La droga del pueblo

Por Ignatius Batelmo.

¿En qué se parece el fútbol a Dios? En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales (Eduardo Galeano).

El deporte debería ser algo bonito, divertido, liberador, para practicarlo solo, en familia o con amigos. El deporte debería ser una competición sana en la que se persiguiera con ahínco mejorar las marcas poco a poco, anotar más puntos, marcar más goles. El deporte lo siguen y lo practican personas que tienen inquietudes más allá de la práctica deportiva. Pero el deporte mueve mucho dinero; hay mucho interés mediático y, por lo tanto, mucho interés social.

Estamos ya cansados de oír la repetitiva milonga de que el deporte es algo pulcro y sin mancha partidista, sin ninguna ideología, y que nunca, bajo pena de abrasiva condena social, deben imponerse criterios políticos en los principales eventos deportivos. Las voces se hacen casi unánimes cuando se ve una estelada, se pita un himno, se enseña una camiseta palestina, un jugador recorta su camiseta o hay un minuto de silencio que no se respeta. Y no se trata de algo meramente español. Ocurre en todas partes.

Que no nos tomen por ingenuos: mezclar deporte y política ha sido algo tradicional en el último siglo. Mussolini  ya comenzó en la Copa del Mundo de fútbol de 1934 comprando a los árbitros de cara a conseguir que Italia fuera la campeona para mayor gloria del fascismo. Y continuando con mundiales de fútbol y regímenes militares, en 1978 en Argentina ocurrió algo muy similar con el régimen de Videla, siendo bastante sospechosa la victoria en semifinales sobre Perú por un contundente 6-0, en un partido en el que tenía que vencer por más de 4 goles para llegar a la final.

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Luz Long haciendo el saludo nazi, tercero en la final de salto de longitud de Berlín’36, junto a Naoto Tajima (2º) y Jesse Owens (1º), haciendo el saludo militar.

En los Juegos Olímpicos ha habido muchos más ejemplos de injerencia política, ya incluso desde su creación por los griegos como fórmula para sustituir a la guerra. En los de Berlín de 1936, la Alemania nazi de Hitler hizo una pública demostración de poder de primer orden, aunque el hecho de que ganara Jesse Owens, un negro norteamericano, a un ario alemán en las pruebas de velocidad no debía ser la propaganda buscada. Adolf Hitler se retiró del palco antes de tiempo para no tener que darle la mano siquiera.

Y esta influencia casi enfermiza del poder sobre el deporte ha sido muy activa en cada Olimpiada, hasta llegar a los recientes de Río de Janeiro. Ya no nos extraña cómo los políticos utilizan casi obscenamente la propaganda que les ofrecen lo éxitos de los medallistas. Nicolás Maduro, quizás olvidando la situación cercana a la pobreza de millones de venezolanos, entregó una vivienda a los olímpicos a su regreso de Brasil. Asimismo, el éxito de Ruth Beitia ha sido burdamente reivindicado por sus compañeros de partido.

Pero claro está, los propios deportistas aprovechan sus triunfos o sus fracasos para reivindicar causas colectivas y a lo largo de la historia hay ejemplos muy sonados. En los Juegos de Río Feyisa Lilesa, maratoniano etíope que fue medalla de plata, entraba en meta haciendo el gesto de encadenado en referencia a la opresión que sufre su familia y su etnia en su país de origen. Teme por su vida y no ha vuelto a casa. Pero su familia sigue allí. En el lado opuesto, el judoca egipcio Islam El Shehaby negó el protocolario y respetuoso saludo al israelí Or Sasson que le derrotó, inspirado por sus ideas políticas y por la procedencia del rival, y nunca por motivos deportivos.

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John Carlos (centro) y Tommi Smith (dcha.) haciendo el saludo del ‘Black Power’ junto a Peter Norman (izq.)

Esto ha sido así toda la vida. Tanto por parte de los deportistas, como de los mandatarios. En la lucha por la igualdad racial resulta icónica la imagen del black power de John Carlos en México’68. La historia de los dos norteamericanos resulta tan cautivadora como la del australiano Peter Norman, quien no sólo no se sentía excluido sino que prestó los guantes negros a sus dos acompañantes en el podio, razón por la cual cada uno alza una mano distinta.

Todos disfrutamos también con la película Invictus, la historia real de cómo Nelson Mandela utilizó el equipo nacional de rugby sudafricano, los Springboks, un equipo representativo de la minoría blanca para que pudiera ser también el orgullo de la mayoría negra en el Mundial celebrado en su país en 1995.

Ha habido boicots históricos y globales por la Guerra Fría (Moscú’80 y Los Ángeles’84), y también boicots particulares que incluso dan para historias bonitas. E incluso en alguna ocasión ha sido el deporte el que ha terminado usando la política: Gino Bartali protagonizó una historia de lucha contra la barbarie de la Segunda Guerra Mundial muy poco conocida hasta hace poco. Fue un claro aprovechamiento de su fama deportiva para conseguir un objetivo humanitario. Es imprescindible ver el mejor Informe Robinson publicado hasta ahora:

Resulta mucho más loable esta labor altruista durante un entrenamiento que ver a un político (Presidente del Gobierno) defendiendo a un ciclista en un caso de dopaje. Hay otras formas de actuar para otros presidentes ¿No son estos los que dicen que no debe mezclarse bla, bla, bla…?

