Descubriendo Indonesia (I): Java

Por Daniel Fumero.

Conoce lo que te ayuda a progresar y lo que te detiene, y elige el camino que te lleve a la sabiduría (Buda).

Java
Isla de Java. Etapas de nuestra primera parte del viaje.

Las noticias lo refieren, cuando nos dicen que este año se batirán récords. Los anuncios nos reclaman premura para que salga más a cuenta. Nuestros pensamientos avistan ya lo que, sin duda, es merecido. El verano está a la vuelta. Y organizar las vacaciones se convierte en una de esas gestiones en la no nos cuesta invertir esfuerzos. Otra cosa es el presupuesto, pero con lo que se cuente, que compense.

Descubrir nuevos horizontes siempre es enriquecedor, sin duda. Séneca, tras dejar su etapa de vida pública, se dedicó a explorar y decía que “viajar y cambiar de lugar revitaliza la mente”. No hace falta abandonar ninguna etapa ni, menos aún, acabar como el filósofo romano, pero quedémonos con esa verdad y apliquémosla.

Y en esas, hay destinos que, aunque muy lejanos, bien merecen el esfuerzo. Sin duda, Indonesia debe estar en esa lista.

Con más de 17.000 islas, el país del sudeste asiático atrae por su variado paisaje, por naturaleza, por su gente y por su cultura. Bien deberíamos hablar de sus paisajes, naturalezas, pueblos y culturas, pues en este este territorio tan vasto pocos singulares hacen justicia. Si dividiésemos en ocho el diámetro de nuestro planeta, Indonesia ocuparía uno de los octavos. Para hacerse una idea.

Aunque hay varias posibilidades para aterrizar en Indonesia, dependiendo del tipo de viaje en que se haya pensado, llegar a Java es una buena opción. Y se ha hecho más sencillo (otra cosa es calificar la operación como económica), a pesar de los casi 13.000 los kilómetros que separan España de la capital indonesia, Yakarta, en la isla de Java. Las rutas aéreas que comenzaron hace no muchos años uniendo Europa y el sudeste asiático, vía Doha, Bangkok o Dubái, hacen que el viaje sea menos fatigoso que en otras épocas, en que podían ser necesarias hasta tres escalas.

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Yakarta. Foto: Daniel Sagalyn. @www.pbs.org

Preguntando a un expatriado español afincado allí sobre la dimensión de esta mega urbe, contesta que la población podría variar entre los casi diez millones de habitantes oficiales hasta otros tantos, dada la migración constante desde otros territorios y la falta de un censo creíble. Pero qué más da si es una exageración. Eso no nos importa ahora para nuestras vacaciones.

Sí nos sorprende la vitalidad de esta ciudad, a la vez que destacan los contrastes entre zonas, consecuencia propia de una urbanización descontrolada derivada de una economía en expansión y de la incapacidad de acoger las hordas de allegados que llenan sus autopistas y calles. Bajo las imponentes torres de cristal y aluminio de las delegaciones de las multinacionales y de los bancos de inversión, las chabolas se multiplican por todos lados, formando un peculiar skyline, completado por los minaretes de las numerosas mezquitas. Es conocido el dato de que Indonesia es el país con más población musulmana del mundo. Y la isla de Java la que mayor densidad de población posee. No sorprende, por tanto, el perfil característico de Yakarta.

No obstante, si por nuestro presupuesto o por el tiempo con que contamos debemos seleccionar destinos en la isla de Java, no dedicaría mucho tiempo a la capital. Yogyakarta puede ser nuestra inmediata y siguiente parada. Y merece una estancia algo más reposada.

En sentido figurado, en sí misma es otra isla, ya que esta provincia es el único sultanato que queda, muy a pesar del gobierno estatal.

Llegar a Yogyakarta es relativamente fácil y no tiene por qué ser caro si se elige la opción del avión, altamente recomendable por muchas razones. Desde Yakarta Air Asia (low cost) o Garuda Indonesia vuelan a la ciudad por un precio asequible, sobre todo la primera.

Entonces, ya a bordo, se puede descubrir por qué Indonesia (en concreto, Java) pertenece al llamado “cinturón de fuego”: entre nubes, se otean varias fauces que apuntan rogantes al cielo. Algunas dormidas. Otras al ralentí. ¡Que así sigan!

Lo primero que descubrimos al aterrizar en Yogyakarta resulta obvio: cantidad de motos en sus calles.

