Abra esa maleta, por favor

Por Ignatius J. Batelmo

Si Dios quisiera que el hombre volara, habría sido más fácil llegar al aeropuerto”

(George Winters).

  1. Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), 2010

Control de seguridad en el aeropuerto. Un militar boliviano me da el alto mientras sostiene con suma delicadeza un palo metálico. Sudores fríos recorren mi espina dorsal.

  • ¿Se sirve abrir su equipaje de mano, por favor?

Uf. Introduce el palito en cada recoveco de la mochila durante unos dos minutos. Luego lo pasa por una máquina, y pasa por mis manos un trapito que también acerca a la misma máquina. Una luz verde. Todo OK, podría haber sido peor. Me sella los papeles de aduanas y sigo mi camino.

Avanzo unos metros y me frena en seco otro soldado; tras revisar mi documentación, me solicita que lo acompañe a unas dependencias anexas: los sudores ya son helados. Se trata de una habitación de paredes blancas de pvc, con una mesa y dos sillas, a escasos metros del control de seguridad. Me hacen pasar y cierran la puerta. Me quedo allí solo unos minutos que se me hacen horas. Por fin, un militar, distinto de los anteriores, hace su entrada y me dice que me siente, que tiene unas preguntas para mí. Tras cinco minutos de preguntas sobre el motivo de mi viaje y lo que llevo en mi equipaje me dice que todo correcto. Salgo de allí con la extraña sensación de que aquello aún no ha terminado.

      2. Bogotá (Colombia), 2012

Tras tres semanas en el país cafetero (parte laboral y parte de placer) la vuelta a casa no parecía mal plan. Los controles de seguridad transcurrieron según los tiempos debidos y sin mayores incidencias. De hecho, el vuelo Bogotá-Madrid era el último de una serie de viajes sin la menor complicación: Madrid-Bogotá; Bogotá-Cartagena; Cartagena-Bogotá-Bucaramanga; Bogotá-Neiva y Neiva-Bogotá. Colombia me había sorprendido gratísimamente.

Estaba con mi mujer en la sala de embarque departiendo tranquilamente, puesto que quedaban cinco minutos para entrar al avión. De repente, suena mi nombre por megafonía, me reclaman desde el mostrador; me acerco pensando en un posible upgrade mientras descubro que se acercan dos tipos uniformados de militares. Nada de subir a nada; de hecho me toca bajar: me piden que los acompañe a la parte de abajo del aeropuerto a hacer un control del equipaje. Me despido de mi mujer de lejos, “ahora vengo, no te preocupes” dejándola a ella en cualquier estado menos despreocupada.

Los soldados me acompañan a una especie de hangar bunkerizado. Es subterráneo pero inmenso. Me hacen sentarme a esperar en un lado e intento mandar un sms a mi esposa, pero, por supuesto allí no hay ni cobertura ni ninguna comunicación posible con el exterior. Pasan los minutos y pienso que el avión tendrá que esperar a despegar a que yo esté allí…pero no estoy seguro del todo.

Traen mi maleta, me piden que la abra y que vaya sacando todo el contenido. Todo. Toda-la-ropa-sucia-que-apesta-tras-tres-semanas. Todos los calzoncillos, todos los calcetines, todas las camisas sudadas en el trópico… Todo. Y van examinando una a una cada prenda. Tenía unas zapatillas de esparto: uno de los soldados se dedicó a hurgar en cada hebra con un palillo de madera, dejándolas prácticamente inservibles desde ese momento; las destrozó. El control de mi equipaje fue el más minucioso que he visto en mi vida. Y cuando terminaron, me sueltan:

  • Apúrese y rehaga la maleta que el avión va a despegar.

Apúrese, dice. Despotriqué (por lo bajini) porque la maleta no cerraba, ya que tuve que rehacer el equipaje muy deprisa. Con la ayuda de uno de ellos y sentado encima, lo conseguí. De camino al avión pude hablar con mi mujer, bastante nerviosa e hice entrada en el avión ante la atenta e inquisitorial mirada  del pasaje que parecía recriminarme ser un sospechoso traficante de drogas.

Volví a Colombia, años después, y no me pasó nada.

     3. Santa Cruz de la Sierra (Bolivia), 2013

Tres años después de mi primer viaje a Santa Cruz de la Sierra me tocó regresar a España. En el aeropuerto me acecharon los recuerdos de la primera vez durante el control de seguridad. Esta vez, pasé tranquilamente y llegué a la puerta de embarque sin ninguna incidencia. “La experiencia es un grado”, pensé. Vamos pasando el control de pasaporte, todo correcto, y nos paramos en el finger de acceso al avión. Tras diez minutos de espera, con la impaciencia creciendo por un espacio cada vez más reducido, aparece una pareja de militares con dos pastores alemanes:

  • Favor de dejar su equipaje de mano en el suelo y echarse a un lado.