El dopaje amparado por el Estado como medio para conseguir éxitos que doten de mayor gloria a la nación se ha demostrado en la antigua RDA y en la actual Federación Rusa. Pero hay muchos más escenarios en los que esta práctica parece evidente, no sólo a través de su promoción directa, sino, sobre todo para ocultarlo. Incluso hay operaciones de maquillaje que se amparan en una supuesta lucha sin cuartel de las autoridades del Estado contra el dopaje y sólo destapan casos de deportes “dopados” (ciclismo y atletismo), pero no entran en casos de dopaje masivo en el fútbol o el baloncesto norteamericano, que son la verdadera droga del pueblo. La ‘Operación Puerto‘ en 2005 fue un claro ejemplo de este maquillaje mediático. Se trata de un caso de utilización política de una supuesta lucha que nunca ha sido real y sin consecuencias jurídicas patentes. Una pantomima. Si quieren un análisis más concienzudo de las implicaciones del inframundo del doping no duden en pasarse por ciclismo2005.com (no sólo trata de ciclismo).

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Xabi Alonso y Zinedine Zidane (2003) / Foto El Diario Vasco

Otro campo a tratar es la exaltación nacional-patriótica que se exhibe en cada evento deportivo  por aficionados y competidores, con banderas, cánticos, declaraciones sobre la majestuosidad de esta o aquella tierra para engendrar una raza superior de hombres y mujeres. Y no solamente deben fijarse en el aspecto más pasional. El deporte es intelectualizado y usado ideológicamente con un inusitado crecimiento, incluso hay gente que cree haber dado con la tecla.

Dado que los futbolistas (como manifestación actual del mito del superhombre) también son personas, parecería evidente que los hay de todas las ideologías. Es irrelevante que voten a uno u otro partido. Lo relevante sería que usen su fama deportiva para defender una u otra posición política y seguimos teniendo variopintas muestras de reivindicación política que bien en el terreno de juego o en sus declaraciones se han posicionado claramente, siendo su opinión más trascendente por su notoriedad pública: de derechas como Salva Ballesta o ultraderecha como Paolo Di Canio; comunistas como Sócrates o Cristiano Lucarelli; nacionalistas que parece que renunciaron a jugar con la selección española como Nacho del SD Compostela y Oleguer Presas del Barcelona.

De ahora en adelante, cuando llegue la final de Copa del Rey sería deseable que no venga ningún botarate a reivindicar que en la mezcla de deporte y política está el demonio, porque es algo demasiado recurrente. Se puede comprender que haya gente a la que no le guste, pero para luchar contra ello, o bien se legisla o bien se actúa reglamentariamente, pero quedarse con la mera charla de bar bajo el amparo de un micrófono es bastante irresponsable, sobre todo en el caso de los políticos.

La postura más pragmática es admitir que muchos seres humanos con inquietudes políticas van a seguir aprovechando la parte pública de su profesión para reivindicar determinadas causas. Ya sea actor, atleta, cantante o dependiente entrevistado en la Puerta del Sol. Y repito, no sólo en España. fidel_y_maradona

El deporte es una expresión más de la vida diaria, y en su vertiente mediática una potente arma arrojadiza. Muchos deportistas se valen de su fama para ser concejales o senadores y los partidos se aprovechan de ellos para conseguir más votos o para una mejor imagen social.

La UEFA es la primera que pretende que los aficionados al fútbol no mezclen expresiones políticas con eventos deportivos. Sin embargo, ocurre en casi todas las disciplinas. Los ejemplos van en contra de la legitimidad de cualquier tipo de medida restrictiva, más allá de aquellas que prevengan la violencia. El aficionado es un ciudadano, y como tal tiene derecho a expresarse libremente, y más en un ámbito en el que el poder político usa el deporte como herramienta para sus fines. En países con gobiernos democráticos, en donde la soberanía es popular, debería haber aún menos impedimentos (siempre que no se ampare la violencia). No obstante, a la hora de certificar qué es lo que incita a ser un bárbaro habría graves discusiones entre el jefe del dispositivo de seguridad y el hincha más reivindicativo.

El deporte no es sólo ese elemento de ocio para los fines de semana, no es simplemente un rato de esparcimiento cerveza en mano durante un Mundial o una Eurocopa. Mueve intereses y dinero, por lo que los representantes políticos van a seguir usándolo como herramienta para lograr sus fines, ya sea directamente o a través de movimientos ciudadanos manejados convenientemente. Somos vulgares marionetas en manos de los cuatro de siempre. Las multinacionales dominan al poder político y éstos, a su vez, hacen campaña para medrar en la sociedad y ocupar más cuotas de poder. Y el deporte es un medio muy poderoso por su gran impacto mediático. En el siglo XXI el deporte pasará muy probablemente de ser el nuevo opio del pueblo, para convertirse en la anestesia permanente del espíritu crítico.

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Estas imágenes de deporte en familia empezarán a escasear.
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