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Vista de los volcanes desde el vuelo de Yakarta a Yogyakarta

 Las vemos por miles, hasta el punto que no dejan hueco sobre el asfalto. ¡Y mejor verlas venir! Se hace difícil no hacer fotos en ráfaga, apuntando a esos ciclomotores que transportan a toda la familia y a lo que a su vez, cada miembro lleva en mano. La siguiente instantánea supera la anterior. Además del rugir de miles de motores de 49 cc, el hecho de que siempre y por cualquier maniobra toquen el claxon da un encanto al caos que no siempre entiende el carácter occidental; aun el español.

Sin detenernos en lo relativamente asequible que resulta en los hoteles de la ciudad descubrir el merecidamente calificado como “lujo asiático”, Yogyakarta es un enclave histórico y de tamaño medio, en el que visitar el conjunto palaciego o Kraton es obligado. Lees en la guía que sigue siendo la residencia del sultán de Yogyakarta. Y te sientes trasladado a otra época. Casi a otro planeta, pues los cuadros y fotos amarilleadas que cuelgan de las paredes de las estancias muestran a miembros de la familia del sultán con unas orejas descomunales. Tal es su tamaño, tal es el poder. La corona, es un añadido.

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Vista de un pabellón en el Kraton

A propósito, la gestión como espacio de difusión del Kraton sería un verdadero reto para alguien que perteneciera al cuerpo de funcionarios de conservadores de museos: es caótico. Con encanto, pero caótico.

E insisto, Yogyakarta rezuma historia. Y calor. Al intenso bochorno le hacemos frente como mejor sabemos y botella de agua en mano camino, precisamente, del Castillo del Agua o Tamansari, próximo al Kraton. Este camino, no muy largo, puede (debe) hacerse en becak, la versión local y sostenible del tuctuc.

Tamansari nos ofrece un conjunto de mediados del siglo XVIII donde la familia del sultán, que sí que resulta ser de este planeta, también hacía frente a la canícula de Yogyakarta. Parcialmente destruido por un terremoto, no obstante ha sido convenientemente reconstruido, mostrando una miscelánea bien ordenada de piscinas, jardines y pequeños edificios y donde la mano de la arquitectura europea se hace evidente.

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Templos de Prambanan

Una excursión igualmente obligada desde Yogyakarta es el conjunto de templos hinduistas de Prambanan, a unos 20 minutos de la ciudad. Es recomendable visitarlo después del mediodía y hasta el atardecer, lo que agradecerán las innumerables fotos que allí hagamos, dada la luz del ocaso y el juego de sombras que cada uno de los templos del conjunto vierte sobre los otros.

Tras pagar la entrada, cuyo precio es muy distinto para locales y extranjeros, podremos visitar el interior de algunos de los templos, ataviados con un casco protector del que convenientemente nos hacen entrega al principio de la cola (ésta también distinta para los extranjeros). Merece la pena tener a mano la guía; o negociar, con paciencia, una visita guiada; salvo si se tiene buen conocimiento de las deidades hinduistas, cuyos magníficos relieves y bajorrelieves decoran las paredes de los templos.

De vuelta a Yogyakarta, podremos concluir esta estación base en Java Central con una excursión a Borobudur, monumental estupa piramidal; y, por su tamaño, el templo budista más importante del mundo.

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Panorámica de Borobudur

Se levanta, colosal, sobre un frondoso valle que también queda definido por el Merapi, uno de los imponentes volcanes que riegan (de verdad que lo hacen cada poco) con su fuego líquido esta región. Si viajamos a Java en verano, es altamente recomendable la visita a Borobudur al amanecer, pues la salida del sol sobre el valle y el templo se produce, justamente, sobre el cráter de la montaña viva, aumentando hasta lo indecible la magia del momento.

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Vista del volcán de Merapi desde Borobudur, al amanecer

Esta tempranera visita es muy típica entre los turistas y una oferta clásica de los hoteles de la zona. Y, no obstante la congregación de fieles (y no tan fieles), uno se siente único y señalado por esos primeros rayos de sol, entre las efigies de Buda, que parecen dibujarte una sonrisa y darte la paz que tanta falta nos hace a todos.

Vale la pena, aquí también, la guía de un local, que dará sentido a la disciplinada visita circular del conjunto, ascendiendo hasta alcanzar el Nirvana.

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Buda y estupa, en Borobudur

Reconfortados, podemos ahora prestar más atención a esos volcanes que salpican la isla de Java. Iniciaremos, así, nuestras próximas expediciones al Monte Bromo y al espectacular Kawah Ijen.

Antes, repongámonos y cojamos fuerzas.

 

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