Pesadilla recurrente

Por Ignatius Batelmo.

Un soñador es el que sólo puede encontrar su camino con la luz de la luna y su castigo es que ve el amanecer antes que el resto del mundo (Oscar Wilde).

Avanzas sin parar por un túnel oscuro hacia una luz que te reclama. No corres. Flotas. Suena una música tétrica. Te agarra una mano desde el lado izquierdo, que te empuja a seguir sin parar y mientras continuas por ese pasadizo interminable ves como ella acaba de sacar a un bebé de su cuna y se lo lleva corriendo delante de ti, agitada. No puedes parar y ella se aleja por el mismo túnel con el niño entre sus huesudas manos, con el miedo en sus ojos. Llegas de repente al final, completamente sudado, y el cegador sol no ayuda a que te sientas cómodo. No has ido a recuperar a ese niño, puesto que realmente no sabes quién es. No sabes de quién es, ni qué hacía en aquel capazo. No sabes si debes. La duda te corroe y de repente te despiertas en medio de ese odioso túnel, entumecido y desorientado.

Esta vez caminas lento hacia la luz y de repente un grito desgarrado te asusta por detrás. Te giras y la vuelves a ver con un bebé aferrado a sus manos. Ella mira en dirección a tu mano con los ojos fuera de las órbitas. Te das cuenta de que el cuchillo que llevas es pesado y casi no puedes sostenerlo. Se te cae con estruendo y el eco en aquel espacio negro y de longitud inabarcable te asusta. Estás solo de nuevo y echas a correr con alaridos de desesperación hacia esa salida probable que cada vez parece más lejana. No llegas. No la alcanzas pero recuerdas que la salida da hacia el sol y corres como una exhalación hasta que te despiertas de nuevo en una negrura infinita, con el corazón muy acelerado y sin ninguna luz que te sirva de referencia.

Sabes que debes caminar en alguna dirección, que siempre has conseguido salir de este tipo de situaciones por ti mismo e intentas reflexionar sobre cómo has llegado al dichoso túnel, y sigues sin saber la respuesta. Te pones nervioso y golpeas repetidas veces la pared. El eco retumba de manera creciente hasta ensordecerte y la agitación torna en preocupación, y luego en miedo. Oyes un susurro y un sonido metálico te eriza la piel. Sabes que ella está detrás de ti, pero no tienes arrestos para girarte. No quieres mirar porque sabes que porta a ese pequeño ser al que no reconoces. Gotea sangre de tu mano derecha sobre la hoja del cuchillo que sigue en el suelo, y en cuyo reflejo logras percibir su silueta amenazante. No puedes evitar salir corriendo, pero esta vez tropiezas, caes al suelo mientras un dolor insoportable te recorre el cuerpo. Sabes que ella se acerca y el terror te hace llorar atrapado dentro de la cárcel de tu inmóvil cuerpo. Sigues despierto.

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Tus pupilas se van adaptando a la oscuridad y comienzas a distinguir más sombras que te miran en silencio. Consigues levantarte mientras te preguntas quiénes son. Te diriges a la más cercana, la cual, con un movimiento espasmódico se aleja de ti. Alargas la mano hacia la siguiente sombra humana que se traslada hacia la izquierda. Al seguirla con la mirada comienzas a vislumbrar que lleva algo entre las manos. Y lo mismo le ocurre al resto de personas. Son muchas, demasiadas. Todas van vestidas igual y todas llevan un bebé que alejan de tu sangrante arma blanca, que vuelves a tener entre las manos aunque no te has agachado para recogerlo. Cada mujer con cada niño emprende una huida apresurada hacia la luz. Te dispones a seguirlas e intentas correr, pero pareces un ser inerte por el dolor que te recorre. Inmóvil, entras en un letargo ininterrumpido. Estás muy dormido.

Los ojos se te abren como un resorte; mientras tu cuerpo permanece paralizado por un terror creciente, te das cuenta de la realidad en la que te has visto sumida, aunque no todo ha sido una pesadilla. La herida que te sangra en un costado empieza a ser cada vez más dolorosa. La luz al final del angosto y oscuro túnel cada vez parece más lejana. El frío te recorre súbitamente y exhalas vapor con dificultad. Sigues siendo una forma inmovilizada que siente un pavor hasta entonces desconocido, mientras empiezas a descubrir que quizás aquello no sea un sueño. Tus extremidades inferiores se encuentran ateridas por la congelación e intentas pedir auxilio, pero ni un leve hilo de voz surge de tu garganta. Al contraluz lo descubres huyendo, todavía a menos de diez metros, con un gran cuchillo del que gotea un líquido viscoso. Sigues sangrando y se te van cerrando los ojos. No hay ningún bebé. Te encuentras abatida, descompuesta, desolada, masacrada, desnuda, vencida, muerta…

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