Los perros pasan arriba y abajo del pasillo humano olisqueando cada bolsa. Todo vuelve a estar correcto. Tras ese pequeño parón, entramos y nos sentamos. Todo el pasaje ya está listo para partir. “Así, sí”, pienso.

De repente suena una voz por megafonía:

  • Les habla el Teniente Policarpo del Ejército de Tierra del Estado Plurinacional de Bolivia. Se ruega que los siguientes pasajeros acudan a la puerta del aeroplano para un examen de su equipaje.

Nombran a dos personas, sí, sólo dos; una chica y yo; cómo no. Mecagüentóloquesemenea. Me levanto, llego a la puerta del aparato, me entregan un chaleco amarillo fluorescente (para que me lo ponga) y me piden que les acompañe. Salimos del avión, pero ya no por el finger, sino por una escalerilla a mitad de la pista, junto al tren de aterrizaje y con el motor encendido.

Bajamos los dos presuntos sospechosos y cinco maletas nos esperan allí, cuatro blindadas plateadas y la mía azul. Nos separan unos diez metros y me piden (con gestos porque no se oye nada) que proceda a abrirla. ¿Allí mismo? Pues sí, allí, en el suelo. La abro y la examinan. Diez minutitos. Por suerte, no encuentran nada y me autorizan a subir de nuevo. Mis conocidos de la reunión de trabajo me ovacionan cual narco que sale de la cárcel.

Y la otra chica, una tal Manuela Escobar, se queda allí abajo, protestando airadamente mientras las puertas del avión se cierran y se queda en tierra con su carísimo equipaje.

     4. Tel Aviv (Israel), 2014.

La visita a la Explanada de las Mezquitas, en una mañana más que convulsa, me dejó sin mucho margen de tiempo a mi llegada al aeropuerto israelí de Ben Gurión. Aun así, me acerqué a realizar el check in y la escasa cola me hizo mantener la calma. Tenía todavía 1h30’ y me iba a dar tiempo a comer. No obstante, un joven de paisano me hizo saber que me había tocado un control rutinario de manera aleatoria y, tras facturar el equipaje, antes de pasarlo por la cinta, tendría que echarle una ojeada y hacerme unas preguntas. No tuve que poner una cara muy convencida cuando, disimuladamente, me enseñó una placa.

Los agentes del Mossad, así de primeras parecen buena gente, incluso un turista más. Le dejas tu maleta abierta, la mochila, te pide los papeles y va preguntando:

  • ¿En qué sitios de Israel ha estado? ¿Era un viaje de trabajo? ¿Dónde se ha alojado?
  • ¿Con quién ha estado? ¿Para quién trabaja? ¿Cómo se llaman sus compañeros de trabajo?
  • ¿Está casado? ¿Tiene hijos?
  • ¿Cómo se llama la conferencia que ha dado? ¿Dónde era?
  • ¿Ha salido a cenar? ¿Qué ha hecho cada día? Tenemos tiempo, descríbame qué ha hecho cada día: conferencias, charlas, visitas

Te repite las preguntas, varias veces. Y luego vuelve a ellas, y les da la vuelta y sigue preguntando lo mismo. Y sigue diciendo que tenemos tiempo. A los 40 minutos de interrogatorio ya empezaba a pensar que ese avión lo iba a perder.

  • ¿Y ha estado en la Ciudad Vieja de Jerusalén?
  • ¿Cuándo?

Ahí estuvo mi principal fallo. Por intentar ahorrar tiempo respondí que sí, que había estado hacía dos días, en una visita guiada que me ofreció la organización de la conferencia, pero omití mencionar que esa misma mañana había visitado la Explanada de las Mezquitas y había evitado por poco los disturbios entre musulmanes y judíos, y claro, yo no sabía que mientras viajaba en taxi hacia el aeropuerto, había habido un atentado.

Tras concluir el interrogatorio (o eso pensaba yo mientras cerraba mi maleta), se detuvo a examinar todas las fotos de mi cámara. Una por una. En las cámaras digitales aparece la hora exacta de cada instantánea y el perspicaz agente reparó rápidamente en que las fotos de la mezquita de Al-Aqsa habían sido tomadas esa misma mañana.

  • ¿No decía usted que en la Ciudad Vieja sólo había estado hace dos días?

Se me entrecortaba la respiración y balbuceé una respuesta:

  • …bueno…sí, esta mañana también me he dado una pequeña vuelta.

Tras más de una hora de preguntas, repreguntas, averiguaciones y examen concienzudo de mis pertenencias, ya estaba seguro de que no cogería aquel avión. Los sudores fríos se tornaron en terror porque me habían pillado mintiendo. Y entonces, aquel espabilado miembro del Mossad volvió a intervenir:

  • Gracias, ya se puede marchar.

El hijo de la grandísima Judea ya se había quedado tranquilo con trincarme en un renuncio. Y me dejaba ir. Tras un poderoso esprín conseguí, menos mal, llegar al embarque, mientras por mi mente discurría toda una serie de hipotéticos sucesos que me podrían haber amargado la existencia por esa tonta manía de ahorrar tiempo.

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