprende. A cada metro que ascendemos, acompañados por ratos de neblina, nos regala nuevas perspectivas. Hasta llegar a una especie de cabaña, donde descansan algunos foráneos y donde vemos que también recalan los porteadores. Allí pesan la carga de azufre que lleva. Tanto pesa, tanto ganas. Carga de una materia que mata y da la vida. Y nos sonríen al pasar.

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El viento, cambiante a cada rato, mueve cortinas ascendentes de gases, de olores fétidos y colores amarillentos. Y entre las sacudidas puedes contemplar el impresionante lago azul en el cráter. Llegamos a la cumbre del Ijen, donde un estrecho camino marcado por las huellas de porteadores y turistas es la única pasarela para la visita. Un mal resbalón y será la suerte la que diga si caes al lado exterior del cono volcánico o al cráter, con ese azulado, mágico e hipnotizador lago que, cual sirena, llama a sumergirte en sus engañosas aguas sulfurosas.

Y a tu lado pasa otro porteador, cargado y sonriente. Con la sola ayuda de un pañuelo se protege de los gases, mientras los turistas usan las máscaras 3M de última tecnología. Nos queremos hacer una foto con una de estas mulas humanas, sopesando la humanidad de la propuesta. Preguntamos y, gustoso, uno de ellos asiente. Es más: nos dice que repitamos la foto por si ha salido mal la instantánea. No podemos sostenerle la mirada porque el viento arrastra azufre. Pero él repite, cargado. Tragamos saliva.

Ya en el descenso, después de haber visto uno de los lugares más mágicos que puedan ser visitados en la Tierra, en la misma cabaña que vimos al subir, preguntamos por la historia de estos héroes. “Sólo queremos darles un futuro mejor a nuestros hijos”, nos responden con una sencillez extrema. “El sueldo es mucho mejor que el que pudiéramos conseguir recolectando café”. Y sí, son conscientes del peligro de su trabajo, hasta confesarte con una sonrisa en la boca, que ninguno de ellos vivirá más allá de los cuarenta o cuarenta y cinco años, con suerte. Pero sus hijos irán a la universidad. “Si son buenos, a alguna de Europa”, añade.

Continuamos el descenso hasta el aparcamiento base. En silencio. Porque no dejamos de dar vueltas en nuestra cabeza a distintas soluciones para mejorar esta situación. Para mejorar las condiciones del que es considerado el peor trabajo del mundo. Es la mínima humanidad y la caridad las que nos obligan, al menos, a cuestionarnos esa situación. Pero, como si nos leyeran el pensamiento, nos han reprendido diciendo que no; que no quieren máquinas que sustituyan sus maltrechos hombros. Sus hijos nunca irían a Europa, si fuese así.

IMG_1797Java me ha dado muchas lecciones. De historia, religión, cultura o gastronomía. Pero, sin duda, la que cargué en la mochila, al lado de la réflex, descendiendo del volcán, es la que pretendo no olvidar nunca. La lección de los héroes del Kawah Ijen. Estos héroes olvidados no son sino padres que quieren para los suyos lo que queremos cualquier padre para nuestros hijos. Y que nos quejamos por horarios, atascos, carga de trabajo… Pero pocas veces he tenido que tragar saliva por la vergüenza que siento al creer que, los del día a día que vives, son los peores problemas de la humanidad. De mi humanidad.

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